La CIA en el mundo de los espíritus

... El informe ahora desclasificado de la CIA es tan detallado como surrealista. Describe una sesión de espiritismo organizada por el propio Pellecer, con una médium no identificada. Durante la sesión se invocaron dos espíritus: el de la madre de Pellecer y el de Stalin, fallecido el año anterior. Según Tranger, el “espíritu de Stalin” expresó satisfacción por el trabajo que Pellecer realizaba en Guatemala. Del espíritu materno no se dice nada.

Jaime Barrios Carrillo

enero 11, 2026 - Actualizado enero 10, 2026

La CIA vuelve a estar de moda. Los recientes sucesos y tensiones en torno a Venezuela han reactivado el lenguaje de siempre: “operaciones encubiertas”, “amenaza hemisférica”, “defensa de la democracia”. Conviene recordar que ese léxico no es nuevo. En 1954, como hoy, la Agencia Central de Inteligencia llevó a cabo acciones clandestinas que violaban abiertamente el derecho internacional y la soberanía de los Estados, aunque todavía se las nombre con el eufemismo de operaciones encubiertas.

En Guatemala, aquella operación tuvo nombre propio: PBSUCCESS. Y tuvo también responsables políticos claros. El embajador estadounidense John Peurifoy no fue un espectador ingenuo. Sabía que se preparaba un operativo contra el presidente Jacobo Árbenz; su papel consistía en allanar el terreno diplomático y militar mientras la CIA hacía el trabajo sucio.

Árbenz pronuncia su discurso de renuncia.

Peurifoy estaba impaciente a principios de 1954, aunque la orquesta ya estaba afinada. El publicista Edward L. Bernays —como bien lo señala Vargas Llosa en Tiempos recios— lograba espacios en prensa y radio que demonizaban al gobierno de Árbenz y advertían sobre el peligro comunista para todo el hemisferio. La guerra psicológica, amplificada por las transmisiones de Radio Liberación, impactaba a una población que además observaba con horror bombardeos cada vez más frecuentes. El arzobispo Mariano Rossell y Arellano y cientos de curas en todo el país retrataban desde los púlpitos al gobierno como una horda de ateos que conducían a Guatemala al infierno. Un triángulo perfecto: propaganda, religión y miedo.

Bernays no pensaba en principios morales. Su negocio era la propaganda y la creación de opinión convertida en dólares, pagados puntualmente por la United Fruit Company de Sam Zemurray.

Radio Liberación estaba dirigida por un agente de la CIA que además era actor y hablaba un español impecable: David Phillips. Detrás del engranaje conspirativo operaba otro agente, tan estrafalario como literario, Howard Hunt, quien en sus ratos libres escribía novelas de espionaje. Ambos trabajaban bajo las órdenes del experimentado jefe de inteligencia Al Haney, trasladado desde Seúl. Años más tarde, Hunt sería condenado por su participación en el escándalo Watergate. Para Phillips y Hunt, la intervención guatemalteca era un espectáculo: una película para uno, una novela para el otro.

Pero mentir sin pausa no bastaba, y eso inquietaba a Peurifoy. Hacían falta pruebas. Pruebas que demostraran la conspiración soviética: capturar agentes, hallar documentos, fabricar arrepentidos que renunciaran públicamente al comunismo y alertaran al país sobre el ateísmo y la tiranía soviética que, según el guion, les expropiaría hasta los calzoncillos. Ya no bastaba una vieja carta de Juan José Arévalo dirigida a un diplomático ruso en México, que no era más que una formalidad relacionada con la visita de un ballet soviético.

En ese contexto aparece Carlos Manuel Pellecer. La CIA le seguía los pasos a este alto dirigente comunista. Ex cadete de la Escuela Politécnica había sido expulsado en su último año y estuvo a punto de ser fusilado durante el régimen de Ubico por delitos graves —incluida la pedofilia— que nunca se hicieron públicos. Provenía de una familia profundamente católica de Santiago de los Caballeros; su padre pertenecía a la poderosa Hermandad de Jesús de Nazareno de la Merced. Gracias a esas influencias salió de prisión y se exilió en México, donde llevó una vida múltiple: obrero, soldado, minero, maestro rural, sindicalista y activista agrario.

Tras el triunfo de la Revolución de Octubre, Pellecer regresó a Guatemala. Se integró rápidamente al movimiento obrero, fue diputado al Congreso y ascendió como dirigente comunista. Fogoso, enérgico, convincente, conocía a la mayoría de los altos oficiales del Ejército. El historiador Mauricio Chaulón ha señalado un rasgo revelador: en su actuación pública, Pellecer era un provocador, una característica frecuente en los infiltrados de la CIA. Schlesinger y Kinzer, en Fruta amarga, subrayan su papel incitando a campesinos a acciones ilegales.

