Me encanta el mercado inmobiliario. Pero me fascina más la idea de habitar casas y departamentos ajenos; mudarme semana tras semana sin cargar más equipaje que la propia imaginación. Tengo dos o tres páginas inmobiliarias que visito casi a diario. Ajusto los filtros con una precisión casi ritual: casas o apartamentos, en venta, precio ilimitado. Empiezo por las más «económicas» —aunque hace tiempo dejaron de serlo: con 363,413 dólares podría comprar una casa en CAES o un Cartier Crash— y dejo que los precios asciendan a medida que deslizo el mouse.
Me gusta pensar que los lunes vivo en un departamento de 346.40 metros cuadrados: tres habitaciones, cuatro baños, ventanales amplios en uno de esos edificios impecables de la zona residencial más aclamada de la ciudad. Hay algo en los ventanales —no sé si la luz o la ilusión de altura— que me hace sentir más ordenado de lo que realmente soy —y por supuesto, también me genera vértigo—. Los jueves, en cambio, me instalo en una casa —mucho más modesta, al menos en teoría— en Carretera a El Salvador, de arquitectura colonial, con piscina incluida, electrodomésticos Maytag y una decoración que parece salida de una película de Nancy Meyers: todo en su lugar, todo luminoso, todo ligeramente irreal.
Y lo irónico es que sí: lo hago. Lo hago en mi mente, con una disciplina que no aplico en casi nada más.
A veces decido rentarlas; otras, venderlas. Da lo mismo: me mudo con una puntualidad casi rutinaria. No sé si usted lo ha intentado: entre a una página inmobiliaria, elija una propiedad cualquiera y habítela por un momento. Suponga que vive ahí. Que tiene que comprar muebles nuevos, escoger obras de arte para las paredes, buscar antigüedades que vuelvan el espacio un poco más «usted». Que tiene que decidir, incluso, en qué lugar de la casa dejaría las llaves, aunque nunca las pierda.
También guardo en mi historial algunas páginas de antigüedades. Creo que ya harté a los encargados de mercadeo a punta de mensajes:
¿Cuánto cuesta esto? ¿Tienen alguna obra de Rodolfo Mishaan? ¿Sigue disponible la obra de Magda Eunice o la del Teco Amaya? ¿Tienen en tienda algún Tank de Cartier? ¿Por qué ya no contestan mensajes en Instagram?
Han dejado de responderme. Las inmobiliarias no hacen eso, o al menos aún no. Tal vez porque saben —o sospechan— que uno no está comprando casas: está comprando versiones de sí mismo en un mercado maldito.
Inténtelo —no lo de atosigar negocios en redes sociales—, no cuesta imaginar otra vida. Hay infinitas posibilidades para construir pequeños universos paralelos que no exigen coherencia. Puede casarse —o no—, proyectar un futuro, tener dos hijos —o los que usted quiera, o ninguno—. Póngales nombre si le divierte: nombres que nunca usaría en voz alta, nombres que solo existen en ese pequeño teatro privado donde todo es reversible —mis hijas se llamarían Suzanne y Marianne, todo por Cohen—. Pero lo más importante es decidir dónde viven. Si desayunan juntos en el comedor de su casa en Muxbal o si cada uno sale corriendo con el café a medio terminar. Si los lunes son de colegio y tráfico, o de calma, de casas silenciosas donde el tiempo parece estirarse. Imagine discusiones mínimas —¿quién dejó la luz encendida?— y reconciliaciones igual de breves, casi automáticas, como si el conflicto también fuera parte del mobiliario.
Luego cambie todo. Múdese otra vez. Váyase a Elgin II, un poco más cerca, un poco más conveniente, un poco menos aspiracional. Venda la casa, compre otra, pinte las paredes de fucsia, un color que jamás se atrevería a elegir en la vida real. Permítase errores sin consecuencias: sofás incómodos, cuadros demasiado grandes, decisiones que en la realidad dolerían y aquí apenas entretienen. Cambie de estilo como quien cambia de camisa. Minimalista un día, colonial al siguiente, escandinavo el fin de semana. Porque en ese ejercicio hay una libertad rara: la de equivocarse sin pagar el precio real.
A veces incluso imagino detalles absurdamente innecesarios. El sonido de la cafetera italiana en una cocina que no existe. La forma en que entra la luz a las cinco de la tarde en una sala que nunca he pisado. El eco de pasos en un pasillo demasiado largo que conduce a mi dormitorio. Me descubro pensando dónde pondría el libro de Foster Wallace que todavía no he leído, o qué obra de Ricardo Silva colgaría en una pared que, en realidad, no me pertenece.
Y, sin embargo, por unos minutos, sí me pertenece.
Quizá por eso vuelvo. No por las casas —que al final son intercambiables—, sino por la posibilidad de ensayar otras vidas sin tener que sostenerlas. De probar versiones de uno mismo que no requieren consistencia, ni explicaciones, ni pasado. Porque al final —y esto es lo más conveniente— nada de eso existe. O existe solo lo suficiente. Lo justo para que, por unos minutos, uno pueda habitar otra vida sin tener que responder por ella. Y volver después, como quien regresa de una visita, con las manos vacías, pero con la sensación —extraña, leve— de haber estado en otro lugar… y de que, por un instante, ese lugar también fue suyo.
Es por eso mismo que me encanta el mercado inmobiliario.
*Texto originalmente publicado en A ratos la vida, newsletter del autor, el 20 de marzo del presente año.
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