El Portal del Señor también es Guatemala

El Portal del Señor contiene y expone la miseria al principio de la novela, para que en el Epílogo resulte derribado. Su destrucción real ocurrió el 17 de noviembre de 1917.

Mauricio José Chaulón Véliz

mayo 31, 2026 - Actualizado mayo 30, 2026

En este 80 aniversario de la novela El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, continúo con el tema de mi columna que precede a esta, publicada el domingo 24 de mayo de 2026, con el título El Pelele, como Guatemala, sigue buscando. En el primer capítulo del libro, Asturias muestra cómo es Guatemala en aquel momento del gobierno dictatorial de Manuel Estrada Cabrera, o mejor dicho, del Estado liberal finquero, pero también lo hace por medio de lo simbólico. Como lo planteo en la columna anterior, los llamados “pordioseros” que pernoctaban en el Portal del Señor no son sólo personajes, sino la representación más cruda del pueblo de Guatemala, que en el caso del Pelele integra todas las contradicciones de su historia, provocadas por el poder dominante. Pero, en la literatura no sólo las personas son protagonistas, sino también los lugares. El capítulo I de El Señor Presidente se titula “En el Portal del Señor”, porque es en aquel sitio donde inicia toda la trama. Y algo muy importante es que será en el Portal del Señor donde terminará la novela: el tiempo cíclico, fundamental en las concepciones cosmogónicas de muchos de los pueblos americanos, es utilizado como recurso por Asturias para situar al lector en el movimiento de la historia, tanto la del libro como de forma simbólica la de Guatemala. En la realidad, mientras no se le derrote, el poder no se acaba, aunque a veces pareciera que está por perder. El mensaje es claro: para destruir un sistema oprobioso las fuerzas deben ser muy grandes y la victoria deberá ser total. Mientras eso no ocurra, el poder represivo circula desde su punto de partida para retornar a él y hacerse más contundente.

El Portal del Señor contiene y expone la miseria al principio de la novela, para que en el Epílogo resulte derribado. Su destrucción real ocurrió el 17 de noviembre de 1917. El régimen cabrerista decidió derrumbar el portal, el cual se encontraba ubicado al norte de la Plaza Mayor o Plaza de Armas, y que albergaba a la municipalidad, por lo que su nombre oficial era Edificio o Portal del Ayuntamiento, habiéndose llamado del Muy Noble Ayuntamiento en la época colonial. Su construcción comenzó en 1776 y finalizó en 1781, siendo los maestros Bernardo Ramírez y Joaquín Arroyo quienes la dirigieron en sus distintas fases. La intención del gobierno de Estrada Cabrera era construir un edificio actualizado dentro de los cánones del liberalismo ilustrado, en vez de la reminiscencia colonial que representaba el portal del Ayuntamiento.

En El Señor Presidente, al final, el personaje nombrado como Benjamín el Titiritero del Portal, se vuelve loco por el viejo edificio destruido. Ahí estaba su negocio y prácticamente su hogar. La desesperación es tanta en él, que corre por la Plaza de Armas o Plaza Mayor increpando a todas las personas que se encontraba a su paso, principalmente a los reos que fueron utilizados como mano de obra gratuita para la demolición. Su esposa lo persigue, angustiada, tratando de disuadirlo, sin lograrlo, rogando al mismo tiempo “¡No le hagan caso, señores, no le pongan asunto, que está loco; no se le quiere hacer a la cabeza la idea de que ya no hay Portal del Señor!”. Cuando un policía lo va a capturar, la señora le dice lo siguiente, como una sentencia: “¡No señor, no se lo lleve, no lo está haciendo de intento, sospeche que está loco (…) vea que está loco, no se lo lleve…, no, no le pegue!… ¡Figúrese cómo estará de loco que dice que vio toda la ciudad tumbada por tierra como el Portal!”.

