Brasil: Amazonía y subsuelo en la papeleta

Brasil decide hoy a quién confiarle la administración del pulmón del planeta, la segunda reserva de minerales raros después de China y la soberanía de sus hidrocarburos.

Vaclav Masek Sánchez - @_vaclavmasek

octubre 4, 2026 - Actualizado octubre 3, 2026

Hace cuatro años, el 9 de octubre de 2022, justo una semana después de la primera vuelta, advertí en estas páginas que Jair Bolsonaro era una amenaza global. Cuatro años, una intentona golpista y una condena después, la amenaza mantiene el apellido pero lleva otro primer nombre: Flávio, su primogénito.

Hoy Brasil vota. La última encuesta de Datafolha da a Lula da Silva 42% y a Flávio Bolsonaro 38%; la de Quaest, 39% contra 34%. Con esos números, lo más probable es una segunda vuelta el 25 de octubre.

The Guardian escribió el miércoles en su editorial sobre lo que está en juego. En un nuevo gobierno de Bolsonaro, “la democracia sería probablemente su primera víctima local. Pero el clima sería sin duda otra víctima, con consecuencias para todos”. Brasil decide hoy a quién confiarle la administración del pulmón del planeta, la segunda reserva de minerales raros después de China y la soberanía de sus hidrocarburos.

En Guatemala no hubo turba violenta rompiendo cristales en edificios oficiales, sino apparatchiks. Nunca vamos a dejar que se nos implante forzosamente una amnesia artificial de lo ocurrido. El Ministerio Público de Consuelo Porras empujó un golpe judicial contra Semilla y Bernardo Arévalo, que logró asumir en enero de 2024 tras nueve horas de espera. Una lección que Brasil tanto a Estados Unidos y Guatemala fue que castigó el intento más rápido: en junio de 2023, el tribunal electoral ya había inhabilitado a Bolsonaro por ocho años.

El heredero

El 11 de septiembre de 2025, la Primera Sala del Supremo condenó a Jair Bolsonaro a 27 años y tres meses de prisión por encabezar la trama golpista. En aquella columna pregunté si habría bolsonarismo después de Bolsonaro (una pregunta estúpida, sabiendo que los hijos estaban muy metidos en política partidista). La respuesta llegó en diciembre: el padre ungió al hijo menor. Ahora, envalentonado por caudales callejeros, Flávio hace promesas y expresa que quiere liberar a su padre y a los condenados de la insurrección en Brasilia del 8 de enero.

El escándalo del Banco Master salpica a los dos lados. Flávio le pidió al banquero Daniel Vorcaro 134 millones de reales para una película sobre su padre, que iba a ser protagonizada por Jim Caviezel en una trama que seguía el intento de asesinato de Jair en un acto de campaña de 2022. Los mensajes de Vorcaro con el juez Alexandre de Moraes alimentan la tesis infundada de que al padre lo incriminaron. La condena descansa en pruebas: el borrador golpista que imprimió su ministro de Justicia y los jefes del Ejército y la Fuerza Aérea que se negaron a secundar. Bolsonaro literalmente dejó un rastro de papel de cómo iban a asesinar con balas o con veneno a Lula, su vicepresidente Geraldo Alckmin y al juez de Moraes.

El bolsonarismo contemporáneo de 2026 tiene un nombre viejo en Brasil: entreguismo. Eduardo Bolsonaro se instaló en Texas para pedirle a Washington que castigara a su propio país; en junio, el Supremo lo condenó a cuatro años y dos meses por coacción. En julio, Flávio le pidió a Trump que aplazara los aranceles hasta después de la elección. Lula lo llamó “otro acto de traición a la patria”.

La marea rosa que no rompe

De la marea rosa que cubrió América Latina a comienzos de siglo, el proyecto del PT es el que más ha durado. Su longevidad se refleja en su récord electoral: ganó cinco de las últimas seis elecciones presidenciales. Y su durabilidad y resiliencia como partido, en cómo sobrevivió a Lava Jato, a la destitución de Dilma Rousseff, a los 580 días de cárcel de Lula y a un plan golpista que incluía asesinarlo. Esa duración tiene base material: un Estado que conserva Petrobras y el presal, y una política exterior que negocia con Washington y con Pekín sin necesidad pedir permiso o experimentar la tutela. Es un nacionalismo de recursos con votos.

Alrededor, la marea rosa latinoamericana bajó. En ocho meses, la derecha ganó en Bolivia, Honduras, Chile, Costa Rica, Perú y Colombia. En enero, fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas.

