Crecí, como mis padres, en la Colonia Centroamérica, en la zona 7 de la Ciudad de Guatemala, un proyecto habitacional surgido de la Revolución de Octubre. La colonia siempre me gustó porque al centro estaban las canchas, la parroquia, las escuelas, el dispensario, la piscina, las áreas verdes… alegres campos donde jugábamos, nos divertíamos y en los que se instalaba el circo en octubre o noviembre y la feria en agosto…
Pero el edificio que más misterio me provocaba era la biblioteca. Le llamaban “la Biblioteca de la Centroamérica”, pero la gente la alquilaba para fiestas de quince años, bodas o bautizos… De la iglesia salían todos disparados hacia la biblioteca y no necesariamente para leer. Ahí los esperaban los cohetes, el baile, la comida, el brindis, las risas, los clavos…
En mi caso, habré tenido unos 11 años cuando me llamó mucho la atención conocer la biblioteca por dentro. Por fuera era un edificio grande, silencioso, rodeado de jardines y juegos infantiles, con fuentes muertas pero atractivas. Los fines de semana se llenaba de música y ruido por las noches. Entre semana parecía un caserón fantasma; las gallinas y los perros del guardián eran los únicos que hacían ruido… En medio de ese aburrido y aletargado silencio se rumoraba que cosas turbias pasaban en ese yerto lugar por las tardes.
Gracias a una fiesta logré entrar a la biblioteca cuando tenía alrededor de 14 años. Me sorprendió lo espaciosa que era además de sus grandes ventanas y muros vacíos. No había libros. El descuido era evidente: sus paredes maquilladas burdamente con pintura de aceite enfatizaban esa sensación de vacío y dejadez. Cero libros, cero estantes, cero conocimientos. Lo único: un espacio vacuo para ser ocupado por una discoteca rodante, alguna marimba fiestera, los invitados y los adornos de papel crepé y globos en tonos “boda” o “quinceañera”.
Ahora, buscando información sobre la colonia en la que crecí, me topo con que cada tercer jueves del mes hay un Café Literario en la biblioteca dirigido a personas adultas.
Las fotos revelan que el edificio está en mejores condiciones; ya no le llaman “la Biblioteca”, ahora le dicen los Salones de la Colonia Centroamérica. La verdad es que me alegra ver que en el sitio se están dando actividades culturales para niños, jóvenes y adultos…
A mí me queda la nostalgia de no haber visto nunca una biblioteca en ese recinto. Un oasis de lectura y conocimiento que respondiera a los sueños de los que idearon este complejo de viviendas donde la educación y la salud estaban al centro.
Imagino con ilusión que este edificio pudiese ser una especie de centro cultural y biblioteca donde la comunidad, el Estado y el sector privado confluyeran para brindar a la población acceso a la información, la educación y cultura, y promover la alfabetización mediática, la inclusión y la participación ciudadana. Estas son las misiones clave de las bibliotecas públicas para contribuir a una sociedad más justa, humana y sostenible, como lo señalan la Unesco y la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA) en su manifiesto de 2022.
Me queda el sueño de que sus actuales administradores rescaten cada vez más esos ideales revolucionarios y transformen dicho espacio en un lugar donde pueda confluir la comunidad, pero especialmente los estudiantes de las distintas escuelas e institutos que funcionan cerca. Ahí podrían leer, conectarse mediante ordenadores y mejorar su comprensión lectora y entendimiento de las ciencias ahora que tanto se habla respecto de estos temas.
La escasa comprensión lectora nos pisa, pisa nuestro futuro, los sueños de un mejor país. Guatemala aparece entre los participantes más rezagados en las pruebas 2025 de comprensión lectora, matemática y ciencias del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes de la OCDE, conocido como PISA por sus siglas en inglés.
Ante este grave problema, las bibliotecas públicas o privadas pueden contribuir dando apoyo y participando en programas y actividades de alfabetización para desarrollar habilidades de lectura y escritura, y promover las ciencias. Además, están llamadas a facilitar el desarrollo de la alfabetización mediática e informacional, así como de las habilidades digitales tanto de niños como de adultos.
Es cada vez más urgente que salones abandonados u “ociosos” se conviertan en bibliotecas, en centros culturales. Urge que la dejadez y la negligencia cedan su territorio a la creatividad y la modernidad de tal manera que estos espacios contribuyan al fortalecimiento del tejido social y la democracia.
Necesitamos esa revolución silenciosa que retome espacios muchas veces muertos o subutilizados y los transforme en faros, en bibliotecas del siglo XXI. Ojalá este cambio inicie en mi querida “biblioteca” de la Centroamérica.
Tags: Biblioteca Cero libros Colonia Centroamérica Guatemala rezagada Salón de fiestas







