Memorias y anécdotas: Mis encuentros con Vicent van Gogh

Cuando, años después- escribí los textos del libro "De balas, de bolos y de bolas" incluí un cuento titulado "El retorno a casa",  en el que, como personaje narrador, descubro que en realidad soy van Gogh.

Max Araujo

agosto 24, 2025 - Actualizado agosto 23, 2025

En 2006 acepté una invitación del Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo para residir un  tiempo en su sede principal en  Mery Sur Oise,  situada a treinta kilómetros de París.  Pagué mis pasajes. La entidad me dio alojamiento y alimentación. Viví en la casa de una familia de apellido Dulac. Gente extraordinaria. Los padres voluntarios del Movimiento. Su hijo e hija, todavía niños, me vieron como un tío que llegó de lejos.  La invitación la recibí dos años antes, en forma verbal, por Eugene Brand, en ese entonces miembro de la  Delegación General. Es el órgano superior del Movimiento. Yo colaboro con la sede de  Guatemala desde los años ochenta. Eugene visitó nuestro país en una gira de trabajo. Conversamos al respecto.

Fue Monsieur Tasso Hajjidoduo, presidente por esos años de la sede local del Movimiento en Guatemala, quien me involucró como colaborador de dicha asociación.  Aproveché la oportunidad para viajar cuando se me rescindió un contrato como asesor del despacho superior del Ministerio de Cultura y Deportes, y aunque inmediatamente fui contratado por el Registro de la Propiedad Intelectual para trabajar en el Departamento de Derecho de Autor y Derechos Conexos, escribí a la Delegación General indicando que estaba libre para vivir la experiencia que se me ofreció. Fue vital para mis siguientes años de vida. Dejé encargada mi oficina profesional al colega Francisco Peque.

De septiembre a noviembre de ese año estuve en  la sede del Movimiento, ubicada en donde indiqué al principio de este texto. Un  producto de mi estadía fue el libro que publiqué a mi regreso a Guatemala, cuyo título es “Las Utopías aún son posibles. Joseph Wresinki una solución para América Latina”, que contiene apuntes sobre la vida de ese personaje,  así como del Movimiento Cuarto Mundo. Incluí transcripción de  los diálogos que mantuvimos con el antropólogo peruano Marco Aurelio Ugarte, ya fallecido, que realizó Guillermo Díaz Linares, voluntario del Movimiento, un reconocido pintor, originario de San Jacinto Chiquimula, que por esos años residía en la sede del Movimiento.  Cada día laboral viajábamos en un pequeño bus de la entidad, con Marco y con otros miembros de Movimiento, a Baillet en France, otro pueblo, situado como a diez kilómetros de donde vivíamos, en donde se encuentra un centro de investigación y de documentación relacionado con Wresinski y con el Movimiento Cuarto Mundo.  El archivo posteriormente a mi estadía fue reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural mundial en la categoría de Memoria del Mundo.

La sede principal del Movimiento Cuarto Mundo es un complejo de oficinas y de viviendas, situadas en una aldea, que en algunas partes tiene construcciones típicas de la campiña francesa y en otras con estilos modernos,  que forma parte de la comuna de  Mery Sur Oise, equivalente a un municipio de Guatemala. La conocí en el año 1996, con ocasión de mi segunda visita a París, sin embargo, fue en el 2003, cuando supe de la relación entre Cuarto Mundo y la UNESCO, cuando en una de las reuniones de la Asamblea General de ese Organismo escuché cuando se le dio la palabra a Huguette Riedel, quien representaba al Movimiento. Por Marco Ugarte me enteré, años después, como y cuando ATD Cuarto Mundo fue aceptada como entidad asociada a ese organismo internacional. No sabía que la institución está asociada a la UNESCO. Se comprende porque su trabajo con los más excluidos de las sociedades se relaciona también con temas de cultura.

Mery Sur Oise es parte del Departamento de Val de Oise, cuya capital es Cercy-Pointosie, un conglomerado de ciudades, que descubrí caminando y en autobuses. Mery es vecina a Auvers Sur Oise, a Pointoise (a la que visitaba cada vez que podía porque la sentí entrañable) y a otras comunas, que son pintorescas, con castillos, museos, estaciones de ferrocarril, restaurantes, bares, mercados y otros servicios. Son lugares con mucha historia, de visita y lo fue de residencia para algunos de los impresionistas franceses. Es una región de mucha luz y de paisajes.  En el cementerio de Auver está enterrado Vicent van Gogh, junto a su hermano Teo. He visitado su tumba en otros viajes, al igual que el hotel donde vivió.  A dicho pueblo  llegó por invitación de Dauvigne, un pintor local,  también reconocido.  Murió y vivió  ahí sus últimos meses de vida. En ese pintoresco lugar realizó algunas de sus pinturas más conocidas. Hay réplicas  de las mismas en  lugares públicos de esa pequeña localidad. Se siente su presencia. 

