La suerte está echada, en dos años, millones de guatemaltecos le habrán dado otra bocanada de oxígeno al sistema político-electoral y tendremos otro/a impresentable como presidente/a.
La carrera empezó, y aun los que se las llevan de más “conscientes”, ya cayeron en el juego de las ansiedades y esperanzas por tal o cual escenario. El espectro electorero da para todo.
Dos años puede ser mucho o poco, dependiendo de cada perspectiva y la ubicación que se ocupa en el gran tablero nacional. Si me permiten el uso figurativo, es como la sensación futbolera del que tira a la portería y quien defiende un penal; para el que lanza desde los 11 metros, la portería es muy pequeña, mientras que, para el arquero, es enorme.
Una plataforma electoral y, sobre todo, una imagen pública, no se construye en solo dos años; sin embargo, también es cierto que, en política, los escenarios son volubles y las situaciones pueden cambiar súbitamente, como lo demuestra fehacientemente la victoria sorpresiva e inesperada del actual mandatario o el vertiginoso ascenso de Serrano Elías en las elecciones de 1990; ambos casos, ya explicados por el suscrito en otras columnas.
En cuanto a la ubicación ciudadana de cada quien, el enfoque se define a partir de muchas variables: formación académica, experiencias vividas, intereses políticos particulares por la cercanía a un proyecto o candidato, los grados de optimismo o pesimismo respecto del sistema, sobre todo, basados en necesidades materiales o simbólicas de cada persona.
Sabiendo que en Guatemala se vota, pero no se elige, existe una masa crítica considerable de personas ajenas a los comicios, optando ya sea por la abstención o el voto nulo, posturas parecidas, pero diferentes. La abstención puede ser por frustración o rechazo al sistema político electoral, o simplemente por indiferencia, pues la historia le demuestra al ciudadano, más o menos consciente, que nada cambia desde hace décadas, así lleguen los rosados, amarillos, blancos, naranjas o verdes.
El voto nulo tiene dos variantes: el votante que sigue creyendo en el sistema, pero no encuentra en las opciones ofertadas, nada que le satisfaga o atraiga; así mismo, está quien encuentra en la anulación de su voto, una postura consciente de rechazo a la farsa que otros implementan para engañarlo, en cada elección.
El resto de la población se diluye entre el voto de ocasión, el motivado por un interés particular, o el inconsciente, arrastrado por lo que digan los demás o por la necesidad de no dejar en blanco su voto, pues el sistema lo bombardea mediante los aparatos ideológicos del Estado y le amenaza que si no vota, es mal ciudadano.
La historia política del país es muy prolija en ejemplos que deberían desanimar hasta al más optimista, lo cual en este país no sucede, veamos algunos casos:
- Después de la contrarrevolución de 1954, tres años después (20-10-1957) se celebran los primeros comicios con dos características importantes: se realizan durante un régimen de facto, con las consecuencias que esto conlleva; y, por si fuera poco, se ejecuta un escandaloso fraude, al extremo que tres días después, se anula el proceso. Lo simpático del caso es que todos los candidatos eran de extrema derecha y ni entre ellos lograron un acuerdo.
- De 1954 a 1985, Guatemala vivió una dictadura militar con elecciones simuladas en las que los militares decidían con antelación, al próximo presidente. En ese período se dieron tres golpes de Estado tradicionales: 1963, 1982 y 1983, así como los golpes de Estado técnicos contra Vinicio Cerezo (1988 y 1989) y el autogolpe de Serrano Elías en 1993.
- De 1986 en adelante, se instala una democracia formal (dentro de un régimen de facto) orientada a mejorar la alicaída imagen internacional del país, pero que se basa en elecciones periódicas, más no el pleno ejercicio de los derechos civiles y políticos de todos los guatemaltecos, como una verdadera democracia lo demanda.
Con estos antecedentes, vale traer a luz la sentencia de Aldous Huxley: «Quizá la más grande lección de la historia, es que nadie aprendió las lecciones de la historia». Así que, en 2027, aunque usted no lo crea, tendremos otra edición más de “las alegres elecciones”[i], con el mismo formato básico y la precariedad cada vez peor de la oferta.
[i] Término atribuido al Dr. Juan José Arévalo Bermejo, padre del actual presidente, con ocasión de los comicios del 17 al 19 de diciembre de 1944.
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