Guatemala lleva días temblando. No fue solo una sacudida aislada en la madrugada, sino una cadena persistente de movimientos sísmicos que han mantenido en vilo a miles de personas. En varios departamentos, las familias duermen con miedo, alertas a cada crujido, listas para salir corriendo. La naturaleza no ha dado tregua, y el país entero vive con el alma en sobresalto.
Desde el exilio forzado en el que me encuentro —lejano geográficamente pero emocionalmente más cerca que nunca—, alzo la voz en solidaridad con todas las personas afectadas por esta emergencia. Mi pensamiento y corazón están con quienes han visto su hogar, su escuela o su iglesia resquebrajarse. Particularmente, con la población de Santa María de Jesús, donde los daños materiales son tan profundos como la angustia de su gente.
He caminado esas calles, conozco la calidez de esa comunidad y la dignidad con la que enfrentan la adversidad. Por eso, más que un mensaje, esta columna es un abrazo. Un reconocimiento a su entereza, a su capacidad de resistir cuando lo que tiembla no es solo la tierra, sino también la estabilidad de su vida cotidiana.
Aplaudo, además, las acciones iniciales del gobierno, de la CONRED, de los cuerpos de socorro y brigadas locales. En medio de tantas limitaciones, su respuesta ha sido oportuna y humana. No es momento de mezquindades políticas; es momento de salvar vidas.
Pero mientras Guatemala tiembla —y lo sigue haciendo—, el sindicato de Joviel Acevedo, el STEG, ha optado por bloquear las carreteras del país. Justo ahora. Cuando se necesita libertad de movimiento para llevar ayuda, evacuar zonas de riesgo y permitir que el país, herido, se mantenga en pie. En lugar de sumarse a la solidaridad nacional, han elegido la indolencia como método de presión.
No puede haber derecho a la protesta cuando el método se convierte en agresión. No puede hablarse de lucha por derechos si esa lucha se monta sobre el dolor ajeno. Las exigencias laborales o gremiales son válidas en una democracia, pero jamás deben imponerse pisoteando la tragedia de los más vulnerables.
Desde mi condición de guatemalteco en el destierro, reafirmo mi compromiso con la justicia y la verdad. A pesar de la distancia, me duelen los temblores de mi tierra y me indignan quienes los ignoran con tal de mantener sus privilegios. El liderazgo sindical no puede actuar como si fuera impune, ni como si la necesidad nacional fuera un obstáculo para sus intereses.
Mi llamado es claro: solidaridad, no egoísmo. Ayuda, no obstáculos. Y sobre todo: empatía. Hoy, Guatemala necesita a todos sus hijos, sin distinción, empujando en la misma dirección. Que esta tragedia sea un recordatorio de que estamos hechos de un mismo barro, y que cuando uno sufre, el país entero debe reaccionar.
A quienes han perdido, les envío consuelo. A quienes aún temen, les pido calma. Y a quienes desde el poder sindical bloquean las vías del país, les exijo responsabilidad.
Porque cuando la tierra tiembla, el corazón de Guatemala debe unirse, no cerrarse.
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