Guatemala no es Brasil: el continuismo de las izquierdas y la articulación democrática

octubre 31, 2026 - Actualizado octubre 30, 2026
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Dentro de las izquierdas guatemaltecas, particularmente entre quienes ven en el Frente Amplio por la Democracia una posibilidad de recomposición política, hay entusiasmo por encontrar en la victoria de Lula las «claves» de una experiencia repetible en Guatemala. Yo estoy en desacuerdo. No con la importancia de las dinámicas que impulsaron esa victoria, sino con la facilidad con que se supone que aquí tenemos algo parecido. Semilla, Winaq, VOS, etc. no son el PT. Arévalo definitivamente que no es Lula y su descrédito ya está arrastrando al despeñadero las posibilidades de algo realmente «progresista» para el próximo ciclo electoral. Y la energía democrática de 2023, esa que sostuvo y le dio impulso a una elección no anunciada, tampoco ha encontrado una articulación política capaz de sostenerla y ampliarla.

El análisis de Miguel Urbán publicado en El Salto hace posible otra lectura. Según su reconstrucción, la derrota de Lula en la primera vuelta provocó una movilización juvenil que se extendió hacia otros sectores sociales y devolvió protagonismo a las calles. Esa presión contribuyó a sacudir la inercia de una izquierda instalada en el gobierno. Las demandas materiales entraron con fuerza en la campaña. Hay, por tanto, razones para preguntarse cuánto de aquella victoria correspondió a la recuperación de una iniciativa popular que la administración cotidiana del poder había mantenido adormecida y olvidada. Sin duda, también, que el espectro del retorno de la extrema derecha neofascista sacudió las expectativas de millones de votantes que se habían abstenido en la primera ronda.

Si queremos aprender algo de esa experiencia, entonces comencemos por ahí. Lula tuvo que despertarse del letargo burocrático y agarrarse de una dinámica que desbordaba los cálculos de su propio aparato. Presentar el resultado como una confirmación de las virtudes del continuismo partidario hace posible eludir justamente ese problema. Cualquier partido puede conservar cargos, dirigentes, incluso cierto reconocimiento electoral, al mismo tiempo que pierde capacidad para escuchar, organizar y articular el malestar social. A las izquierdas les cuesta reconocer que la permanencia institucional (por ejemplo, treinta años de chavismo, tres presidencias consecutivas en Ecuador y veinte años del MAS en el gobierno boliviano) equivale a vitalidad democrática e ignoran que, en realidad, tienen relaciones bastante más conflictivas de lo que sus defensores suelen admitir. Peor aún cuando dicha permanencia institucional se ha legitimado con programas sociales financiados con extractivismo (desarrollismo) de Estado y no se ha traducido en una ruptura con relaciones hegemónicas tradicionales.

En Guatemala, debemos apuntar también, la comparación con Brasil parte de una ausencia. No tenemos una organización equivalente al PT, con su trayectoria de implantación sindical y popular, su acumulación histórica, pero también sus contradicciones y procesos de aprendizaje. Tampoco tenemos un solo liderazgo como el de Lula. Equiparar a partidos como Semilla o Winaq, URNG o VOS con el PT porque todos enfrentan a una extrema derecha, o a Arévalo con Lula porque ambos hablan de democracia, borra las relaciones sociales – las relaciones de poder – que hacen posible cada experiencia. Con esas equivalencias se puede producir entusiasmo, pero difícilmente se puede comprender exactamente dónde estamos y a dónde debemos avanzar.

En 2023 hubo una irrupción democrática cuya potencia sigue siendo una referencia para Guatemala. Las movilizaciones convocadas por autoridades indígenas tuvieron un protagonismo que recoge el informe de derechos humanos de Naciones Unidas sobre aquel año. Esa fuerza tenía autoridades, formas de organización y razones propias para actuar. Apropiársela como si hubiera sido una extensión de Semilla empobrece nuestra comprensión de lo ocurrido. También facilita que después se invoque aquella movilización sin discutir la autonomía política de quienes la sostuvieron.

Mi crítica parte de lo sucedido desde entonces. Los impulsos democráticos de 2023 no han sido repetidos ni amplificados en una proporción comparable con las expectativas que abrieron. En cambio, entre mucha de la gente que apoyó a Arévalo ha persistido el silencio ante lo que considero su claudicación histórica. Se invoca el peligro de la extrema derecha y del Pacto de Corruptos para postergar una evaluación del gobierno. Cada crítica parece tener que demostrar primero que no ayudará al enemigo. Así, la defensa de la democracia – sí, incluso de ese simulacro de democracia que existe en Guatemala – termina administrando y disciplinando los límites de lo que podemos decir. ¡Ay de aquél que critique! Porque la crítica les parece preferir la tragedia del presente que la farsa del futuro.