Sigue abierta la discusión sobre cuándo fue reclutado: antes de la intervención o después, ya en el exilio mexicano. En febrero de 1954, el agente George L. Tranger, de la estación Lincoln en Guatemala, reportó el seguimiento de Pellecer. El informe ahora desclasificado de la CIA es tan detallado como surrealista. Describe una sesión de espiritismo organizada por el propio Pellecer, con una médium no identificada. Durante la sesión se invocaron dos espíritus: el de la madre de Pellecer y el de Stalin, fallecido el año anterior. Según Tranger, el “espíritu de Stalin” expresó satisfacción por el trabajo que Pellecer realizaba en Guatemala. Del espíritu materno no se dice nada. El agente concluye preguntándose si la médium hablaba ruso.

Peurifoy montó en cólera. Aquello no era serio. ¿Quién podía creer en espíritus? Al Haney se limitó a encogerse de hombros. PBSUCCESS era top secret. Como puntualiza el historiador norteamericano Piero Gleijeses, el secreto alcanzaba incluso a funcionarios de la embajada, con excepción del equipo de la CIA. Peurifoy cumplía su papel: intimidar al Ejército con la amenaza de una intervención directa. Pero la CIA operaba bajo una estricta compartimentación, y es plausible que Haney no le informara del proceso de reclutamiento de Pellecer. El episodio de la médium parecía, a todas luces, un despiste.

Pellecer recibiría el nombre clave LINLUCK, aunque figuraría de todos modos como el comunista número seis en la lista elaborada por la CIA, la misma que Peurifoy entregó a la junta que derrocó a Árbenz, encabezada por el coronel Carlos Enrique Díaz, exigiendo fusilamientos. Díaz se negó y fue destituido de inmediato, partiendo al exilio. En aquella lista negra —o roja— aparecían , entre más de 300 nombres, Árbenz, Arévalo, Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Aragón, Hugo Carrillo y el joven Augusto Monterroso.

Pellecer ya colaboraba activamente. Así me lo confirmó Alfredo Guerra Borges, antiguo dirigente comunista, a quien entrevisté en 2014 en la Ciudad de Guatemala. A pesar de los Acuerdos de Paz, se cuidaba y mantenía perfil bajo. “Pellecer era de la línea dura”, decía, pero aclaraba que era una cobertura. En realidad, había sido reclutado por la CIA a finales de 1953 o principios de 1954. Mientras José Manuel Fortuny insistía en bajar el perfil, Pellecer hacía exactamente lo contrario: provocaba, agitaba, exhibía. Tenía demasiadas conexiones en el partido, en los sindicatos y en el Congreso. De ahí el famoso minuto de silencio por Stalin en el hemiciclo, que sin duda habría complacido al espíritu invocado por la médium.

El Primero de Mayo de 1954 encabezó la manifestación un enorme retrato de Ho Chi Minh, por orden de Pellecer. Importó libros marxistas desde México, permitió que la radio nacional transmitiera coros del Ejército Rojo y llenó el periódico Tribuna Popular de reportajes elogiosos sobre Bulgaria y otros países del bloque soviético. Todo lo contrario del perfil bajo que recomendaba Fortuny. Pellecer —y otros nunca identificados— ayudó a fabricar la evidencia perfecta del peligro comunista.

“Cuando lo descubrimos, ya en el exilio, se quitó la careta y colaboró abiertamente con la propaganda de la CIA, que incluso financió sus novelas anticomunistas”, me dijo Guerra Borges. Tuvo también puestos diplomáticos de los diferentes gobiernos militares.

Y aquí queda la pregunta abierta, incómoda y necesaria:
¿El informe de la CIA sobre la sesión espiritista de Carlos Manuel Pellecer fue un burdo intento de desinformación, una pieza destinada a despistar al supuesto enemigo soviético? ¿O se trató de un informe que, increíblemente, pretendía ser tomado en serio?
¿Fue Pellecer, desde el inicio, un agente cuidadosamente encubierto, y aquel documento una coartada más para protegerlo?

Como tantas veces en la historia de la CIA, el límite entre el espionaje, la farsa y la manipulación sigue siendo difuso. Y el debate, inevitablemente, queda abierto.

Para ver el documento desclasificado de la CIA, ingrese a este enlace:

https://www.cia.gov/readingroom/docs/DOC_0000913787.pdf

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