El mundo contemporáneo ha renunciado a la inteligibilidad y al decoro. Cada día se muestra que las decisiones más irracionales se expresan con desparpajo, de la manera más descarada. Pero tenemos la obligación de comprender el obsceno despliegue de irracionalidad porque solo así podemos exorcisarla . No podemos resignarnos a traicionar nuestra propia naturaleza de seres pensantes, aun cuando vivamos en un mundo y en un país con una injusticia agobiante.
Existen varias estrategias para responder a esta problemática. Una de ellas radica en reflexionar sobre la condición humana. Fijemos nuestra mirada en la integridad de nuestra existencia. Y aquí destaca un dato que ya había sido identificado por Kant: todos nuestros deberes descansan sobre las obligaciones hacia uno mismo. Es propio de nuestro ser reconocer nuestras faltas, limitaciones y complicidades en una situación que a veces parece incontrolable, pero no lo es a la luz de la reflexión.
El tema referido ha empezado a florecer en la conciencia de la época contemporánea. Por ejemplo, en su reciente discurso en el cónclave económico de Davos (Suiza), el primer ministro canadiense Mark Carney insistía en que la ruptura del actual orden internacional en crisis demandaba dejar de vivir en la mentira. Carney hacía referencia a Václav Havel, el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la República Checa. En su libro El poder de los sin poder, el gran dramaturgo Havel narra el caso del tendero que ha seguido durante años la costumbre política de exhibir en su tienda el letrerillo “Trabajadores del mundo, uníos”. Este gesto lo coloca dentro del funcionamiento del sistema. Un día el mercader decide ya no tenerlo y, de esa manera, dejar de vivir la mentira colectiva que se teje a partir de las acciones de todos aquellos que se acomodan al sistema.
Havel desarrollaba la idea de su maestro, Jan Patoĉka —inspirador de la intelectual crítica checa—de que la vida interior ocupa un lugar inextirpable en la praxis política. Patoĉka refrendó con su vida ese mensaje político: murió a consecuencia de las torturas infligidas por la policía en su país. En el espacio de la interioridad se ubica el último reducto donde queda esa fortaleza de dignidad que dificulta la total mentira del sistema de irracionalidad al que fuerzas políticas y criminales—ya integradas en una alianza vil— quieren que nos resignemos a vivir. De hecho, la gran enseñanza de Viktor Frankl, el gran psiquiatra que sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz, es que en medio de la realidad más opresiva aún podemos generar el sentido que nos permite vivir.
Este dato es importante, precisamente porque, para luchar, necesitamos encontrar sentidos que motiven la transformación de este mundo que ahora nos deja perplejos. Por ello, debemos preservar la libertad interior para hilvanar las estrategias que, de manera colectiva, nos impulsan a la emancipación. De hecho, la posverdad no puede entrar en nosotros si preservamos el compromiso de vivir de acuerdo con nuestra conciencia.
Ahora bien, la lucha interior, base del compromiso político profundo que ya se hace ineludible, requiere un esfuerzo continuo de concientización —una categoría iluminada por el gran educador brasileño Paulo Freire—. Quizás los cambios tan vertiginosos como sorpresivos no han sido acompañados de una reflexión colectiva que permita luchar contra ellos. De hecho, muchos no nos sentimos confundidos ante acontecimientos tan bizarros, cambios que apenas unas décadas antes eran simplemente impensables. En este contexto, se opera el resquebrajamiento de ideas que antes considerábamos sólidas —por ejemplo, la de los derechos humanos.
Sin embargo, no debemos olvidar que nuestra falta de acción contribuye a la solidez del sistema que ahora nos oprime. Hemos olvidado que incluso los grandes crímenes colectivos se nutren de la aquiescencia de muchas personas que prefieren mantener la tranquilidad a su alrededor. Es cierto que las palancas del poder tratan de apretarnos: existen muchas maneras de someter a las personas mediante la amenaza del desempleo, la represión y la cárcel. Sin embargo, lo que no se acepta es que muchos incluso juegan un papel vergonzoso dentro de la obra de teatro colectiva en la que se nos sacrifica.
Por esta razón, la tarea de nuestra época es buscar nuevos derroteros. Pero para comprender esto, es necesario identificar la posibilidad de la esperanza. Se trata de ya no participar en este sistema de opresión que ahora desborda sangre por todos lados. Esas posibilidades existen en la voluntad de sentido que hay en el mundo contemporáneo. ¿Por qué no seguimos ideas nuevas y frescas y compromisos serios para poder cambiar este sistema invivible?
Nuestra sociedad debe embarcarse en la búsqueda y realización de la dignidad, lo cual implica dejar de ser mangoneada por las fuerzas de la corrupción. Este es un mandato que adquiere mayor relevancia por la cercanía de las elecciones. Si no se aborda esta tarea, una sociedad proclive a la violencia, como la nuestra, enfrentará crisis todavía más dramáticas. Por esta razón, es necesario seguir luchando para no unir el carro al tren del autoritarismo corrupto en el mundo actual.
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