Pero ese miedo tiene consecuencias políticas serias. Cuando quienes apoyaron una victoria renuncian a fiscalizar su orientación, el gobierno gana margen para acomodarse al sistema vigente y pierde presión para responder y rendir cuentas. Mientras tanto, quienes esperaban cambios acumulan frustración – como siempre – sin encontrar una expresión democrática propia. La extrema derecha siempre quiere aprovechar ese malestar, por supuesto, y hoy de manera populista y trumpista. Pero silenciarlo, barrerlo bajo la alfombra, realmente no lo elimina. Hay que discutir cómo las renuncias históricas del gobierno – un gobierno que llegó al poder prometiendo cambios profundos y paró remozando escuelas y construyendo megaproyectos con Estados Unidos – y la autocensura de quienes le dieron apoyo contribuyen a dejarle terreno disponible a las fuerzas de la perversidad. La responsabilidad por el avance reaccionario también alcanza a quienes administran y justifican la decepción.

Por eso considero que el continuismo de las viejas izquierdas, incluyendo a quienes han servido de asesores de Arévalo, expresa una debilidad que merece discutirse abiertamente. La experiencia acumulada, participaciones del pasado, militancias de la memoria no conceden derecho a representación automática sobre el presente. Haber participado en luchas anteriores, la mayoría fracasadas, tampoco resuelve cómo se responde por las decisiones actuales. Entre más dependa una iniciativa de conservar las posiciones, los criterios y las jerarquías de siempre, menos espacio habrá para una articulación democrática con capacidad de cuestionarlos. Y viceversa, es decir, una articulación desde abajo puede incomodar profundamente a quienes están acostumbrados a conducir. Hacer por hacer no es política; es desespero existencial. En esos casos, quizás un psiquiatra sirva más para liberar los fantasmas del pasado.

El Frente Amplio por la Democracia se propone crear un espacio permanente de encuentro y articulación entre fuerzas políticas, sociales y democráticas. Aunque el término articulación les es completamente nuevo y, basado en la forma como lo usan, no significa otra cosa más que lo que ya indican sus sinónimos, es decir, unificación, coordinación, etc. Sin embargo, es una formulación que merece tomarse en serio, empezando por sus implicaciones prácticas. ¿Quién define la orientación? ¿Quién puede cuestionarla? ¿Qué capacidad tienen las organizaciones participantes para modificar las decisiones? ¿Qué lugar ocupa la crítica al gobierno? ¿Qué lugar ocupa la crítica a la vieja izquierda? La amplitud tendría que poder reconocerse, por lo menos, en esas cuestiones. Cualquier convocatoria es capaz de reunir muchas trayectorias y seguir dejando intacta la distribución de la palabra, la autoridad, el poder y el programa.

Tampoco Guatemala es el México del ascenso cardenista, ni la Guatemala de las negociaciones de paz. El Frente Democrático Nacional que sostuvo la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas surgió en 1988, en medio de una ruptura del régimen priista. Cárdenas, fallecido el 28 de octubre de 2026, perteneció a esa historia concreta. Podemos discutir sus aportes y sus límites. Pero recuperar el nombre de un frente no recupera ni tampoco recrea las condiciones que le dieron fuerza. Aunque la memoria política ayuda mucho cuando nos permite reconocer diferencias sociales e históricas, también puede estorbar cuando nos ofrece refugio frente a las dificultades y los cuestionamientos del presente. Guatemala no necesita repetir la historia de nadie. Tiene que hacer su propia historia.

La articulación que Guatemala necesita tendría que admitir el protagonismo de fuerzas que no acepten quedar subordinadas a una candidatura, a un gobierno, a las credenciales de las viejas dirigencias o a programas precocinados (regreso a los Acuerdos, etc.). Es un proceso que que debe sostener demandas propias y capacidad de movilización antes y después de las elecciones. Ahí encuentro una enseñanza de Brasil, es decir, cuando la presión popular puede obligar a una izquierda institucionalizada y gobernante a moverse cuando sus rutinas ya no alcanzan y sus dirigentes han llegado al límite. En Guatemala seguimos debatiendo cuánto debemos callar para proteger al gobierno. Con ese punto de partida, las «claves» de Lula sirven sobre todo para evitar la discusión que tenemos pendiente.

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