Pausa para celebrar y reflexionar

El sistema te hace creer que la Navidad y Año Nuevo es una celebración para todos y todas, grandes y pequeños, población rural y urbana, indígenas y no indígenas, pero especialmente, para ricos y pobres, siendo una descarada mentira. Se goza o no de las fiestas, según su escala de valores y, sobre todo, su nicho socioeconómico. Los aparatos ideológicos del Estado se aceitan con anticipación para que todos celebren (gasten) creando un imaginario en torno a que es época de perdonar, regalar y, por supuesto, festejar, olvidándonos del drama cotidiano y sus consecuencias.

José Alfredo Calderón E.

diciembre 19, 2025 - Actualizado diciembre 18, 2025
José Alfredo Calderón E.

En Guatemala, hay dos pausas muy importantes al año. La primera es en Semana Santa y la segunda, en Navidad y Año Nuevo. Ambas tienen raíces religiosas, pero la gran mayoría las aprovecha para el jolgorio mundano.

Para los más religiosos, la Semana Mayor debiera celebrarse con base a la Cuaresma, sin embargo, básicamente se celebra desde el Viernes de Dolores al Domingo de Resurrección, aunque el asueto oficial solo sea mediodía del miércoles, jueves y viernes. En el caso de las fiestas de fin de año, las costumbres han cambiado, pues ahora, ciertos sectores económicos incorporan el Día de Acción de Gracias, una celebración importada de EE.UU. que no tiene absolutamente ningún nexo con nuestra realidad, entorno o tradición.

Algunos empiezan a celebrar las fiestas desde el primero de noviembre con el Día de Todos los Santos y el acostumbrado Fiambre, otros más recatados, inician con la Quema del Diablo, el 7 de diciembre. Al final, desde lo festejable, cada quien decide la intensidad, lapso y desfogue que más lo satisfaga. La reflexión espiritual queda para muy pocos, y quienes más se alegran y benefician de todo esto, son los comerciantes.

El sistema te hace creer que la Navidad y Año Nuevo es una celebración para todos y todas, grandes y pequeños, población rural y urbana, indígenas y no indígenas, pero especialmente, para ricos y pobres, siendo esto, una descarada mentira. Se goza o no de las fiestas, según su escala de valores y, sobre todo, su nicho socioeconómico. Los aparatos ideológicos del Estado se aceitan con anticipación para que todos celebremos (gastemos) creando un imaginario en torno a que es época de perdonar, regalar y, por supuesto, festejar, olvidándonos del drama cotidiano y sus consecuencias.

No soy partidario de aquellas posturas que condenan todo y enfatizan solo en lo comercial, mucho menos apruebo que este lapso sirva para dirimir disputas religiosas, según la militancia en torno a distintas iglesias y credos. En mi caso, aprovecho a compartir con las personas que me quieren y que quiero, aunque añado un toque especial: comparto reflexiones que invitan a la solidaridad y la empatía.

Traigo a colación esta larga introducción, porque estos espacios que nos apartan, temporalmente, de la rutina del trabajo, debieran trascender el jolgorio mundano y la reflexión de pose.  No quiero marear con cifras por lo que solo mencionaré dos datos. En Guatemala, 57 de cada cien personas es pobre y 16 de ellos, extremadamente pobre; así mismo, 47 de cada cien niños menores de 5 años, padecen desnutrición crónica.

La dominación cultural funciona a la perfección, pues la pobreza se relativiza a partir que muchos barrios precarios de la ciudad y la ruralidad, también celebran las fiestas, por supuesto que lo hacen desde la modestia correspondiente y el endeudamiento enajenado para escapar de su condición. Hay quienes reniegan de los pavorosos datos de desarrollo humano de nuestro país y que, hablando desde el privilegio, exclaman: ¡El que no celebra es porque no quiere!

A las cifras mencionadas sobre precariedad socioeconómica, se agrega un aspecto cultural: nadie quiere ser pobre, por lo que las respuestas a encuestas, siempre conllevan un dato gris, es decir, no completamente transparente y que tiende a minimizar la situación real. El tema de la pobreza es más visible, ya que no solo es difícil de ocultar, sino que la gente ha aprendido (en realidad, ha sido inducida) a aceptar la misma como un designio divino o, cuando menos, una realidad que se debe aceptar.

Sigue llamando mi atención que, en todas las encuestas, a la pregunta sobre el principal problema del país, la mayoría de personas disfrazan la pobreza y la desigualdad, mencionando otros factores derivados: falta de oportunidades, coste de la vida o carencia de vivienda, entre otros. El factor económico aparece siempre en primer lugar, pero se diluye en variables que significan lo mismo: Pobreza y Desigualdad.

A mi criterio, el verdadero drama es que el tema de desnutrición, tanto crónica como aguda, aparece de forma insignificante en las encuestas, cuando este factor estructural es decisivo para el futuro de niños y niñas, pues impacta más allá de la falta de alimentos y nutrientes, así como en la talla y peso de los infantes. A pesar de este último dato, algunos todavía sueñan con atletas de primer mundo, tipo gladiadores.

En el imaginario social también se esconde el que, sin duda, es el efecto más pernicioso y brutal de la desnutrición: el bajo coeficiente intelectual derivado del precario desarrollo neuronal en los cerebros de los peques. Para entender a plenitud este flagelo, debe entenderse que la desnutrición aguda es por falta de alimentos, mientras que la crónica (la mayoritaria) es por carencia de nutrientes.

No está mal celebrar, de hecho, es un mecanismo de defensa ante los graves indicadores de miseria de la mayoría de nuestros hermanos guatemaltecos.

Hagámoslo de la forma que nuestros privilegios o carencias nos permitan, pero también hagamos espacio para pensar en los menos afortunados, aunque sea en esta época del año. No hablaré de cambios estructurales, que están demasiado lejos, pero creo válido llamar a la reflexión en este sentido: la necesidad de formar una consciencia social, la urgencia de promover y desarrollar pensamiento crítico, generando una postura humana, respecto de la suerte de millones de guatemaltecos.

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