No entiendo cómo, pero me tenía una paciencia. Por ratos yo lo atiborraba con correos, incluso mandándole varias versiones del mismo texto y me leía despacio, desmembrando las frases, eliminándoles la grasita, como él decía, y me los devolvía. Lo que me gustaba y quizá me causa retos es que él no era complaciente, como la mayoría de familiares que nos dicen que uno escribe muy bien y dan la felicitación de rigor. A veces Tono me decía: ese texto es una mierda, tiralo; otras, que guardara ese poema unos meses o un año y que lo volviera a revisar con otros ojos después.
Diría que él me dio la mano y por medio de la escritura, utilizada como una gran metáfora, me ayudó a salir de la adolescencia, a darle un sentido a mi abigarrada rebeldía y a desenredar los nudos de las ansiedades existenciales para encausarme la posibilidad de una vida prodigiosa, aún con sus desventuras. Precisamente cómo atravesar esas desavenencias es lo que platicábamos con Tono: cómo vivir los enamoramientos, cómo seguir escribiendo a pesar del trabajo, cómo mantener la congruencia en un ambiente tan pesado, cómo relatar la sensualidad alejándose de lo vulgar, cómo evitar adornar de más, cómo ser feliz en medio de la injusticia.
Empezamos con cuestiones básicas: perderle el miedo a escribir. Pero con esto Tono se refería a perderle el miedo a vivir. Por eso arrancamos leyendo a Henry Miller, no solo por su fuerza y estética, sino porque había que ser descarnado, había que decir lo imposible, no podíamos quedarnos con las manos atadas, las alas en algún punto debían extenderse desenvueltamente. Pasamos años en esas hasta que en un punto él me dijo que yo ya estaba listo. Fue progresivo el distanciamiento pero jamás definitivo; simplemente ya no debía consultarle antes de escribir un artículo o algo parecido.
La última vez que nos vimos le hice una entrevista sobre todos los temas; una enciclopedia vivencial era Tono. Si algo tenía Tono era su sinceridad, que derrochaba en un amplio espacio de política, cultura, historia, humor, contundencia. Un espíritu fascinante que tuve la dicha de poder querer, como lo dije en un poema, como un abuelo místico.
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