Probemos cambiar a nuestros niños

Carlos Morales Monzón

julio 30, 2026 - Actualizado julio 29, 2026
Carlos Morales Monzón

Dicen los diccionarios que CIUDADANÍA es el vínculo legal y político que une a una persona con un Estado, otorgándole derechos, deberes y la capacidad de participar en la vida pública.

Además, aseguran que la URBANIDAD es el conjunto de reglas, modales y buenas costumbres que guían la conducta de las personas para lograr una convivencia social armoniosa.

Esta última es importante porque nos facilita la convivencia armoniosa y pacífica, facilitando la paz social. Y practicar la urbanidad indudablemente nos ayudará a construir ciudadanía, con lo cual aprenderemos a convivir tolerantemente entre nuestras diferencias y así, respetar el estado de derecho para alcanzar el propósito constitucional fundamental: EL BIEN COMÚN.

Si revisamos estos conceptos y sus definiciones, quizás podemos entender con mayor facilidad y certeza, porque estamos donde estamos como país.

Viajemos unos años atrás y si revisamos el Currículo Nacional Base nos daremos cuenta que desde la escuela primaria se incluían cursos de Moral y Urbanidad. Se enseñaba a saludar a las personas, a cualquier hora y en cualquier momento. Se enseñaba a respetar a los mayores. También a caminar en la calle sobre la acera. Todo mundo sabía que debía hacerse por el lado derecho. Se enseñaba además a respetar y ayudar a los mayores, así como dar un cuidado especial a la niñez.

La autoridad recibía respeto y, por supuesto, todo mundo sabía que quien la ostentaba daría el ejemplo. El profesor o profesora eran vistos como un ejemplo de vida, conocimiento y respeto. En la escuela se sabía que cuando un profesor de un grado distinto u otra persona ingresaba al salón de clase, todo mundo debía pararse y saludar.

Pero todo eso quedó en el olvido. Hoy nadie saluda. Y quien lo hace es visto como extraño. Lo voltean a ver como diciendo: ¿qué le pasa? Los vecinos ven a los demás como desconfianza y hasta sobre el hombro. Pareciera que todo el mundo se siente superior a los demás, en lugar de buscar la convivencia para generar solidaridad colectiva y convivencia pacífica.

La gente camina por donde se le da la gana. La mayoría por el lado contrario al correcto. Y si se topa con alguien que va en el lado indicado por las normas, resulta que no se mueven y esperan a que quien ceda sea quien lo hace adecuadamente. Incluso los conductores de vehículos actúan así. La mayoría gusta conducir por el lado izquierdo, cuando el lado correcto es el derecho mientras que el izquierdo debe usarse exclusivamente pare rebasar. Y aquel que pide respeto a estas normas le contestan mal, le ofrecen golpes y hasta le sacan pistola. Varios han sido los casos de personas que han sido baleadas dentro de sus vehículos, sólo por tocarle la bocina a un imprudente que bloquea el paso.

Los niños y las niñas en lugar de saludar a quien ingresa a su salón de clase aprovechan para ponerse a platicar y romper el orden que mantenían en clase. Los niños y los papás les levantan la voz a los profesores y profesoras exigiendo respeto, la mayoría de las veces yéndose contra la razón pero imponiendo su voluntad por medio de mecanismos violentos.

Entonces, si somos incapaces de respetar las normas de convivencia social, cómo vamos a respetar los derechos de los demás. Conforme pasan los años nos estamos volviendo cada vez más violentos para resolver nuestros problemas. Y si a eso añadimos el ingreso de otras culturas de violencia e imposición malsana, como la que practican quienes se sienten poderosos frente a los demás (funcionarios públicos y hasta narcotraficantes), la situación se hace cada vez peor.

Quizás quienes pasamos de los 25 ya somos irrescatables de esa cultura de la violencia y el miedo. Pero si volvemos a intentar formar a nuestros pequeños hijos con reglas de respeto y tolerancia, es posible que cambiemos el país. Ese podría ser un buen comienzo. Las personas educadas, cultural, política y moralmente suelen ser menos cooptadas por la corrupción, el mal que nos aqueja y no deja que nos desarrollemos como sociedad. La corrupción, azuzada por esa cultura de violencia, abuso y temor, es la culpable de que no podamos ser una sociedad más solidaria, con mayores aspiraciones y unida en la búsqueda del BIEN COMÚN. Por eso debemos terminar con la corrupción aplicando la ley si miramientos contra quien la practique. No importa quien sea, de donde venga, a que familia pertenezca, qué vínculos político-partidistas pueda tener o qué cargo ostente a nivel público o privado. Todo aquel que infrinja la ley, debe pagar por ello.

Si eso se logra, no tengamos la menor duda de que vamos a comenzar a cambiar para mejor. Si algo le sobra a Guatemala son recursos. Si nadie se los roba o los mal invierte, seguro se podrán utilizar en mejoras de infraestructura y atención social, mientras la iniciativa privada hace lo suyo con la generación de empleo y riqueza, mejorando su productividad.

Deberíamos intentarlo, no cuesta nada probar. Devolvamos las clases de URBANIDAD a la escuela y enseñemos a nuestros hijos a vivir con respeto, educación y convivencia sana. Construyamos CIUDADANÍA por el bien de nuestra sociedad. De lo contrario seguiremos en las mismas y, lo más probable, hasta peor.

*Periodista y Profesor Universitario

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