Se acerca la Navidad y, arropado en los ritos y tradiciones de la época, retorna ese luminoso sentimiento de paz y buena voluntad que no dejamos de extrañar durante el año. Al menos en el mundo influenciado por el cristianismo, el nacimiento de Jesús despierta acciones, memorias y actitudes que develan un apacible regocijo frente a las verdades que no pueden ser extirpadas. En realidad, cuando se dice que todos los días deberían ser Navidad se expresa la convicción de que el sortilegio de la convivencia navideña contiene las claves de una comunidad justa y pacífica.
Del hecho de que festividades semejantes se vivan en otros ámbitos culturales muestra la necesidad de experimentar la convivencia profunda que caracteriza a esta celebración. Por esta razón, esta festividad debería trascender el grosero materialismo e individualismo que marca la existencia desangelada de las sociedades contemporáneas.
El sortilegio navideño implica un momento de esperanza en una realidad cuyo olvido de la condición humana ha desembocado en un individualismo cruel en el cual se hace gala de la maldad. Es un momento de sentido en una existencia cada vez más materialista, centrada en la ganancia y el egoísmo y que, como lo afirma el sociólogo alemán Harmut Rosa, lleva a una parálisis frenética en la cual queremos solo seguir satisfaciendo el ansia de tener más mientras perdemos la posibilidad de relacionarnos de manera profunda con el mundo. Nuestra alma se estaciona en el consumo imposible de saciarse.
La espiritualidad navideña no se encierra en un marco religioso considerado de manera restrictiva y dogmática. La religiosidad es una dimensión importante de la vida humana; el sentido de esta se acerca a la espiritualidad. Algunas creencias religiosas transportan experiencias universales de orden espiritual que apelan a todos los seres humanos precisamente porque le brindan sentido a la vida humana. Se debe atesorar la imagen de un niño que, en medio de la pobreza, brinda al mundo la justicia siempre anhelada. El nacimiento de un niño es tanto una esperanza como la encarnación de un acto de amor.
Al imaginar la noche fría, la alegría de los humildes pastores, la estrella de Belén, un pesebre calentado por el vaho de los animales y el viaje de los Reyes Magos convocamos el milagro de la felicidad más pura. ¡Tanto significado en ese pequeño Nacimiento que algunos niños todavía contemplan embelesados!
En medio de la dulzura también comprendemos que los Herodes antiguos y modernos buscarán ahogar la felicidad y la esperanza que se interponen en su lucha por el poder. En ese sentido, la misma insistencia de vivir la Navidad muestra un acto sublime de resistencia y amor a la vida.
El tiempo de la Navidad es uno de los pocos espacios ritualizados que todavía le brindan sentido a una existencia carente de encanto. Los rituales proveen sentido para las transiciones de la vida humana; a través de ritos iniciamos nuestra propia familia y despedimos a los que se van. En algunos casos, las celebraciones son capaces de retornarnos a las vivencias que nos unen. Decir que la Navidad es solo una época de ritos hace caso omiso del hecho de que a través de estos afirmamos el sentido necesario para poder vivir con conciencia.
Así, la Navidad no se puede reducir a una simple vivencia festiva marcada por el consumo desenfrenado. San Francisco de Asís, quien celebraba con legendaria alegría esta fiesta, no puede ser considerado un representante del capitalismo o del neoliberalismo. Esta alegría no puede desvincularse de que el Poverello reconociera el sentido cósmico del amor en su Cántico de las Criaturas. La clarividencia de Francisco se acentúa cuando se aprecia la evidencia de que existe un lazo profundo que hermana a todos los seres en el orden de la Naturaleza. La Navidad, pues, puede ser interpretada con referencia a esa espiritualidad que integra al Universo. Frente a las verdades que transmite la Navidad, los sentimientos se agudizan y no es extraño que nos embargue un sentimiento de ternura. Cuando comprendemos que es posible tener una vinculación más profunda, accedemos a una perspectiva desde la cual podemos concebir una existencia más dichosa. La Navidad tiene el sentido del amor convertido en una experiencia que nos une de una manera que necesitamos comprender para recuperar el sentido gozoso de la existencia.
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