La reciente escalada del conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos ha vuelto a colocar al precio del petróleo en el centro de atención mundial. aunque el repunte ha sido moderado (alrededor de 10 %), ya se anticipan efectos en los precios de transporte y bienes de consumo. A pesar de esto, es importante notar que el precio actual está por encima del promedio del año pasado. Es decir, por de pronto, no es nada que no hubiese vivido ya el país. Sin embargo, conviene no perder la perspectiva. A diferencia de episodios históricos más severos —como la guerra Irán-Irak en los años 80, la invasión de Kuwait en 1990 o incluso el shock de precios tras la guerra en Ucrania— el alza actual es, por el momento, contenida. Aunque Irán ha insinuado la posibilidad de cerrar el Estrecho de Ormuz, no se conocen detalles operativos ni acciones concretas, así como tampoco se conoce la reacción que tendría E.U.A. y los países de la península arábica en relación a esto. Irán, incluso, ha reaccionado con prudencia, consciente de que un bloqueo total de esa vía marítima estratégica sería un suicidio para su economía.
La historia es clara en cuanto al impacto de los conflictos en Oriente Medio sobre las disrupciones en el suministro mundial petróleo. En 1990, Guatemala vivió su peor episodio inflacionario del último medio siglo (casi 60% anual), impulsado en buena parte por el encarecimiento del petróleo. En contraste, en 2003, 2019 y post-Covid fueron episodios más breves y focalizados que produjeron aumentos en los precios que fueron revertidos en relativo poco tiempo. El escenario actual se parece más a estos últimos casos. Si bien el riesgo existe, el mercado cuenta con amortiguadores: capacidad productiva adicional en Arabia Saudita y Emiratos Árabes, reservas estratégicas, y una mayor diversificación de la oferta. Para Guatemala, eso significa que, aunque ya se importan combustibles más caros, el efecto inflacionario puede mantenerse dentro de márgenes manejables, siempre que no escale el conflicto.
Uno de los factores que juegan a favor en este contexto es el comportamiento reciente de la inflación doméstica. Tras los sobresaltos de 2022, la inflación en Guatemala ha regresado a niveles moderados, incluso por debajo del promedio regional. Esta estabilidad ofrece un ancla de expectativas que puede amortiguar el efecto de un encarecimiento temporal del petróleo. En ausencia de presiones salariales, devaluación abrupta o shocks secundarios, no existen fundamentos técnicos para anticipar una transmisión inflacionaria sostenida.
En momentos como este, la disciplina fiscal se vuelve más valiosa que nunca. Ante la tentación de reaccionar con subsidios generalizados o medidas fiscales improvisadas, lo más responsable es preservar el margen de maniobra del Estado. Guatemala mantiene niveles de deuda y déficit relativamente contenidos, y sería un error comprometer esa posición con decisiones precipitadas. Un aumento sostenido en los precios del petróleo sí podría afectar el crecimiento económico a través del encarecimiento de los insumos y el transporte, con posibles efectos sobre el empleo en sectores sensibles. Pero incluso en ese escenario, la respuesta debe ser focalizada, y no dictada por presiones políticas o sociales mal informadas. Enfrentar esta situación con racionalidad económica es también una forma de proteger la recuperación de largo plazo.
Lo que debe evitarse es un enemigo silencioso: el pánico. Si ante una noticia todavía en evolución los agentes económicos reaccionan con compras intempestivas y aumentos de precios en previsión a un encarecimiento que aún no se materializa, se corre el riesgo de alimentar hacia el alza las expectativas de inflación, aunque los fundamentos no se hayan deteriorado de manera aguda. La experiencia enseña que el alarmismo puede empujar al precipicio a un sistema económico medianamente robusto.
Más que acciones apresuradas, lo que se necesita en estos momentos es información clara, monitoreo constante y serenidad institucional. El resto dependerá del curso que tome el conflicto. Mientras tanto, el mensaje clave es simple: mantener la calma, no anticipar lo que aún no ha pasado y no amplificar con miedo lo que debe analizarse con cabeza fría. Guatemala ha sobrevivido crisis peores. Que este nuevo sobresalto sirva más como recordatorio de la fragilidad institucional que como excusa para caer, una vez más, en reacciones que nos salen más caras que el petróleo mismo.
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