La flor en Martes Santo

“Hoy, como cada Martes Santo por la mañana, fui a poner unas florecitas a los pies del Nazareno de la Merced. Lo hago para recordarle a esa magnífica imagen que alguna vez fue un magnífico árbol vivo. Lo hago fuera de toda esa retórica grandilocuente -a mi juicio- vacía de “Patrón Jurado” y del “Coronel”…”.
Luis Méndez Salinas

Mauricio José Chaulón Vélez*

marzo 29, 2026 - Actualizado marzo 28, 2026

Salió de la cantina que no cerraba nunca porque no tenía puerta, en la última calle del sur del centro de la ciudad capital, que era la 18. Estaba más cerca del templo del Calvario, de la antigua estación de ferrocarriles y de la Tipografía Nacional que de cualquier otro edificio emblemático civil o religioso, pero él quería ir a la Merced. Eran las seis de la mañana de Martes Santo. Pensó que no podía llover, a pesar de estar nublado, porque así eran las primeras horas del amanecer en los días calurosos de la Semana Santa y las nubes no eran de lluvia, sino de algo que sucedía todos los años y que a lo largo del día provocaba el calor necesario. Había estado desde la tarde anterior en Las Democracias, la cantina del tiempo infinito. El Lunes Santo se cumplió un año de la muerte de su madre, devota de todos los Nazarenos de Guatemala. Su partida repentina a causa de un desgraciado motorista que decidió que la banqueta era extensión de la calle, lo sumió en una profunda tristeza que no terminaba de superar. Era su madre, amante de las ciencias y de la religiosidad popular, la que murió en esa tragedia de lo que era la caótica urbe. Era su madre, la lectora de novelas rusas y de novelitas de bolsillo, la que le había enseñado a valorar con el corazón los chistes de Kalimán y de la Zorra y el Cuervo, al mismo tiempo que las obras de Miguel Ángel Asturias o Virginia Woolf. Era su madre, la científica y también lectora del tarot, profunda en los signos del zodiaco para cualquier análisis metafísico del mundo y de la vida, pero con los pies sobre la tierra en asuntos médicos. Era su madre, la que trabajó hasta jubilarse como secretaria de la unidad periférica del Seguro Social en la colonia La Palmita, adonde él varias veces la fue a traer para hablar o regañarse mutuamente, queriéndose. Era su madre, bailadora de mambo y de rock si eso sonaba en una fiesta, y que también se ponía la mano en el pecho cuando el estruendo rebosante de las marchas fúnebres se escuchaba al paso de las procesiones que iban a ver juntos, o si simplemente alguna de las que más le gustaban la programaban en la radio durante la Cuaresma. Era su madre, con el cromo de Jesús del Consuelo y de Jesús de la Merced, al lado de los de Frank Sinatra y Gene Kelly, sus dos actores predilectos. Era su madre.

Tenía que ir a ver la salida de la procesión de la Reseña, en honor a ella. Qué importaba llegar con la estocada del guaro, bebida que también le gustaba a su madre escuchando boleros, si lo que importaba más que cualquier otra cosa sobre la faz de la tierra era estar cerca del anda y ponerle aunque fuera una flor a los pies del Nazareno. Pero ya no tenía casi nada de dinero. Se detuvo un momento y dirigió la mirada hacia el poniente, recordando que en esa 18 calle, de niño, él veía pasar entierros que se dirigían al Cementerio General cuando con su madre, muerta por un asesino motorista irresponsable, iban de visita con la familia Valdez Mayora, que vivían en la esquina de la 5ª. avenida. Pensó así en ir al camposanto para tomar de ahí una flor. Tenía la capacidad de pensar de manera estratégica y de hacer cuentas estando con buenos tragos encima, por lo que realizó sus cálculos y supo que le daría tiempo de llegar al panteón, coger una flor e ir a ver la procesión. En el camino, consideró que tomaría la flor de alguna tumba cercana a la de su madre, quien no debería de estar ahí sino con él desayunando en su casa para ir a ver la salida de la Reseña. Era consciente de que no le había ido a colocar flores a su madre desde hacía mucho tiempo.

Llegó al cementerio y se dirigió, sin detenerse, a los nichos generales donde estaba el de su madre, quien no debería de estar ahí, sino con él saliendo en ese momento para agarrar un buen lugar adentro de la iglesia y escuchar el poder de La Reseña, es marcha fúnebre que a ella le gustaba tanto. Se paró frente a la tumba de su madre, no sin antes haberse percatado de que tenía dos claveles. No sabía quién se los había puesto, pero también sabía que muchas personas ofrendan flores a las tumbas vacías, lo que era un acto encomiable. “Bueno madre, usted me enseñó alguna vez que las imágenes fueron madera sin forma más que como eran desde el árbol y que la gracia de inspiración divina las extrajo de ahí porque estaban escondidas. Me recuerdo de eso, madre, no crea que no, y por eso usted me decía que hay que venerarlas más porque representan a nuestro Señor pero también a una naturaleza que es hermosa ya sea como árbol o como Dios. Présteme una flor, madre, para saludar al Nazareno de la Merced, madera hermosa y sagrada. La flor va en nombre de los dos, y ahí le queda una a usted”. Se despidió tocando la lápida rústica, con el nombre de su madre que no debería de estar escrito ahí. Salió de la necrópolis y caminó por toda la Avenida del Cementerio hasta la 13 calle, enfilándose por la Avenida Elena y llegar a la 5ª. calle, para bajar hacia el oriente y llegar a la Merced. Pasó comprando un café con dos panes dulces, procurando guardar para el octavo y la Coca Cola del después. Al salir de la tienda que estaba próxima a la iglesia mercedaria siguió pensando entrar al atrio y al menos pararse ahí si no podía entrar a la iglesia, pero lo detuvo la segunda parte de la marcha Condena Injusta de quien fue su maestro en el colegio, Rafael García Reynolds, que sonaba en una bocina puesta sobre la banqueta mientras un grupo de personas elaboraba una alfombra de pino y aserrín. Todavía con el efecto de algo de lo espirituoso en su sangre, a pesar del café, se atrevió a llorar a mares y ahí se quedó, con su flor en la bolsa de la solapa del saco negro, a los compases luctuosos y tremendamente bellos en dulzura de la marcha de Reynolds. “¡Para qué ir al atrio!”, dijo a viva voz, “para que me digan que estoy bolo, mejor me quedo aquí, con las marchas de quien admiró tanto mi madre”. Las personas lo vieron y se desentendieron de él, aunque algunos se percataron que cuando pasó la procesión, besó el clavel estando todavía en la solapa, lo elevó lo más alto que pudo como para que Jesús de la Merced lo viera, y se lo volvió a guardar, caminando para el callejón del Fino y perdiéndose de la vista mundana.

*Mauricio José Chaulón Vélez

Tercer Sábado de Cuaresma, 7 de marzo de 2026

Vista Hermosa, Ciudad de Guatemala        

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