Cinco años de exilio

Juan Francisco Sandoval

julio 22, 2026 - Actualizado julio 22, 2026
Juan Francisco Sandoval

Mañana, 23 de julio, se cumplen cinco años desde que salí de Guatemala. No llevaba un proyecto de vida ni emprendía un viaje voluntario. Salí porque permanecer en mi país significaba poner en riesgo mi libertad y, posiblemente, mi vida. En cuestión de horas tuve que dejar atrás a mi familia, mi casa, mi trabajo y la tierra en la que había dedicado 18 años al servicio de la justicia.

Aquel 23 de julio de 2021 no elegí emigrar. Fui empujado al exilio.

Cinco años parecen suficientes para acostumbrarse a una nueva realidad, pero hay ausencias a las que uno nunca termina de habituarse. El exilio no consiste solamente en vivir lejos. Es perder la cotidianidad, las conversaciones familiares, los lugares conocidos y la posibilidad de estar presente en momentos que no se repiten. Es aprender a acompañar a la distancia, celebrar frente a una pantalla y atravesar las pérdidas sin poder abrazar a quienes también sufren.

Durante estos años he experimentado sentimientos difíciles de explicar. Ha habido decepciones, ingratitudes y silencios que lastiman. Personas que estuvieron cerca mientras el trabajo, el reconocimiento o las circunstancias eran favorables, desaparecieron cuando llegó la persecución. Otras prefirieron acomodarse, guardar silencio o negar una historia de la que también formaron parte. Algunas incluso encontraron conveniente acercarse a quienes destruyeron las instituciones y persiguieron a quienes cumplimos con nuestro deber.

No lo digo desde el resentimiento. El tiempo ayuda a comprender que las dificultades también revelan a las personas. El exilio despoja de muchas cosas, pero ofrece una claridad que pocas experiencias conceden: permite reconocer quién permanece por convicción, quién acompaña sin esperar nada y quién estuvo cerca únicamente por conveniencia.

También he sentido decepción frente a instituciones y actores que pudieron hacer más. Durante años se habló de independencia judicial, democracia, combate a la corrupción y protección de quienes defendían el Estado de derecho. Sin embargo, cuando la persecución avanzó, muchas voces se apagaron. Hubo pronunciamientos importantes, pero también indiferencia, cálculos políticos y respuestas insuficientes frente a una estrategia que criminalizó a fiscales, jueces, abogados, periodistas, defensores de derechos humanos y ciudadanos que se negaron a someterse.

Mientras tanto, las estructuras investigadas recuperaron espacios, revirtieron avances y utilizaron el sistema de justicia como instrumento de venganza. No les bastó con expulsarnos. Intentaron desacreditar nuestro trabajo, borrar la memoria de lo ocurrido y presentar como criminales a quienes investigamos la criminalidad y la corrupción.

Sin embargo, estos cinco años no han sido únicamente de dolor y frustración. También han estado marcados por la solidaridad.

Nunca podré olvidar a quienes me abrieron las puertas de sus hogares, me ofrecieron un espacio seguro, preguntaron cómo podían ayudar o simplemente estuvieron presentes. Personas conocidas y desconocidas, dentro y fuera de Guatemala, me recordaron que la solidaridad puede convertirse en una forma de resistencia. Algunas asumieron riesgos por defender la verdad; otras compartieron lo poco que tenían. Muchas me ofrecieron afecto cuando más lo necesitaba, sin pedir explicaciones ni esperar reconocimientos.

Gracias a esa solidaridad pude comenzar nuevamente. No fue sencillo reconstruir una vida después de perder, de un momento a otro, la estabilidad, el trabajo y el país. El exilio obliga a aprender otras reglas, adaptarse a una cultura distinta y comenzar desde lugares que nunca imaginamos. También nos confronta con nuestras vulnerabilidades y nos enseña que pedir ayuda no disminuye la dignidad.

En estos años también he conocido a muchas personas que comparten la experiencia del exilio. Cada historia es distinta, pero nos unen la nostalgia, la incertidumbre y el deseo de regresar. He comprendido que mi caso no es aislado. La expulsión de operadores de justicia, defensores de derechos humanos, periodistas y voces críticas forma parte de un fenómeno más amplio: el cierre progresivo de los espacios democráticos y la utilización del poder para castigar la disidencia.

El exilio pretende separar, desgastar y silenciar. Por eso, organizarse, acompañarse y mantener viva la memoria también son formas de lucha.

He tenido momentos de cansancio y dudas. Sería deshonesto afirmar que durante cinco años no he sentido miedo, tristeza o desesperanza. Hay días en los que la distancia pesa más y las noticias de Guatemala producen indignación e impotencia. Hay momentos en los que uno se pregunta cuánto tiempo más durará esta situación y cuántas injusticias deberán cometerse antes de que el país cambie de rumbo.

Pero sigo aquí. No he renunciado a Guatemala ni a las causas que orientaron mi trabajo durante tantos años. La persecución no ha conseguido que me arrepienta de haber investigado la corrupción ni de haber cumplido con mi responsabilidad. Cometimos errores, como cualquier institución integrada por seres humanos, pero también demostramos que era posible investigar a quienes durante décadas se consideraron intocables.

Esa experiencia no puede borrarse. Los expedientes, las pruebas, las sentencias y la memoria colectiva permanecen. También permanece una generación que conoció la posibilidad de una justicia distinta y que no acepta como normal el regreso de la impunidad.

Mi esperanza no nace de ignorar la realidad. Sé que Guatemala atraviesa una situación difícil y que la recuperación de sus instituciones no será inmediata. La esperanza que conservo surge precisamente de haber visto a tantas personas resistir en las peores condiciones: comunidades que defienden su territorio, periodistas que continúan informando, abogados que no abandonan a sus defendidos, organizaciones que documentan los abusos y ciudadanos que se niegan a aceptar la mentira como verdad oficial.

Cinco años después, sigo deseando regresar. Pero regresar no significa únicamente cruzar una frontera. Significa poder volver con libertad, dignidad y garantías; caminar por mi país sin que el sistema de justicia sea utilizado para consumar una venganza. También significa contribuir a la construcción de una Guatemala en la que nadie tenga que abandonar su hogar por investigar, denunciar, informar o pensar de manera diferente.

No sé cuánto tiempo falta para ese momento. Lo que sí sé es que el exilio no ha logrado silenciarme. Continúo luchando, no porque el camino haya sido fácil, sino porque rendirse significaría concederles la razón a quienes creen que el poder puede borrar la verdad.

A pocos días de iniciar el sexto año lejos de Guatemala, recuerdo lo perdido, reconozco las decepciones y las ingratitudes, y agradezco profundamente la solidaridad recibida. Conservo la esperanza, aunque algunas veces duela. Y mantengo intacta la decisión que ha acompañado mi vida: no guardar silencio.

El exilio me alejó físicamente de Guatemala, pero nunca logró separarme de ella.

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