Vargas Llosa: poder y lenguaje

Camilo García Giraldo

abril 14, 2025 - Actualizado abril 14, 2025
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Uno de los temas principales de la obra literaria del premio Nobel de literatura recién fallecido Mario Vargas Llosa es el del poder. Sus mejores novelas contienen un mensaje o un discurso político sobre el poder que nos muestra que las personas que tienen o concentran en sus manos los medios de poder como los cuerpos armados y/o administrativos los usan generalmente sin límites, abusan de ellos no solo para oprimir y maltratar a quienes se oponen a él, sino también, para obligar a sus colaboradores y subalternos a obedecer sin reservas y sin discusión todas sus órdenes, so pena de ser severamente sancionados o castigados. Un rasgo del poder omnímodo autoritario de una persona es que niega a sus subalternos la posibilidad de opinar de modo crítico u oponerse a las órdenes que imparte. Éstos solo tienen el deber y la obligación de cumplirlas, sin objetarlas. Es un deber que, sin embargo, les coarta y les mutila precisamente la libertad de opinar sobre algo tan esencial como las órdenes que da y las decisiones que toma una persona poderosa que afecta la vida de muchos. De tal manera, que los subalternos o colaboradores pierden o quedan despojados de esta posibilidad que los hace sujetos libres, y, se convierten en simples instrumentos sin voluntad al servicio de la voluntad de esa persona poderosa.

Mario Vargas Llosa (1936-2025). Foto: Wikipedia

Así en su novela La fiesta del Chivo Vargas Llosa muestra que Rafael Trujillo el dictador que gobernó con mano férrea a la República dominicana desde 1930 hasta 1961 cuando fue asesinado, no solo reprimía a quienes se atrevían a oponerse a sus decisiones y actos de gobierno encarcelándolos, torturándolos y/o asesinándolos, sino también, obligaba a sus colaboradores a someterse a sus órdenes o su voluntad soberana sin ninguna posibilidad de objetarla. Y, al hacerlo los convirtió, como ocurrió con los tres presidentes que hizo nombrar durante algunos períodos para darle una apariencia “democrática” a su poder personal dictatorial omnímodo, en simples marionetas a su servicio despojadas de voluntad propia. Y, el dictador, al despojarlos de su propia y libre voluntad, los despojó de una cualidad esencial de su humanidad, los degradó de su condición humana. El caso de Joaquín Balaguer es sin lugar a dudas el más emblemático; fue el último presidente títere que Trujillo nombró, y, que aceptó voluntariamente este despojo de su propia voluntad hasta el punto que lo volvió parte de su propia personalidad, que lo integró a en sí mismo, perdiendo asó su propia identidad personal. 

Por otra parte, el dictador Rafael Trujillo usó los medios coercitivos del poder de los que disponía para disponer sexualmente del cuerpo de esposas de algunos de sus ministros o de algunos senadores que políticamente lo respaldaban; y también para abusar sexualmente de menores de edad, como ocurrió con Urania Cabral, hija del senador Agustín Cabral. Joven que fue violada por Trujillo cuando tenía 14 años de edad. Cuando un trastornado o perverso viola una joven menor de edad se vale de la superior fuerza física que tiene. Pero, además, si su fuerza física superior es reforzada por medios de poder adicionales como órganos armados o aparatos administrativos, esta posibilidad se incrementa al máximo; cada vez que este hombre poderoso desee, podrá realizar este acto violatorio, sin contratiempos o dificultades, a pesar de la resistencia que interponga la mujer.

Ciertamente esta es un recurso que un hombre que dispone de medios de poder como los armas no siempre tiene la necesidad de usar para poseer sexualmente una mujer que le gusta. Pues, ocurre también con frecuencia que muchas mujeres se sienten atraídas por militares poderosos debido precisamente el poder que contienen en sí mismas las armas con los emblemas y símbolos que las envuelven. 

