En el acelerado devenir de la inteligencia artificial (IA), los últimos meses han estado marcados por una intensa discusión global sobre su futuro. Este debate se relaciona con la tesis de que esta creación tecnológica representa un peligro existencial para la humanidad. Algunos de estos peligros son de origen humano, como el cambio climático, la biotecnología descontrolada o un conflicto nuclear.
La sensación de peligro se agudizó con el proceder de un enjambre de agentes de IA que, durante una prueba de seguridad en julio, hackearon la plataforma Hugging Face. Este conjunto de agentes actuó a espaldas de sus administradores. De hecho, la expresión lingüística de la comunicación de los agentes trae a la mente un episodio de ciencia-ficción: los mensajes semejaban un intercambio real entre agentes involucrados en una misión secreta. Inmediatamente después de este suceso, se reavivó el debate sobre los riesgos de la inteligencia artificial, un intercambio que tampoco es nuevo y que puede remontarse, al menos, al trabajo del filósofo Nick Bostrom, quien desde hace varios años ha escrito sobre los riesgos de la superinteligencia.
Esta discusión ha llevado a que los propios magnates de las compañías tecnológicas pidan que se les regule. Esta demanda parece estar respaldada por algunas renuncias en las grandes empresas de inteligencia artificial. Ganó especial notoriedad la renuncia del investigador de Anthropic Jacob Coxon quien mostró su temor ante el desarrollo de la IA; según él, los dos próximos años serán cruciales para resolver los peligros que este sector tecnológico representa para la humanidad.
Sin embargo, este debate se cruza con el problema del entusiasmo artificial que se ha generado en torno a la IA. Algunos influyentes autores, entre los que destaca Cory Doctorow, argumentan que las predicciones sobre los peligros de esta pueden servir únicamente para demostrar la importancia de una tecnología que, al final, se subordina a fines económicos muy prosaicos. Así, por ejemplo, la inteligencia artificial hace más precaria la vida de los trabajadores y al hacerlo se sitúa dentro de las tendencias estructurales del capitalismo.
Desde luego, este autor no niega los efectos negativos de la IA. Para muchos de nosotros resulta casi obvio que la continua implementación de esta en los procesos de la vida diaria constituye, de por sí, una puerta abierta al desastre —especialmente en un país como Guatemala, donde la inteligencia estatal siempre será precaria. El problema consiste en cómo confiar en una tecnología que está a merced de tantas variables problemáticas. ¿Cómo podemos confiar en una tecnología que ya está creando más problemas de los que se pueden resolver?
Aunque la inteligencia artificial ya se adentra en los terrenos de la mitología y la religión, no deja de ser cierto que sus pies están hechos de barro. A nivel de la realidad terrena, se plantea la pregunta de cómo se mantendrá el actual desarrollo de esta “herramienta” tecnológica cuando los ingresos de este sector tecnológico no alcancen a cubrir una deuda creciente que se usa, entre otras cosas, para financiar los pantagruélicos centros de datos que ya succionan el agua de tantas comunidades. En los últimos días —ahora en cualquier día se puede precipitar un desastre de consecuencias incalculables—, se han incrementado las predicciones de que la burbuja de la IA estallará. A la vista de las consecuencias globales de la crisis económica de 2007-2008, este escenario es problemático y cabe preguntarse cómo va a soportar el mundo un descenso adicional de la brecha de desigualdad. No podemos olvidar algo tan sencillo: que las ganancias siempre son privadas, mientras que las pérdidas siempre se socializan.
De manera relacionada, se debe reparar en que las compañías tecnológicas requieren estructuras de poder ideológico, político y económico que les permitan librarse de sus problemas. Este poder se ejerce con la ventaja de que estas empresas controlan la conversación mundial de una sociedad que se somete a lo que Shoshana Zuboff llama el “capitalismo de la vigilancia”. Al final, nuestra vida circula por los centros de datos del capitalismo digital.
Ante estas innegables realidades, siempre me pregunto por mi atribulado país. Veo cómo en las instituciones gubernamentales prevalece el discurso superficial de la “innovación”; se organizan actividades, pero estas parecen girar alrededor de un concepto epidérmico de lo que significa la IA. Si la inteligencia política supone la capacidad de anticipación, no estaría de más que se generara un movimiento regional capaz de preparar a los países para los cambios que los transformarán. Tenemos autonomía personal y política: no somos simples hojas a merced del viento.
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