El discurso de Mark Carney en Davos ha generado todo tipo de reacciones, desde quienes lo ven como una llamada honesta de reflexión acerca del futuro del orden internacional hasta quienes lo ven como un intento de organizar una rebelión por parte de una nueva subalternidad. De lo que no hay duda, es que Carney acierta al referirse a un orden mundial en ruptura: el fin de la ficción de un sistema basado en reglas universalmente respetadas, y el surgimiento de una «realidad brutal» donde grandes potencias ejercen coerción económica, geopolítica o territorial. Carney propone que las potencias medias –Canadá, Australia, Japón, Corea del Sur y posiblemente algunos países latinoamericanos– construyan «resiliencia compartida» mediante diversificación de alianzas, coaliciones variables por temas específicos y un enfoque pragmático basado en principios. No se trata de nostalgia por un multilateralismo idealizado, sino de acciones concretas para preservar soberanía y estándares comunes sin aislarse en fortalezas nacionales.
Carney no presenta una solución infalible; más bien delimita un método y un menú de instrumentos. Habla de “estándares comunes” y de inversiones colectivas para construir resiliencia; de recortes tributarios internos, eliminación de barreras internas y aumento del gasto en defensa e inversión estratégica; y de acuerdos comerciales selectivos. La lógica es operar con reglas más generales y flexibles, y con una geometría variable de alianzas por temas, sin ceder soberanía: hacer ensayos graduales y corregibles antes de pretender “diseñar” un nuevo orden global. Pero ese mismo enfoque abre la puerta a un proteccionismo selectivo que puede fragmentar mercados, elevar costos y derivar en intervenciones que chocan con el ideal de libre intercambio que, hasta hace poco, todavía era el principio rector del sistema.
En el caso de Guatemala, una pequeña economía abierta y altamente dependiente, este discurso arroja cierta luz sobre cómo conducirse en la realineación moderna de paradigmas. Con cerca de una quinta parte de su población residiendo en E.U.A., remesas que representan alrededor del 20% del PIB, una oferta exportable concentrada en ese mercado y una ubicación geográfica que impide cualquier oposición frontal a la superpotencia vecina, el camino no pasa por confrontación ni aislamiento. Más bien, podría consistir, siguiendo la sugerencia de Carney, en estrategias pragmáticas y graduales: diversificar socios comerciales y de inversión de forma selectiva, sin romper los lazos esenciales con E.U.A. Un ejemplo reciente ilustra la «realidad brutal» de esta dinámica: hace dos días Trump amenazó con aranceles del 100% a todos los bienes canadienses si Canadá concreta un acuerdo comercial con China para suavizar importaciones de vehículos eléctricos. Esta coerción económica subraya lo esencial: diversificar, para un país pequeño, es no poner todos los huevos en la misma canasta, pero sin hacerlo a golpes que provoquen represalias.
Por ello, resulta clave fortalecer las instituciones internas para lograr una mayor autonomía económica —sin repetir los errores proteccionistas del pasado, otorgando privilegios a sectores con nulo potencial de generación de empleo, inversión o eficiencia—; participar en coaliciones temáticas regionales o hemisféricas donde Guatemala aporte valor por su posición geográfica o liderazgo subregional; y priorizar reformas graduales que promuevan la eficiencia económica y reduzcan vulnerabilidades sin generar riesgos innecesarios. La sugerencia de Carney de encarar esta nueva época mediante experimentación y gradualismo evoca la defensa de K. Popper de reformas piecemeal —graduales, experimentales y corregibles—, frente a la ingeniería social utópica que brota de «la embriaguez de los sueños de un mundo hermoso» y de «una esperanza desesperada en milagros políticos» (La Sociedad Abierta y Sus Enemigos, Vol. 1, cap. 9).
Sin embargo, resulta paradójico que algunos de quienes antes rechazaban con vehemencia toda ingeniería social utópica —esa que Popper asociaba con sueños embriagadores de un mundo perfecto que terminan exigiendo poder centralizado y dictatorial— acepten ahora sin vacilar proyectos de transformación radical que implican amplias y variadas intervenciones gubernamentales en todo ámbito de la economía, renegociación de alianzas por decreto o abandono de las mismas si los socios no se avienen a los términos del más poderoso, remodelación de instituciones enteras de un plumazo y desdeñar normas que han demostrado su utilidad a lo largo del tiempo.
Asimismo, resulta paradójico que reformas graduales, experimentales y corregibles —precisamente el tipo de ingeniería social gradual que Popper defendía como la única compatible con la falibilidad humana y la libertad— se descarten por originarse en los márgenes de la nueva subalternidad, donde la voz de estos «subalternos» globales nunca se escucha sin un filtro o descalificación previa. ¿No será que, al aplicar ese doble estándar, se termina practicando, sin advertirlo, el dogmatismo selectivo que Popper identificaba como un cierre tribal disfrazado de defensa de la libertad? La sociedad abierta, después de todo, no pide lealtad ciega a banderas ni a líderes, sino coraje para someter incluso las creencias más queridas a crítica racional y falsificación constante.
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