15 de septiembre en el exilio

Juan Francisco Sandoval

septiembre 14, 2026 - Actualizado septiembre 13, 2026
Juan Francisco Sandoval

Cada 15 de septiembre Guatemala se llena de banderas, marimbas, desfiles y antorchas. Desde niños aprendimos a asociar esta fecha con palabras como independencia, libertad y patria. Para quienes estamos lejos, sin embargo, esas palabras adquieren otro significado, porque la distancia obliga a pensar no solo en el país que dejamos, sino también en las razones que nos llevaron a estar fuera.

Este es otro 15 de septiembre que me encuentra en el exilio. No salí de Guatemala porque un día decidiera comenzar una vida en otro país. Después de dieciocho años de trabajar en el Ministerio Público, tuve que marcharme porque permanecer significaba poner en riesgo mi libertad y mi integridad. Por eso resulta inevitable preguntarme qué significa celebrar la independencia cuando tantos guatemaltecos han tenido que abandonar su tierra por investigar la corrupción, impartir justicia, ejercer el periodismo, defender derechos o denunciar abusos de poder.

Han transcurrido más de dos siglos desde 1821, pero nuestra independencia sigue siendo, en muchos sentidos, una tarea pendiente. Un país verdaderamente libre debería permitir que un fiscal investigue sin convertirse después en perseguido, que un juez resuelva sin temor a represalias, que un periodista pueda preguntar sin ser criminalizado y que cualquier ciudadano pueda disentir sin que eso lo convierta en enemigo.

Desde la distancia también observo con preocupación lo que ocurre actualmente en Guatemala. Existe descontento con el gobierno y sería un error negarlo. Hay expectativas que no se han cumplido, decisiones que merecen cuestionamientos y problemas cotidianos que siguen sin resolverse. Haber defendido el resultado electoral de 2023 no significa haber extendido un cheque en blanco a quienes fueron electos. Defender la democracia también significa exigir resultados, señalar errores y reclamar cuando las autoridades no responden a las expectativas ciudadanas.

Pero una cosa es la legítima inconformidad y otra muy distinta aprovecharla para generar violencia, caos o inestabilidad. En los últimos días hemos visto a personajes de la política tradicional intentar presentarse como intérpretes de un malestar que ellos mismos, durante años, contribuyeron a producir. Resulta difícil aceptar que quienes participaron del deterioro de las instituciones pretendan aparecer ahora como sus salvadores.

Lo ocurrido en 2023 ofrece un contraste que no deberíamos olvidar. Miles de ciudadanos, con un protagonismo histórico de las autoridades indígenas, se movilizaron pacíficamente para exigir que se respetara la voluntad expresada en las urnas. Aquellas jornadas demostraron que la protesta puede ser firme y transformadora sin recurrir a la violencia. La legitimidad de una movilización no proviene simplemente de salir a las calles, sino también de los fines que persigue y de los medios que utiliza.

Quizá allí esté una de las reflexiones que deberíamos hacernos este 15 de septiembre. Ser libres también significa tener la madurez para cuestionar al gobierno que elegimos sin permitir que nuestra inconformidad sea utilizada por quienes ven en el caos una oportunidad para recuperar espacios de poder. No tenemos que escoger entre guardar silencio frente a los errores del gobierno o acompañar a quienes pretenden desestabilizarlo. Una democracia necesita ciudadanos capaces de hacer precisamente lo contrario: exigir a quienes gobiernan y defender al mismo tiempo las reglas que permiten cambiar las cosas.

Después de más de cinco años fuera de Guatemala sigo queriendo regresar. Pero volver no debería significar solamente abordar un avión y cruzar una frontera. El verdadero retorno será posible cuando pisar nuestra tierra no implique poner en riesgo la libertad y cuando nadie tenga que escoger entre guardar silencio o marcharse.

Por eso este 15 de septiembre prefiero pensar menos en una independencia concluida y más en la que todavía debemos construir: una Guatemala donde podamos cuestionar al poder sin miedo, donde el descontento no sea utilizado para provocar violencia y donde defender la justicia y la democracia nunca vuelva a ser una razón para tener que abandonar el país.

Desde el exilio, esa sigue siendo la Guatemala a la que quiero volver.

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