Sin embargo, un hombre como el dictador Trujillo, que monopolizaba los medios de poder, y los usaba para obligar o coaccionar a algunas mujeres a entregarle sus cuerpos, era porque sentía, tal vez, que ese poder de atracción sexual que la posesión de estos medios de poder le daba, era limitado o precario, que no obraba sobre todas las mujeres. De ahí, que decidiera usar la fuerza o la coacción para poseer sexualmente las mujeres que deseaba, y, que no se sentían atraídas por él, a pesar del gran poder de atracción que el poder le daba.

Pero, al mismo tiempo, Vargas Llosa se propone mostrarnos en sus novelas que quienes deciden combatir un poder político autoritario determinado, fracasan en su empeño, si este propósito no está sustentado en una razón universalmente válida, la de obtener la libertad que este poder político autoritario ha conculcado a los ciudadanos. Pues, si se proponen destruir ese poder autoritario o dictatorial para instaurar otro poder autoritario, este combate político no tendrá éxito porque no contará con el apoyo natural y legítimo de la mayoría de la población debido precisamente a la falta del objetivo de la libertad en la guían de ese combate político.

Es por esta razón que las acciones políticas del grupo clandestino de estudiantes comunistas (Cahuide) de la Universidad de San Marcos que nos presenta en su excelente novela Conversación en la catedral, y, al que pertenece Santiago Zavala, uno de sus protagonistas principales, contra la dictadura de Manuel Odría en el Perú a comienzos de la década de los años 50 del siglo pasado, fracasa. Como las acciones de este grupo no estaban fundadas en el propósito de instaurar un régimen político que asegurara la libertad para toda la población del país, no tuvieron la posibilidad de conquistar su apoyo; y, al no conquistarlo, se tornó presa fácil de la acción represiva de la dictadura, que terminó encarcelando a sus integrantes, y disolviéndolo. Por eso la pregunta emblemática que se hace Santiago Zavala de ¿En qué momento se había jodido el Perú?, la contesta el autor mostrando no solo el enorme peso que tenía ese poder dictatorial en la sociedad, sino también, el equívoco de quienes pretendían salvar o liberar al país de su presencia opresora proponiendo la instauración de otro semejante. 

Hecho de significado similar nos relata en otra de sus mejores novelas La guerra del fin del mundo. Esta obra que Vargas Llosa escribe en gran medida basado e inspirado en la gran novela Los Sertones del brasileño Euclides da Cunha publicada en 1902, nos narra la historia de la sublevación de un gran contingente de campesinos pobres y analfabetos del noreste brasileño –los yagunzos- a finales del siglo XIX contra las autoridades estatales del país. Campesinos que fueron reunidos en una pequeña aldea perteneciente a una de las haciendas del poderoso aristócrata Barón de Cañabrava, llamada Canudos por Antonio Vicente Mendes Maciel, líder político-religioso, mesiánico, carismático y enigmático conocido como El Consejero. Éste organizó ahí la vida comunitaria de estos campesinos que había reclutado a lo largo de varios años de recorrido por toda la región; y la organizó sobre la base de prohibir la propiedad privada, la existencia y el uso del dinero, y de permitir el amor libre para que encontraran el camino de su salvación eterna. Pero, en 1889 el Estado brasileño se constituyó en una república que consagró su separación con la iglesia, que decretó el matrimonio civil, que obligó a todas las personas a inscribirse en el censo y que estableció un sistema métrico decimal. Estas medidas fueron consideradas por El Consejero como el acto que trasformó el Estado brasileño en la encarnación del anti-cristo, del mal supremo, al que se hacía necesario combatir y destruir con las armas. Después de varios años de guerra contra el ejército del Estado brasileño los Canudos fueron vencidos y arrasados completamente en 1897; murieron más de 25.000.

