Ciudad de Belice. Foto: Wikipedia
Fue Carlos René García Escobar quien me propuso el primer viaje. Última década del siglo XX. No recuerdo el año. ¿1998 o 1999? Él fue invitado a un evento de literatos que se realizó en un Centro para Escritores ubicado en el Caribe mexicano, en las cercanías de Chetumal, capital de Quintana Roo. Este Estado, en donde se encuentra la Riviera Maya, tiene ciudades turísticas como Cancún y Chetumal. Esta última es una ciudad costera, con un bonito y extenso malecón. García Escobar solicitó que se me invitara. Nosotros cubrimos nuestros gastos.
El viaje lo iniciamos en un avión de Aviateca que nos llevó de la ciudad de Guatemala a Santa Elena, Petén. El trayecto de ese municipio hacia la frontera con Belice lo hicimos en un viejo bus, de los que transitaban por un camino polvoriento, cuyo destino era la cabecera municipal de Melchor de Mencos. Los trámites burocráticos en la frontera no fueron difíciles. Del otro lado, en Belice, nos esperó David Ruiz Puga, vecino de Benque Viejo. Sus abuelos fueron originarios de El Petén. A David, con la editorial Nueva Narrativa, le publicamos en 1995 la novela “Got seif de Cuin”- un título en inglés mal escrito por el autor. Él lo decidió así. Nos quedamos la primera noche en un albergue sencillo, a pocos metros de la frontera, con bungalós para los usuarios. Con interés y curiosidad conocimos posteriormente ciudades como Benque Viejo, un enclave de hablantes de español. -Algunos de sus habitantes son de familias de origen petenero- San Ignacio, Belmopán, Belice y otras ciudades que se encuentran en el camino hacia la frontera con México. Indistintamente escuchamos hablar inglés, q’eqchi’, español y creole. Idiomas usados también en la literatura de Belice. Me impresionó la arquitectura de las viviendas, el trazo de las ciudades, sus carreteras, y otros servicios que borraron de mi mente las ideas equivocadas que tenía de ese país. Lamentablemente llegamos al Centro para Escritores, en donde se realizó el evento, cuando este ya había terminado. Conversamos con algunos de los asistentes cuando se retiraban. Para ingresar a México no tuvimos ningún problema. Previamente obtuvimos la visa respectiva.
El tránsito por Belice, en nuestra ida y vuelta lo hicimos en un bus “chato”, para muchos pasajeros, de los que se ensamblaron en Guatemala. Pude comprobar el constante tráfico de mercaderías y de personas entre Belice y Guatemala. Niños y jóvenes guatemaltecos que cada día cruzaban la frontera para recibir educación en centros escolares de Benque Viejo y en San Ignacio. Comprobé la influencia de la migración salvadoreña en la transformación de los campos, haciéndolos productivos.
De regreso, ya en Benque Viejo, nos hospedamos en casa de David, en donde fuimos atendidos por sus padres y su hermana Armita, quien estudiaba antropología en la Universidad de San Carlos. Fue alumna de García Escobar. A ella la había conocido antes, en una de las reuniones-almuerzo, que con escritores y amigos realizábamos por aquellos años en el comedor “El Establo”, edificio El Patio. La noche que nos quedamos nos sirvió para conocer a los integrantes de la Casa de Cultura local, entre ellos a un personaje pintoresco, ya fallecido, de origen salvadoreño, que vivió en su juventud en Petén, en donde ejerció el oficio de chiclero. Por sus actividades sindicales salió huyendo hacía Belice cuando la contrarrevolución de 1954. Su educación escolar era elemental, pero escribía poemas y narraciones en español, con errores de ortografía, lo que no les quitaba belleza a sus trabajos. Todos los días leía Prensa Libre. No recuerdo su nombre. Nos contó anécdotas y aventuras de su vida. El regreso a la ciudad de Guatemala lo hicimos en la misma forma de nuestra salida, solo que en sentido inverso.

