Hay etapas de nuestra vida sobre las que nadie nos prepara. Hablan de la primera menstruación, de manera susurrada sobre la menopausia, pero existe un limbo del que nadie quiere hablar: la perimenopausia. Ese territorio intermedio que puede extenderse por años y que para mí se ha convertido en una montaña rusa emocional y física.
Mi realidad es compleja: soy una mujer migrante, exiliada política, soltera, viviendo esta transformación corporal lejos de mi tierra natal. Cada síntoma se magnifica cuando tu red de apoyo está fragmentada por las fronteras y cuando el sistema de salud de tu país de acogida no siempre es accesible.
Los síntomas llegaron sin avisar, como tantas otras cosas en mi vida de exiliada. El insomnio. Mi mente, antes clara y enfocada, se siente con neblina que a veces dificulta concentrarme en el trabajo que me sostiene en esta nueva realidad. Los cambios de humor aparecen como tormentas, y mi piel ha comenzado a hablar un lenguaje diferente.
Los sofocos llegaron y con ellos mi abanico. En mi familia, estas conversaciones siempre fueron tabú. En Guatemala, estos temas se manejaban en susurros, como secretos vergonzosos.
Lo que más me duele no son los cambios físicos, sino el vacío de información y acompañamiento. Durante mis años de formación, nadie me explicó que la vida reproductiva de una mujer tiene múltiples etapas, cada una con sus propios desafíos. El sistema educativo me enseñó sobre la menstruación como un evento aislado, no como parte de un continuum vital.
Navegar el sistema de salud de un país extranjero mientras experimentas cambios hormonales intensos se convierte en una odisea adicional a las ya complejas realidades del desplazamiento forzado.
Esta etapa me ha confrontado con verdades incómodas sobre cómo la sociedad valora a las mujeres. Ser soltera, migrante y atravesando la perimenopausia me coloca en una intersección de vulnerabilidades que se sienten especialmente agudas en entornos laborales y sociales donde la juventud y la fertilidad siguen siendo medidas tácitas de valor femenino.
En mi experiencia migratoria, he notado cómo los cambios hormonales en determinado momento pueden afectar mi capacidad de adaptación y resistencia, elementos cruciales para la supervivencia en un país ajeno. La fatiga y los cambios emocionales se suman a las presiones ya existentes del proceso de integración cultural y económica.
Me pregunto ¿por qué los sistemas de salud pública no incluyen programas específicos para acompañar estos procesos naturales? ¿Por qué en los espacios laborales se habla de equidad de género, pero se ignoran realidades biológicas que impactan directamente el desempeño y bienestar de las trabajadoras?
La ironía es palpable cuando observo cómo en mi país Guatemala se criminaliza la educación sexual integral, mientras miles de niñas enfrentan embarazos tempranos sin información adecuada. Existe una desconexión profunda entre las políticas públicas y las realidades corporales de las mujeres a lo largo de nuestro ciclo vital.
Decidí romper mi propio silencio porque entendí que callar no es opción. Y en específico, sobre la perimenopausia, que es una forma más de invisibilización femenina. Como mujer perseguida políticamente, mi voz ya ha sido silenciada en muchos espacios.
Hablar de estos cambios desde mi posición de migrante exiliada es también un acto de solidaridad con otras mujeres que viven procesos similares en condiciones de vulnerabilidad. Necesitamos crear redes de apoyo que trasciendan fronteras y que reconozcan que nuestros cuerpos no pausan sus procesos naturales por las circunstancias políticas o migratorias.
Esta etapa, aunque desafiante, me está enseñando sobre la resistencia que habita en el cuerpo femenino. Mi experiencia de la perimenopausia se entrelaza con mi historia de lucha política y supervivencia migratoria, por lo que siento que es necesario crear una narrativa única de resistencia múltiple.
Quiero que otras mujeres en situaciones similares sepan que no están solas, que es válido hablar de estos cambios sin vergüenza, y que nuestras experiencias corporales son también políticas. En un mundo que constantemente intenta silenciar las voces femeninas, hablar de perimenopausia se convierte en un acto revolucionario de autoafirmación y dignidad.
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