Vargas Llosa, al recrear en este libro esta historia se propone mostrarnos que la sublevación armada que emprendieron los Canudos contra el Estado brasileño republicano estaba condenada, desde sus orígenes, al fracaso porque carecía de una razón universalmente válida. Las razones que tenían los Canudos para sublevarse contra el Estado no eran válidas o aceptables para todos los seres humanos que adopten una actitud racional; eran razones que solo tenían validez para este grupo particular de campesinos. Pues, los principios o las reglas de vida social que habían establecido para sí mismos como válidos no lo eran para todos los demás miembros de la sociedad brasileña. Y, además, porque se enfrentaron a un orden político-estatal republicano que acababa de abolir la institución de la monarquía que iniciaba el proceso de su secularización. Es decir, se propusieron combatir un poder estatal moderno que abría la posibilidad de garantizar formalmente la libertad a todos los habitantes del país. Y, al hacerlo así, sellaron el destino de su derrota política y militar.

El mensaje que nos transmite, entonces, Vargas Llosa en estas novelas es que quienes deciden combatir poder autoritario o dictatorial solo podrán tener éxito, solo podrán vencerlo y acabarlo, si se proponen claramente sustituirlo por un poder político que garantice la libertad para todos.  Libertad que precisamente este poder autoritario conculca o niega de plano. Pero, al contrario, cuando un grupo de personas se proponen combatir con las armas en la mano y destruir un poder político que garantiza, así sea formalmente, la libertad de acción y de pensamiento de los ciudadanos de un país, nunca podrán tener éxito en su empresa. Es una empresa condenada de antemano al fracaso porque se propone precisamente destruir un régimen político que garantiza la libertad que es el bien más preciado que tiene los seres humanos. La acción represiva de las fuerzas militares de este Estado, y, sobre todo, la falta de apoyo de la mayoría de la sociedad a esta empresa, la falta de respaldo de una sociedad que no desea perder la libertad que este Estado les garantiza, así sea formalmente, les impedirá siempre llevarla a cabo. Este mensaje ha mostrado su plena validez en la historia reciente de los pueblos; validez que contribuye sin lugar a dudas a darle magnitud y gran vigencia a su obra literaria.

Sin embargo, la convicción absoluta que tenía el escritor peruano de la verdad de su mensaje político lo ha conducido a desconocer de manera flagrante en sus opiniones políticas que ha expresado a lo largo de los últimos 40 años de su vida en sus discursos, en sus artículos de prensa y en sus ensayos, que los Estados democráticos no solo tienen el deber de garantizar el derecho a libertad de sus ciudadanos, sino también, otros derechos igualmente importantes, como el derecho a la vida, a la integridad física, al trabajo, a una existencia digna, etc. de todos. Derechos reconocidos como tales en la declaración de los derechos humanos de las Naciones Unidades, que han sido, a su vez, reconocidos y aceptados por los Estados democráticos del mundo, y, que, sin embargo, en muchas ocasiones estos Estados no los garantizan en la práctica a todos los miembros de sus sociedades. De ahí, que quienes sienten o consideran que el Estado democrático de su país no les asegura el cumplimiento real de estos derechos, tienen el derecho legítimo, que el propio Estado reconoce también formalmente, de organizarse, movilizarse y luchar para exigirle que se los asegure o se los haga valer.

Pero, Vargas Llosa no reconoce la validez y la importancia de estos otros derechos humanos, o por lo menos, no les concede, ni de lejos, el mismo valor que el derecho a la libertad. Basta recordar el hecho que, dominado casi ciegamente por esta idea válida, pero unilateral e insuficiente, ha condenado de modo reiterado las acciones y luchas justas de los pueblos indígenas americanos encaminadas a exigirlas a las autoridades estatales de sus países que les respeten o que les hagan valer el derecho que tienen a proteger y preservar sus vidas, a conservar sus tierras, a lograr una existencia humanamente digna, etc. En el año 2003, por ejemplo, en un discurso en Bogotá comparó las organizaciones indígenas del continente que luchan por asegurar estos derechos con asociaciones terroristas. 3 años después se opuso enfáticamente a que el parlamento peruano legislara para impedir que una compañía minera se instalara en una zona habitada por comunidades indígenas; legislación que los indígenas reclaman para proteger sus tierras y su hábitat natural. Y, en su discurso ante la academia sueca en Estocolmo al recibir el premio Nobel descalificó al gobierno boliviano de Evo Morales que se propuso defender y rescatar la dignidad de los pueblos indígenas de su país, tildando a su gobierno como un “democracia payasa”. Ni siquiera el hecho de que los indígenas hayan sido víctimas, como él mismo lo relata en su última novela El sueño del celta de un trato despiadado, cruel a inhumano, por parte de las empresas que explotaron el caucho a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en la selva amazónica del Putumayo colombiano y peruano, que condujo a la muerte de más de 35,000 indígenas, lo ha llevado a reconocer el derecho de estos pueblos de luchar precisamente para que las autoridades estatales de sus países les garanticen a plenitud estos derechos a la vida y a sus tierras que históricamente se les han negado. 