El límite es que Lula cumple 81 años el 27 de octubre, dos días después de la segunda vuelta. El proyecto dura porque Lula vive, y todavía no tiene heredero claro. Una victoria estrecha, advierte la organizadora Stephanie Weatherbee Brito en North South Notes, el boletín de Vincent Bevins, lo dejaría “maniatado por el Congreso, frente a una derecha belicosa y sin el respaldo de una base de masas comprometida”.

Dos extractivismos

Todo esto ocurre con el movimiento climático en retirada. Estados Unidos salió del Acuerdo de París por segunda vez en enero. En la COP30 de Belém, las hojas de ruta para dejar los combustibles fósiles y frenar la deforestación quedaron fuera del texto negociado. Europa volvió a aplazar su reglamento contra las importaciones ligadas a la deforestación.

En Sudamérica, la apuesta posextractivista de Gustavo Petro perdió en las urnas y el MAS perdió en Bolivia. Brasil es el último proyecto de la eco-izquierda con un Estado detrás. Con los movimientos en repliegue, el gran programa de políticas politico-climáticas queda en manos de quienes gobiernan los bosques y subsuelos.

La disyuntiva de este domingo en Brasil no es entre extraer o conservar sino más bien entre dos extractivismos.

El de Lula es soberano y regulado, con contradicciones a la vista. En agosto, Petrobras encontró hidrocarburos en el pozo Morpho, frente a Amapá. Lula lo defiende, afirmando que “es con el dinero del petróleo” que Brasil pagará el etanol, los biocombustibles y el hidrógeno verde. Al mismo tiempo, su gobierno bajó la deforestación amazónica a 5 mil 796 kilómetros cuadrados entre agosto de 2024 y julio de 2025, la cifra más baja desde 2014 y cerca de la mitad del pico de 2021.

El extractivismo de recursos naturales de Flávio es extracción sin frenos. En junio, en Belém, prometió cambiar las leyes para “acelerar la extracción de minerales del subsuelo”. Si la derecha gana las gobernaciones en disputa, podría gobernar el 95 por ciento de la Amazonía en 2027. Habla de privatizar estatales, aunque su campaña jura que Petrobras no está en la lista. Veremos.

Para sorpresa de nadie, Washington ya eligió socio. Brasil tiene la segunda reserva de tierras raras del mundo. En marzo, Estados Unidos firmó un memorando de minerales críticos directamente con Goiás, sin pasar por Brasilia. Según el periodista Piero Locatelli, “empresas vinculadas a Donald Trump Jr. invierten aquí en la extracción de tierras raras”. Lula ofreció tierras raras en su reunión con Trump en mayo; en julio llegaron igual aranceles de 25 por ciento, justificados en parte por Pix, el sistema público de pagos, y por una supuesta laxitud contra la deforestación.

Los aranceles de julio de Trump a Lula tuvieron un previsible efecto boomerang. Quaest llegó a registrar a Lula 45 por ciento contra 37 por ciento en segunda vuelta, el mismo efecto Carney que describí aquí en 2025. Pesa más la sombra de Venezuela y de lo que la doctrina Donroe. Elegir a Flávio, advierte la investigadora Camila Rocha, del Cebrap, significaría “en la práctica, el dominio total de Trump sobre Sudamérica”. En la ONU, Lula dijo que Brasil “no pertenece al patio trasero de nadie”. Y según Reuters, la inteligencia brasileña dijo a funcionarios franceses y alemanes que había confirmado injerencia de Estados Unidos y de Rusia, “desde el lawfare hasta la injerencia abiertamente reconocida”.

El bosque compartido

Lo que Brasil decide también se decide en Petén. Un hallazgo de la ecología política latinoamericana comparada, especialmente para esta coyuntura, es que la frontera extractiva que avanza sobre la Amazonía, a través del ganado, acaparamiento de tierras y una red transnacional de crimen organizado, es la misma que devora la Laguna del Tigre. Está la historia de mayo de 2024, cuando las autoridades destruyeron allí un rancho ilegal de 1 mil 380 hectáreas. Lo que quiero decir es que la lección institucional del manejo de recursos naturales y la geografía del desarrollo también es nuestra. El léxico es familiar: narcoganaderismo, monocultivo, desalojos violentos; soberanía de recursos, transición energética, resiliencia climática.

Como lección al resto de las democracias con instituciones frágiles, Brasil mostró que el golpismo se puede juzgar. Y si Flávio prometió que los condenados del 8 de enero subirían con él la rampa del Planalto si gana, en esencia, votar por el hijo es indultar al padre.

A nivel climático y geopolítico, Brasil vota hoy por el bosque que respiramos todos y por el derecho de un país del Sur a decidir qué hace con lo que tiene bajo sus pies.

Soberania não se negocia. A Amazônia não se vende.

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