Roberto Bolaño murió un 15 de julio de 2003, y lo honramos recordando su mítica novela “Los Detectives Salvajes” (1998), que ganó los premios Herralde y Rómulo Gallegos, entre los más relevantes de habla hispana. Al terminarla de leer, uno se imagina que se fraguó como una biografía de los protagonistas, Arturo Belano y Ulises Lima, dos poetas que intentan revivir el movimiento del realismo visceral. Nos encontramos con decenas de testimonios de personas que los conocieron durante 20 años, de 1976 a 1996. Son las voces de una generación nacida en los años 1950, que sufrió las palizas en 1968, vio erigirse a Pinochet en 1973 y caer el Muro de Berlín en 1989, y que la situación siguió más o menos igual, o un poco peor. Y aunque esta no es una novela política, los recortes históricos aparecen por todas partes.
No nos enteramos de la vida de Belano y Lima a través de sus palabras sino por el resto: amantes, amigos, maestros, compinches, enemigos o conocidos casuales. Cuentan con fecha y lugar, con aire de declaración testimonial, episodios que vivieron con alguno de ellos. En los lugares más evidentes y en otros inimaginables. Empezando por la Ciudad de México, retratada gloriosamente como “Distrito Federal (D.F.)”: en los cafés, en las avenidas representativas, en las tabernas infectas y memoriales, y luego en el desierto del norte de Sonora; pasan por Barcelona y sus laberintos; en Tel Aviv; en la soledad africana de Liberia; en la ciudad más “literaria” del planeta, París, y en otras latitudes, lo que la convierte en una novela universal, mostrada como un archipiélago que se encauza hacia la búsqueda de la poeta expulsada del estridentismo: Cesárea Tinajero, que la sienten casi como una diosa mexica, llena de misterio y coherencia. Ella había fundado la revista “Caborca”, el nombre de un pueblo de su infancia.
En largos episodios, aparece narrando con cadencia sabia y melancólica Amadeo Salvatierra, quien conoció a Cesárea Tinajero y en una noche de mezcales, contada a destajos, les hace un repaso de los primeros real visceralistas que arrancaron los 1920s. Él les confiesa a Arturo y Ulises: “como tantos mexicanos, yo también abandoné la poesía”; y cuando por fin se deciden a ir tras Tinajero, uno de ellos responde entre la duermevela: “no lo hacemos por ti, Amadeo, lo hacemos por México, por Latinoamérica, por el Tercer Mundo, por nuestras novias, porque tenemos ganas de hacerlo”. Pero ¿qué buscaban realmente? A lo mejor una respuesta venga del personaje Julio Martínez Morales, en la Feria del libro en Madrid en 1994, cuando plantea, metafísicamente, que se estaba buscando “una certeza que apuntale el vacío de nuestras certezas”.
La novela cuenta con una estructura de un sándwich con rodajas delgadas y con la carne en su interior. A los vericuetos de Belano y Lima los encierra la historia del diario de Juan García Madero, un poeta de 17 años que es adoptado dentro del movimiento real visceralista, en un homenaje a lo que fue el infrarrealismo fundado en los años 1970s por Bolaño (que aparece en la novela como Arturo Belano) y Mario Santiago Papasquiaro (quien es Ulises Lima).
Esta corriente no era, realmente, reconocida, sino lo contrario: los veían de menos y cualquiera pensaría que se hundirían en el olvido. A pesar de eso, no dejaron de creer. En el manifiesto infrarrealista escrito por Bolaño en 1976, titulado “Déjenlo todo, nuevamente”, da una pauta sobre el movimiento que busca retar a la autoridad literaria y la autoridad de cualquier otra índole con un llamado efervescente: “láncense a los caminos” y el estribillo añorante: Rimbaud vuelve a casa.
Bolaño ha dicho que escribió sobre su vida, y si lo vemos así, en “Los Detectives” cuenta las andanzas de los poetas que saltan entre continentes, aprendiendo a vivir, a tener sexo y a leer en las calles y con una apuesta máxima por lo que consideraban poético.
Enfrentan al enemigo declarado: Octavio Paz, el tótem de la literatura mexicana, el único Premio Nobel, aunque luego en un pasaje en el Parque Hundido se podría entender que logran cierta concordia. El personaje de Carlos Monsiváis, en 1976, aparece en la novela y dice que Belano y Lima estaban “obstinados en no reconocerle a Paz ningún mérito”; en esa línea, el personaje del escritor Manuel Maples Arce complementa: “Todos los poetas, incluso los más vanguardistas, necesitan un padre. Pero estos eran huérfanos de vocación.”
Desde ese incendio poético viene su obstinación por encontrar a Cesárea Tinajero, quien representa las raíces, la cultura y la elegancia de lo simple. Una poeta apenas conocida y que apenas publicó. Dando viajes entre espirales, Bolaño detalla los vericuetos en los que se meten sus amigos, los poetas que no son admitidos en el statu quo literario mexicano; cuesta que los publiquen y los ningunean. Como diría Ramón Méndez Estrada en “Rebeldes con Causa”, la introducción de una compilación de manifiestos infrarrealistas: se trataba de “la rebeldía vital contra la tanática oficialidad”.
A pesar de que “Los Detectives Salvajes” se publicó en 1998, mantiene su validez sobre todo en un mundo que no se terminó de edificar y de convertirse en el sueño que nos juraron. La rabia de los poetas real visceralistas es contra la desidia oficinesca; ahora diríamos, contra la Inteligencia Artificial que busca añadirme palabras que no quiero (ni necesito) escribir en este texto, contra un lenguaje en el cual anhelan que hablemos domesticadamente, que pensemos que las vacaciones, los museos y la salud son un lujo, que nuestra voz en español es menor y que los premios son para los bien portados. Una de las narradoras-personajes, Laura Jauregui, quien fue pareja de Arturo Belano, lo dice desde su experiencia: “todo el realismo visceral era una carta de amor”.