 Estos pueblos se encuentran muy cerca del río Oise. A otros los atraviesa. Frecuentemente me sentaba a la orilla de esa vía fluvial, disfrutando de su paisaje, de la vista de los barcos que le navegaban, de quienes hacían regatas y de los patos que nadaban-. Cuando iba a Auver, generalmente los domingos, desde la casa donde viví, lo hacía caminando por la rivera del rio, y ya ahí recorría sus calles, visitaba sus lugares emblemáticos, escuchaba misa en el pequeño templo que inmortalizó el pintor, compraba un bocado en el mercadito, lo comía a mediodía, sentado en una banca frente al monumento del mencionado Van Gogh que se encuentra en uno de sus parques, o tomaba cerveza en algunos de sus bares. 

Cuando, años después- escribí los textos del libro «De balas, de bolos y de bolas» incluí un cuento titulado «El retorno a casa«,  en el que, como personaje narrador, descubro que en realidad  soy Van Gogh.

Este es el relato:

 “Camille siempre me habló con entusiasmo de Pointose.  La oportunidad de conocer ese pueblo histórico, situado a cuarenta kilómetros de París, se me dio cuando Cezanne organizó la excursión, en un tren de cercanía, que tomamos en la Gard du Nord. Desde ese día las calles, las plazas, los bares y los cafés de ese pueblo se convirtieron en mis preferidas para mis fines de semana. Algo inexplicable me atrajo el ese pueblo. Me sentaba por horas a ver pasar las barcazas por el río Oise. Mi mente se iba con ellas. No es que no me gustara París, pero a veces me agobiaba y me ponía furioso. Más cuando Anne me hacía caminar por horas por le Champs Élylsées o por el Sacré Coeur, o para asistir a los conciertos nocturnos en Notre Dame.

 A Camille lo conocí en el Barrio Latino cuando me puse a pintar sin permiso de las autoridades. Me dijo que era el nieto de Pizarro, con esa sonrisa picaresca del Caribe. Había nacido en Colombia, era mulato y hablaba un francés inentendible. A Cezanne me lo presentaron en una exposición en la casa de América Latina. No sé quién le puso ese sobrenombre, quizás porque siempre dijo que era un impresionista tardío. Él es boliviano. Emigró a París en busca de fama. Juntos comenzamos a frecuentar el Barrio Latino y a conquistar turistas norteamericanas y alemanas, con poco éxito.

 Anne llegó a mi vida por pura casualidad. Desde que la conocí supe que nuestros destinos ya no se separarían. Era francesa de padres argelinos. Ella me introdujo en las costumbres del barrio árabe. Por mi apariencia parezco uno de ellos, y por eso la policía me capturó en una ocasión, porque me confundieron con uno de los miembros de un grupo radical islamista.

El sobrenombre de van Gogh me vino cuando Anne me quitó de un mordisco, en un arrebato de pasión, un trocito en la parte baja del lóbulo de mi oreja derecha.

 Con Camille y Cezanne, logramos ingresar al Louvre, pero una alarma nos delató. Ya teníamos comprador para la Gioconda. Fue la tercera vez que fui a la cárcel. La segunda cuando me puse a orinar debajo de la Tour Eiffel, en medio de un grupo de turistas japoneses. Anne me visitó en la prisión, fueron tres años de ida y venida, hasta que quedó embarazada. Ya no llegó a buscarme, dejé un año de verla. La encontré dos días después de mi salida, y reiniciamos nuestra relación. Nunca le pregunté por el hijo. El caso es que la encontré distante, como si no fuera la misma. Me comenzó a hablar de la guerra santa y de los infieles, hasta que descubrí que era militante de una célula argelina de fundamentalistas musulmanes. Y como intuí que si no aceptaba esa situación me dejaría, entré a dicha célula. Y no sé por qué se ofreció para ser bomba humana, pero lo hizo. Y como ya no podía vivir sin ella, decidí seguir su ejemplo, pero una fuerza inexorable me llevó por equivocación a   un pueblo cercano de Pointoise, que no conocía.  

Cuando me acerqué a Auvers-sur-Oise presentí que volvía a casa. Sus calles me eran familiares. El mismo hostal, la misma estación del ferrocarril, la misma iglesia, el mismo ayuntamiento y el mismo castillo. Todo como en mis sueños. Cuando me acerqué al río, el patrón de un barco me saludó y unos patos se acercaron a comer de mi mano. A mi mente vinieron escenas iguales, de años anteriores. Poco después al visitar el museo Daubigny reconocí  la sala, las sillas y la mesa en las que tantas veces compartí con  Camille Pissarro, Paul Cézanne, y con el mismo Daubigny. Una extraña sensación recorrió mi cuerpo.  

Al llegar al cementerio, frente a la tumba de Theo descubrí que la que está a su lado era la mía. Tomé conciencia en ese momento que era el verdadero Van Gogh y que no era casualidad lo del sobrenombre que me pusieron mis amigos, comprendí entonces que tenía que morir para descansar, por lo que comencé  a caminar, de prisa, hacia mi destino. La estación de Policía de Pontoise me esperaba. 

 La bomba estalló antes de llegar a mi objetivo. “ 

El libro fue publicado en Guatemala con el sello de Editorial Nueva Narrativa en 2014. El cuento se incluyó en una antología de escritores latinoamericanos, en el 2016, que  lleva como título   “Voces contra la Infamia. 20 autores contra la barbarie”. Editorial Caza de libros.  Colombia. Se presentó en  la Feria Internacional del Libro de Bogotá de ese año.

La vida siempre te da sorpresas. 

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