Pero, a pesar de ignorar o dejar a un lado el valor de estos otros derechos que los seres humanos tienen y que un poder político democrático moderno debe también garantizarles, Vargas Llosa nos revela en gran parte de su obra literaria, y, en especial en su novela ya mencionada Conversación en la catedral, algo más profundo y significativo sobre el poder que es necesario destacar, a saber, que el más auténtico poder que tienen los seres humanos es el que brota de su capacidad natural o casi natural del lenguaje. Pues, cuando usan esta capacidad, cuando hablan entre sí o dialogan, se crean o se constituyen a sí mismos como seres humanos. Y, algo que natural o habitualmente hacen los seres humanos cuando dialogan es contarse o narrase los sucesos y vivencias de sus vidas o los que les han ocurrido o vivido otros. Al hacerlo, les dan vida real, es decir, los integran como partes reales de sus vidas.

En efecto, en esta novela el autor nos narra un diálogo que sostienen Santiago Zavala y Ambrosio, antiguo chofer de su padre, en un bar pobre de Lima llamado “La catedral”, en el que éstos se narran entre sí algunos sucesos de sus vidas que les ocurrieron o que ocurrieron en la vida de otros personajes unos años antes, durante los años de la dictadura de Manuel Odría. Pero, no son ellos los que directa y personalmente narran estos sucesos sino reviven diversos escenarios, diversos lugares y momentos del pasado, en los que ellos mismos y/o los demás personajes de la novela dialogan entre sí narrándose algo de sus vidas. De tal manera, que cada personaje de la novela, al narrarle a otro algún fragmento de su vida, o, de la vida de otros, se convierte en autor de su propia vida. Él se la crea, al realizar este acto de narrarle a otro lo vivido. Por eso, estos personajes no los creó solo el autor de la novela, sino también, y, sobre todo, se crearon a sí mismos como autores de sus propias vidas, al narrarles y recrearlas a otros por medio del lenguaje.

El uso que hace Vargas Llosa de esta técnica o método de narración literaria es indudablemente un procedimiento original y valioso que le da una gran calidad a la obra en tanto nos revela la presencia y el valor del poder fundamental que adquieren los seres humanos cuando usan el lenguaje verbal para narrarse o contarse algo de sus vidas o de las vidas de otros. Poder, que ningún poder político dictatorial o autoritario, por más represivo, violento y cruel que sea puede suprimir o destruir. A lo sumo puede coartar o limitar su presencia pública por un tiempo. Pero, siempre subsistirá vivo y presente, mientras subsistan los seres humanos. En la medida que los hombres se narren los sucesos y vivencias de sus vidas no solo se humanizan, no solo se forjan como seres humanos, sino también, contrarrestan con inmenso vigor la acción represiva de los poderes autoritarios. Es la fuerza de este poder creador de vida humana que tiene el lenguaje narrativo, y, en general todo lenguaje, el que condena a perecer siempre, tarde o temprano, a los poderes autoritarios que pretenden negar o suprimir su existencia. La obra literaria de Vargas Llosa al mostrarnos, entonces, este hecho sustancial de nuestras vidas, nos ha ayudado a comprenderlas con mayor extensión y profundidad. 

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