El segundo viaje a Belice lo realicé en el 2001 con Jorge Román Laguna. Pagué todos mis gastos mis gastos. Su objetivo presentar la propuesta para la realización del IX Congreso de Literatura Centroamericana (CILCA) que Jorge- organizador de dichos congresos- deseaba que se realizara en Belice. Dada mi cercanía con David Ruiz Puga, me tocó hacerle la pregunta previa sobre si se podía realizar en ese país. La respuesta de David fue positiva, por lo que se planificó la visita. Román Lagunas llegó a la ciudad de Guatemala, y de esta, viajamos muy de mañana en avión a Santa Elena; ahí tomamos un taxi, que nos llevó primero al Hotel Camino Real, situado en un lugar paradisiaco, en las orillas del lago Petén Itzá, en donde desayunamos, posteriormente a Tikal; ciudad que impresionó de manera extraordinaria a Román Lagunas. Tomó muchas fotografías y caminamos por sus senderos pero no subimos a los templos. Después de esa visita nos dirigimos a la frontera. Cumplidos los requisitos migratorios llegamos al albergue que había tomado en mi primera visita. Sus instalaciones ya estaban muy deterioradas, pero no teníamos opción. Ya había anochecido. Llamamos por teléfono a David para avisarle de nuestra llegada. Quedamos que nos veríamos al día siguiente. Como lo convenimos llegó puntual y nos trasladó en su vehículo a un bonito hotel situado en San Ignacio, como a diez kilómetros de Benque Viejo. Estuvimos dos días en ese hotel, conocimos un sitio arqueológico prehispánico y un “iguanario”- santuario para iguanas-, a cargo de un guatemalteco. Visitamos también una escuela, en la que muchos de sus alumnos eran hijos de salvadoreños. Se celebraba en ese establecimiento un festival con expresiones culturales de distintos países. Ninguna de Guatemala. La demora en San Ignacio – Cayo como dicen los naturales de Belice- se justificó porque aún no se había confirmado el día y la reunión que tendríamos con el ministro encargado de asuntos de cultura.
Cuando ya se tuvo la certeza de la reunión con el funcionario hicimos viaje en bus hacia Belmopán. La conversación, la propuesta y la aceptación para que el Congreso se realizara en Belice, fue en inglés, por lo que, dados mis precarios conocimientos de ese idioma apenas entendí lo que se trató. Llegó un momento, en que yo creí que la reunión había terminado, pero el ministro pidió que lo siguiéramos hasta la antesala de la oficina del Primer Ministro- el funcionario de más alto rango. Pude nota que para los vecinos el hablar con ese mandatario era fácil, sin mayor protocolo. No encontramos guardaespaldas ni nada que notara que se estaba en un edificio importante de gobierno. Personas de distintos estratos esperaban su turno. Llegado el momento entramos al despacho del funcionario. Nos impresionó por su amabilidad y su sencillez. Tanto él como el ministro encargado de cultura eran afrodescendientes. Nos dio la bienvenida, narró algunas cosas, manifestó su interés y su apoyo para que el congreso se realizara. Este se llevó a cabo meses después. Fueron invitados como escritores, por Guatemala, Mario Monteforte Toledo y Ana María Rodas, al igual que otros escritores del área.
Terminada la reunión con el Primer Ministro, David regresó a Benque Viejo, y con Jorge nos dirigimos a la ciudad de Belice. Él tenía que escoger el hotel en donde se hospedarían los participantes, de distintos países, que llegaron al Congreso. Ese viaje nos permitió conocer, en una tarde, parte de la ciudad de Belice: Sus canales y otros lugares importantes, entre estos una iglesia católica. Visitamos un museo- casa de cultura, administrado por una costarricense nacionalizada beliceña. Un taxista guatemalteco nos prestó sus servicios en un vehículo de su propiedad. Al día siguiente nos despedimos con Jorge; él se quedó dos días más. De Belice City viajó a Chicago. Yo regresé en bus a Benque Viejo. Tuve que quedarme en el albergue de la frontera- ya narrado-.
Por la noche de ese día David me invitó a cenar a su casa. Con la comida tuvimos una reunión con los miembros de la casa de cultura de Benque. Conversamos, en español, de intereses comunes, les hice entrega de una colección de libros de Editorial Cultura que había llevado para esa ocasión y escuchamos al flautista Pablo Collado, guatemalteco, quien vivía en ese país. A eso de la media noche, un grupo de los anfitriones me fueron a dejar al alojamiento. El bungaló que se me asignó, entre jardines mal cuidados, con árboles de la región, estaba a una distancia como de setenta metros del complejo principal.
A la mañana siguiente desayuné en el comedor del albergue, pagué lo pactado y me dirigí a la frontera. Ya en Guatemala, en un taxi, me acerqué a una pequeña terminal de buses ubicada en la cabecera municipal de Melchor de Mencos, y, nuevamente en un bus, bastante descuidado, viajé al aeropuerto de El Petén. Al atardecer de ese día abordé un pequeño jet, que permitió que me sentara atrás de los pilotos. Observé desde ese sitio, de privilegio: nubes, paisajes, montañas, valles, poblados, carreteras y ciudades de Guatemala.
Los dos viajes me permitieron conocer un país de Centroamérica, distinto a como me lo había imaginado, con diversas expresiones culturales, entre ellas las de descendientes de mayas, de afroamericanos, hindús, chinos y ladinos. Vi un país pujante, con pocos hechos de violencia, pacífico y en paz.
Y que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.
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