¡Let it be!

En Guatemala, tener un desaparecido es una condena social, además del dolor.

Jaime Barrios Carrillo

enero 18, 2026 - Actualizado enero 16, 2026

Juana Amparo Loza de Molina, madre de Juan Luis Molina Loza. Foto: Cortesía de la familia Molina Loza

Hay una imagen que quedó grabada: un joven suspendido en el aire, rematando una pelota de voleibol que pica en el campo contrario y le da un punto a Guatemala. Mide más de un metro noventa y tiene apenas 22 años. Es Juan Luis Molina Loza, jugando en el preolímpico rumbo a las Olimpiadas de México 1968.

Empezó a jugar voleibol cuando estudiaba en el histórico Instituto Modelo. Luego siguió en el equipo de Humanidades de la San Carlos. Antes había cursado Psicología en la Universidad Landívar. Aquel gigante que volaba en la cancha había vuelto a su colegio como profesor de Filosofía. Publicaba artículos en El Imparcial y en la revista Alero.

A sus alumnos les regalaba libros para que pensaran por su cuenta, como La rebelión de las masas de Ortega y Gasset. Era una tradición: su maestro de historia, Severo Martínez Peláez, le había regalado libros a él.

Jorge Estuardo Molina Loza, hermano de Juan Luis, cuenta en un artículo que su padre había dicho más de una vez: «Severo Martínez Peláez es el responsable de que Luis Pedro se haya vuelto comunista». Pero Jorge Estuardo acota también, en el mismo artículo, que su hermano desaparecido tuvo compañeros de clase que se convirtieron en reconocidos miembros de la ultraderecha militante. Lo cierto es que Severo Martínez sí debe haber ejercido una fuerte influencia sobre él, ya que ingresó a la universidad nacional a estudiar filosofía. Fue un alumno destacado y de inmediato se interesó por la política estudiantil y, en consecuencia, por la nacional.  Haber salido vestido del Che en la Huelga de Dolores, lo acabó de fregar, decía su padre a sus hermanos.

Cuando Juan Luis jugaba el preolímpico de volibol, no podía imaginar que tres años después, en 1971, él sería secuestrado en un restaurante español, el Alicante, por un comando policial. Ese mismo año se publicaba La patria del criollo, la obra más emblemática de su maestro Severo. Juan Luis no alcanzó a leerla, pero ya la había escuchado en las aulas.

Juan Luis Molina Loza soñaba con cambiar Guatemala. Con un grupo de amigos se inventó el «Cuerpo de Paz Guatemalteco». Su hermano Jorge Arturo recuerda:


—En la izquierda no lo entendieron. Pensaron que Juan Luis quería congraciarse con los gringos. Pero era simple: los gringos ya estaban aquí y gracias a eso podíamos entrar a comunidades donde hacía falta trabajar. Fuimos, convivimos con campesinos en parcelamientos como La Máquina y El Cajón. Volvimos más convencidos que nunca de que este país necesitaba un cambio—.

La tragedia sucedió al mediodía del 13 de enero de 1971. Guatemala venía de un año de terror bajo el sanguinario y corrupto coronel Carlos Arana Osorio, alias El Chacal. 1970 había estado marcado por la represión y el estado de sitio. Guatemala crucificada, escribió el antropólogo Richard Adams, país de coroneles y licenciados. Jorge Arturo su hermano lo resume:


—A principios del 71 el furor asesino del gobierno alcanzó niveles inéditos. Asesinaron a Fito Mijangos, a Julio Camey Herrera, y no mataron a Alfonso Bauer Paiz porque les falló la puntería. Dos años después, en 1973, acribillaron a Thelma Grazzioso, la esposa de Juan Luis—.

Un día antes del secuestro de Juan Luis, un agente de la CIA en Guatemala había enviado el siguiente informe confidencial, hoy desclasificado:

«Durante el estado de sitio las fuerzas de seguridad eliminaron silenciosamente a muchos terroristas. En Ciudad de Guatemala, la policía mató aproximadamente a 30 sospechosos. En el campo fueron más de 200. Nos preocupa el exceso de mano dura porque podría provocar antagonismo popular».

La desaparición forzada ya era una política de Estado. Ningún juez se atrevía a aceptar los habeas corpus. Las morgues estaban llenas de cuerpos mutilados que las familias revisaban con la esperanza desesperada de encontrar a sus muertos. 

En enero de 1971, sonaba Let it Be de los Beatles. Paul McCartney había contado que compuso la canción después de soñar con su madre fallecida. En el sueño ella le decía Let it be, es decir «todo va a arreglarse».

Pero las madres reales no se conforman con soñar. Desde ese 13 de enero Juana Amparo Loza de Molina no dejó de buscar a su hijo. Los recursos legales no sirvieron. El 9 de marzo decidió algo extremo: ir al centro de la ciudad, al Parque Central, con ayuda de su nuera Thelma Grazioso. Sin armas, solo con ideas.

Ese 9 de marzo de 1971, doña Juana bajó discreta de un carro cerca de la Plaza de la Constitución. Iba vestida de blanco, con una bolsa negra al brazo y una foto de su hijo con el uniforme azul y blanco de la selección. Llevaba una pancarta envuelta en plástico. No pesaba mucho. El peso lo llevaba en el alma. Se detuvo frente al Palacio Nacional. Desplegó su mensaje: «Soy la madre del licenciado infieri Juan Luis Molina Loza. Hoy entro en ayuno permanente hasta que el gobierno ponga interés en que mi hijo aparezca.»

Los periodistas la fotografiaron. Las radios informaron. Ayuno, hijo desaparecido. Mala publicidad para el gobierno. Podría uno imaginar al coronel Arana mirando con binoculares desde su despacho y ordenando que la desalojaran.

La policía la capturó y la encerró en el manicomio. Durante el trayecto, esposada, doña Juana imaginó lo que sintió su hijo al ser secuestrado: humillación, miedo, ira. En el hospital psiquiátrico la reconocieron, había trabajado allí como voluntaria. El director ironizó:


—Mejor enciérrenme a mí.
—Solo cumplimos órdenes, doctor —le dijeron los policías.

Su esposo, don Luis Ángel Molina Sosa, recto funcionario del Crédito Hipotecario, fue a rescatarla en taxi. Había sido una advertencia. La próxima vez Arana no perdonaría.

Juan Luis nunca apareció. Y cada 13 de enero, doña Juana se encerraba sola en el cuarto de su hijo. Lo hizo hasta su muerte en 1996. Su vida nunca volvió a ser la misma. En Guatemala tener un desaparecido es una condena social, además del dolor. El 9 de marzo de 1997, 26 años después de la pancarta, murió don Luis Ángel.

El texto de aquella pancarta revela mucho: una petición respetuosa que recibió una respuesta brutal. Y ese licenciado infieri —graduando en proceso— indica que ella soñaba con verlo graduado. Como toda madre.

Doña Juana no imploró. Ayunó. Denunció. Y murió sin abandonar la esperanza. Eso es todo. Y es mucho más de lo que el coronel Arana Osorio no pudo quebrar.

Juana Amparo Loza de Molina fue una pionera silenciosa de las madres y abuelas que, como en Argentina, reclamaron por décadas la aparición de sus hijos o nietos desaparecidos. Su pancarta en la plaza fue un antecedente latinoamericano de ese grito civil que se niega a desaparecer: «¿Dónde están?» Mientras tanto, en la Tierra sigue sonando aquella canción:  ¡Let it be!

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