Enrique Gómez Carrillo no fue un escritor de torre de marfil. Fue un hombre de trinchera periodística, un cronista que convirtió la noticia en arte y el arte en noticia. Guatemalteco de nacimiento, universal por vocación, su figura sigue siendo una de las más influyentes en la historia del periodismo en lengua española. Y sin embargo, fuera de los círculos especializados, su nombre ahora no resuena como en su época. Vale la pena recordarlo.
El aprendiz rebelde
Todo comenzó en 1888, cuando Gómez Carrillo apenas tenía 16 años. Escribía en Guatemala para El Imparcial, un diario de corta vida fundado por el periodista francés August Mulet de Chambó. El joven escribiente, movido por su espíritu contestatario, se atrevió a criticar duramente la obra de José Milla y Vidaure, un escritor consagrado, en ese momento una especie de monumento nacional. La reacción fue inmediata: los periódicos locales publicaron burlas y ataques contra aquel «jovencito metido a periodista». Pero el escándalo no lo amilanó, sino que le abrió puertas.
Dos años después, Rubén Darío llegó a Guatemala para fundar el Diario de la Tarde y contrató al joven como reportero. Darío, que ya vislumbraba el talento de su compatriota, intercedió ante el presidente Lisandro Barrillas para que le concediera una beca y pudiera estudiar en Europa. Así comenzó la carrera del que después sería llamado “El príncipe de los cronistas”: Enrique Gómez Carrillo una de las cimas más altas del modernismo hispanoamericano.
El mago de las letras
Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo fueron las dos caras del modernismo: el poeta y el prosista. Augusto Monterroso, con su habitual ironía, los llamó «grandes limpiadores de establos» y precisó: «En su tiempo, la obra de Gómez Carrillo significó en todo el ámbito de nuestro idioma escrito en prosa lo que la revolución de Rubén Darío en el verso».
No era una exageración. La prosa modernista, impulsada por los grandes periódicos como El Liberal de Madrid y La Nación de Buenos Aires, supuso una globalización literaria e informativa. Estos diarios permitieron que los textos circularan masivamente, llegando a lectores que de otro modo nunca habrían accedido a ellos.
El periodismo en español se volvió más literario, y la literatura se afincó en la experiencia vivida. Gómez Carrillo impuso la idea de escribir sobre lo que se veía, sobre lo que se vivía, y no solo sobre lo que se imaginaba desde el escritorio. Como escribió el célebre literato español Alejandro Sawa en 1910, Gómez Carrillo era «El Mago de las letras españolas», un hombre que brillaba en las tertulias de los cafés parisinos y que se codeaba con Oscar Wilde y Paul Verlaine.
El cronista viajero
La crónica modernista se leía en todas las grandes capitales hispanohablantes: Madrid, Buenos Aires, México, La Habana, Santiago de Chile, Bogotá, Lima, Montevideo. Gómez Carrillo entendió que el cronista debía ser testigo directo, y por eso viajó incansablemente.
Inspirado por la trayectoria de Pierre Loti, recorrió Egipto, Palestina, Argelia, Marruecos, Japón, Rusia, Italia y Alemania. De esos viajes nacieron libros que hicieron época: De Marsella a Tokio (con prólogo de Rubén Darío), Sensaciones de Egipto, la India, la China y el Japón, El Japón heroico y galante, Grecia (prólogo de Jean Moréas), La sonrisa de la esfinge, Fez, la andaluza, Jerusalén, Crónicas de Italia, Tierra Santa, La Rusia Actual, Paisajes de Alemania y El encanto de Buenos Aires, entre otros.
El director innovador
Entre 1916 y 1917, Gómez Carrillo alcanzó la cúspide de su carrera periodística al ser nombrado director general de El Liberal, el diario más importante entonces de España por su tirada y calidad. El escritor Rafael Cansinos Assens recordaba su visita a la redacción, donde encontró a Gómez Carrillo trabajando en mangas de camisa, rodeado de sus redactores estrellas: Leopoldo Bejarano y Larios de Medrano.
Durante su dirección, Gómez Carrillo reorganizó el periódico con un enfoque innovador que abarcaba tres dimensiones: información y noticias; debate político, cultural y crítica literaria; y entretenimiento con textos novedosos de creación literaria. Su biógrafo Alfonso Enrique Barrientos sostiene que «la influencia del escritor guatemalteco en el desarrollo del periodismo español e hispanoamericano ha sido reconocida en la Península y no será omitida en la historia del periodismo español porque fue un innovador».
El pionero de la entrevista y el reportaje
Gómez Carrillo fue también un pionero de la entrevista en español. Desde sus años en París, entrevistó a figuras como Unamuno, Catulo Mendés, Verlaine, Strindberg, Oscar Wilde, Zolá, Max Nordau y Jean Lorrain, entre muchos otros. Desarrolló un concepto que plasmó en el ensayo El culto de la interview, donde defendía la importancia de no intervenir en la voz del entrevistado para lograr una comunicación auténtica, basada en la empatía.
En el reportaje, aplicó la misma filosofía: objetividad desde la perspectiva personal. «Yo estuve ahí y lo vi», podría ser su lema. Durante la Primera Guerra Mundial, fue corresponsal en el frente y publicó cientos de crónicas que luego compiló en libros como Crónicas de guerra (1915), Reflejos de la tragedia (1915), Campos de batalla y campos de ruinas (1915), En las trincheras (1916) y En el corazón de la tragedia (1916). Estos textos le valieron la Legión de Honor de Francia y un éxito de ventas arrollador.
El editor de revistas
Gómez Carrillo fue también un fundador de revistas. En 1907 creó el Nuevo Mercurio, inspirado en la emblemática revista francesa Le Mercure de France, con el objetivo de afianzar la renovación modernista hispanoamericana. Incluía textos de los principales escritores franceses traducidos por él mismo, junto a lo más granado de España y América. Pero la revista solo duró un año por problemas económicos.
En 1919, con el apoyo del empresario uruguayo Manuel Allende, refundó la revista Cosmópolis. Esta vez el éxito fue rotundo. La revista se vendía en España y América, y combinaba textos creativos con reseñas, crítica y noticias culturales de las principales capitales modernistas: Buenos Aires, Madrid, Montevideo, La Habana, México, Barcelona y París. Cosmópolis publicó 37 números hasta 1922, consolidando el concepto de revista como espacio de diálogo y debate entre las dos orillas del Atlántico.
Una línea divisoria
La labor periodística de Gómez Carrillo fue gigantesca y universal. Como escribió el histórico reportero español Leopoldo Bejarano: «Porque sin hipérbole de ninguna clase, el paso de Gómez Carrillo por El Liberal marca una línea divisoria entre la vieja y la nueva prensa».
Esa línea divisoria separa el periodismo como simple transmisión de hechos del periodismo como arte, como testimonio, como experiencia. Gómez Carrillo entendió que la noticia no era solo información, sino también emoción, estilo y perspectiva. Y en eso, sigue siendo un maestro. Quien quiera entender el periodismo cultural en español, debe volver la mirada hacia él.
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