Hay un manifiesto infrarrealista que publica Mario Santiago Papasquiaro, de quien Bolaño cuenta que no dejaba de leer, ni siquiera en la ducha, y por eso cuando le prestaba libros se los devolvía completamente mojados.
Copio tres frases de su manifiesto:
EN UN TIEMPO EN QUE A LOS ASESINATOS LOS HAN ESTADO DISFRAZANDO DE SUICIDIOS
“SOLAMENTE HOMBRES LIBRES DE TODA ATADURA PODRÁN LLEVAR EL FUEGO LO BASTANTE LEJOS” ANDRÉ BRETON
LA CULTURA NO ESTÁ EN LOS LIBROS NI EN LAS PINTURAS NI EN LAS ESTATUAS ESTÁ EN LOS NERVIOS / EN LA FLUIDEZ DE LOS NERVIOS
Esta revuelta desde lo poético abarca todas las canchas y se sitúa en la preparación personal y contra la estulticia, y es notable cómo el joven García Madero, quien narra las primeras y las últimas páginas de la novela, parece ser descuidadamente irreverente al dar cátedras de teoría literaria a un escritor consagrado.
De esta forma, Bolaño remeda una situación histórica cuando en el gobierno de Luis Echeverría, en México, se multiplicaron los talleres literarios para acercarse a la gente luego de la matanza de Tlatelolco en 1968 que había dejado un pésimo sabor en la población.
Esta política de promoción de la cultura llevó a crear élites culturales burocráticas que fortificaron los engranajes en la pirámide política y social. Ahí, los poetas real visceralistas no cabían, y en ese contexto, García Madero, de 17 años, estudiante de derecho, ridiculiza al director del taller, Julio César Álamo, preguntándole si sabe qué eran la pentapodia, el nicárqueo y el tetrástico. El director del taller no lo sabe, no responde y se encachimba.
Luego García Madero invoca decenas de definiciones que sabe de memoria y que dejan perplejos hasta a sus mismos compañeros. Bolaño así se burla incluso de la educación formal —nunca se graduó de la universidad— y demuestra la brillantez y, sin decirlo, evoca la frase de Mario Santiago: LA ESTUPIDEZ NO ES NUESTRO FUERTE (ALFRED JARRY DIXIT).
En su manifiesto infrarrealista, Bolaño, el exponente más lúcido y quien reivindicó a la generación entera, nos dice en estas frases:
Las galaxias del amor están apareciendo en la palma de nuestras manos.
-Poetas, suéltense las trenzas (si tienen).
-Quemen sus porquerías y empiecen a amar hasta que lleguen a los poemas incalculables.
-No queremos pinturas cinéticas, sino enormes atardeceres cinéticos
-Que la amnesia nunca nos bese en la boca. Que nunca nos bese.
-Soñábamos con utopía y nos despertamos gritando.
-Un pobre vaquero solitario que regresa a su casa, que es la maravilla.
“Los Detectives Salvajes” despierta el espíritu de la juventud que no deja de latir y que busca exprimir la poesía propia del viento. García Madero explica: “la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito”.
Pero la contradicción es que Bolaño escribió esto mucho después, y con el ojo de novelista maduro y viviendo fuera del epicentro alquímico vio hacia atrás desde la pausa de la distancia y pudo recobrar las voces de decenas de poetas (Piel Divina, las hermanas Font, Jacinto Requena, Ernesto San Epifanio, entre muchos otros) reales y ficticios para darle vida a una novela totalizante.
Cuando Ulises Lima es invitado a un congreso en Nicaragua para que un grupo de escritores se solidarice con la Revolución Sandinista, se extravía de la delegación. En ese viaje acompaña un escritor guatemalteco que lleva 20 años viviendo en México. El escritor ya tiene fama y es respetado y tranquilo y le da unos consejos al que organiza el viaje, que está ansioso buscando a Lima. Su nombre es don Pancracio Montesol, pero en realidad se trata de Augusto “Tito” Monterroso, quien en el libro cita una anécdota que le cuenta el escritor Mario Monteforte Toledo:
“Monteforte Toledo me puso sobre el regazo este enigma: un poeta se pierde en una ciudad al borde del colapso, el poeta no tiene dinero, ni amigos, ni nadie a quien acudir. Además, naturalmente no tiene intención ni ganas de acudir a nadie. Durante varios días vaga por la ciudad o por el país, sin comer o comiendo desperdicios. Ya ni siquiera escribe. O escribe con la mente, es decir, delira. Todo hace indicar que su muerte es inminente. Su desaparición, radical, la prefigura. Y sin embargo el susodicho poeta no muere…”
Algo interrumpe la anécdota (algunos críticos toman este pasaje como un homenaje de Bolaño a la literatura guatemalteca) y luego le preguntan a don Pancracio en qué terminaba la historia que le había contado Miguel Ángel Asturias, lo cual es una confusión porque estaba citando a Monteforte. “La verdad es que ya no me acuerdo, pierda cuidado, el poeta no muere, se hunde, pero no muere”, culmina don Pancracio, algo que bien hubiera podido apuntar Monterroso. Es decir, Bolaño, los “Detectives” y el resto de la poesía no mueren, se pueden hundir, pero no mueren.
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