Las investigaciones sobre la oralidad, refieren a que existía en el contexto cabrerista la leyenda de que si el portal era destruido ocurriría una grave tragedia sobre la ciudad capital. Aunado a los estudios sobre la tradición oral, la referencia de Antonio Batres Jáuregui a esta creencia popular en su libro La América Central ante la historia, es otra evidencia de que estaba presente en los imaginarios de la época, siendo otro referente fundamental la genialidad literaria de Asturias con la que la expone en El Señor Presidente a través de la figura del Titiritero, entrando en locura. Si el Pelele, conocido como el idiota, fue un protagonista central del inicio de la trama, en el Epílogo lo es Benjamín, el Titiritero. El primero, significado como el idiota iracundo, pero que en realidad había sido vuelto así -idiotizado- por el poder dominante que ejerció sobre él toda su represión; el segundo, convertido en un loco por ese mismo poder que le destruía su lugar, su espacio vital, y con ello su memoria tangible, su memoria histórica, su casa. El Pelele y el Titiritero del Portal son el pueblo de Guatemala, dañados de distintas maneras, pero en una misma línea: la de la destrucción. En el caso del Pelele, Guatemala está en sus entrañas y emociones, mientras que con el Titiritero, Guatemala está afuera, en el Portal del Señor. Es este lugar la gran Guatemala que termina siendo derruida por el poder dominante, dejando sin refugio tanto a indigentes como a comerciantes, ya que en la parte poniente del Ayuntamiento se permitió que operaran pequeños negocios, representando Benjamín el Titiritero a estas personas.

Una de las variantes de la leyenda sobre la destrucción del Portal del Señor y la gran tragedia que eso provocaría sobre la ciudad, decía que, si la pintura de Jesús del Pensamiento que estaba colocada a la vista pública era removida, eso provocaría algo malo para la capital. Cuando el portal se derrumbó en 1917, la pintura fue llevada a la Catedral Metropolitana, en donde permaneció hasta que fue robada muchos años después sin que se conozca su paradero hasta la fecha. Para quienes creían en esta leyenda, especie de maldición, la mayor prueba de que era verdad la encontraron el 25 de diciembre de ese mismo año, 1917, cuando alrededor de las 10:20 de la noche ocurrió el primero de los terribles sismos de un devastador terremoto, dándose otro aproximadamente una hora más tarde, con consecuencias gravísimas. Las réplicas continuaron, pero el 29 de diciembre y el 3 de enero ocurrieron dos poderosos temblores que terminaron de destruir la ciudad, y otro se dio el 24 de ese mismo mes, igual de catastrófico que aquellos. Por las fechas en que pasó, a esta tragedia se le conoce como los Terremotos de Navidad y Año Nuevo o simplemente los Terremotos de 1917-1918. Esto no se menciona en El Señor Presidente, pero no es necesario, ya que Benjamín, el Titiritero del Portal, vive en su espíritu y en su cabeza un terremoto. La dictadura cabrerista era desde hacía mucho tiempo una continuidad de sismos altamente destructivos: vidas como la de el general Eusebio Canales y su hija, Camila Canales; como la de la Chabelona; como la de Miguel Cara de Ángel; como la de Fedina de Rodas y su pequeño hijito de brazos; como la del Pelele y el Mosco; como la del licenciado Abel Carvajal y su esposa, fueron destruidas en la trama de la novela El Señor Presidente. Pero ellos y ellas representan a todas las personas que sufrieron la represión en la realidad, y no sólo como efecto del cabrerismo, sino durante la historia de esto que llamamos país, ya sea con la clase dominante liberal o la conservadora. Asturias no tuvo necesidad de escribir el terremoto geológico como un evento en la novela, porque la devastación del Portal del Señor integra la ruina de Guatemala en su presente, sea cual sea, y en su historia. Es el evento culminante que sólo encuentra posibilidad de remedio en la esperanza de fe veterana, tomadas estas dos palabras de un verso de Mario Benedetti, cuando la madre del estudiante y otras mujeres están rezando en su casa. La fuerza de dos versiones del espíritu humano en búsqueda de la luz en lucha, el de raigambre religiosa auténtica sin los vicios del poder y el del intelecto dirigido a transformar lo realidad para conseguir la justicia social, se entrelazan al final de El Señor Presidente. Esto representan las figuras de las mujeres rezadoras y del estudiante, que convergen, respectivamente. Aunque afuera, el Portal del Señor, como Guatemala, esté en ruinas.                  

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