La escuela de Atenas, una obra que ilustra la relación entre Aristóteles y Platón y sus diferencias.
Hablemos de filosofía y poesía. Del conocimiento que llega por vía de la razón o por la fe, por la lógica o por la inspiración poética. Entonces surge la pregunta: ¿concepto o metáfora?, ¿una verdad o varias?, ¿poesía o filosofía, o ambas a la vez?
Desde Aristóteles se instauró la idea de que existía una ciencia que estudiaba al ser en tanto que ser: la filosofía metafísica. Estudiar el ser significa explorar el origen y a la vez confrontar la extinción. Al mismo tiempo, la posibilidad de que existan niveles eternos: los dioses o el Dios, las ideas supremas y acaso diferentes dimensiones de la materia. La cuestión cardinal de la filosofía fue planteada por Friedrich Engels en el siglo XIX en estos términos: ¿qué es primero, el ser o la conciencia? Dicho de otro modo: el pensamiento por un lado y la existencia por otro. Alguien dijo que se trataba de un dilema demasiado cuadrado, pues existirían zonas intermedias. La vida no está en blanco y negro, sino en gris, aunque Goethe advertirá que ese último color no corresponde a lo vital, porque toda teoría es gris y solo el árbol de la vida es siempre verde.
Platón ya había enardecido la polémica en la Antigüedad cuando decide expulsar a los poetas de su ciudad ideal, la República aristocrática gobernada por filósofos. Considera que los poetas mienten, que hacen ficciones. La poesía pertenece a la doxa, es decir, a la opinión, y no a la verdad, que solo puede ser alcanzada por la filosofía. Aun así, les reconoce a los poetas cierto valor: una especie de verdad que hoy llamaríamos light. Intensos, los llama.
El dilema de la Antigüedad clásica entre imitatio (imitación) y logos (razón) ha acompañado a la humanidad y al ejercicio de la poesía y de la filosofía, respectivamente. La poesía imitaría la verdad, mientras la filosofía se acercaría a ella o la buscaría mediante la razón y el pensamiento. El debate continuó durante toda la Edad Media: fe o razón, revelación o ciencia. A muchos los desgarró. Se produjo mucho texto, tinta derramada y coagulada en páginas sedientas de sentido.
El filósofo parisino Blaise Pascal, en el siglo XVII, caminaba constantemente sobre la cuerda floja de la existencia: transitaba entre la fe del sueño y la realidad despierta, hasta que un día, atormentado por la grandiosidad del universo, cayó al abismo. En la poesía encajan también esos desafíos acrobáticos, sobre todo cuando los textos se ocupan del amor y de la muerte, guardando el equilibrio con los ojos vendados sobre esa cuerda floja que enlaza el último beso con el primer olvido. Si la literatura no es amor, aunque sea en parte, no es literatura. Proclamaba Pascal, por eso, que el corazón tiene razones que la razón desconoce. Y advertía también que era más fácil soportar la muerte sin pensar en ella que soportar el pensamiento sobre la muerte.
Nicolas Malebranche, filósofo francés hoy bastante olvidado y contemporáneo de Pascal, creía que la imaginación era la loca de la casa, y su propia casa escribió su metafísica, un cuerdo acercamiento al problema de la existencia humana. Nietzsche, en cambio, buscaría dos siglos después racionalizar la locura, pero esta lo encontró primero y no lo abandonó. Sí, Nietzsche tuvo el deseo imposible de ser poeta y filósofo. Un suicidio de la razón. Un parto más allá del bien y del mal.
Filosofía y poesía se basan ambas en el uso de la palabra. La filosofía implica una reelaboración racional de la angustia producida por la conciencia de la muerte. La poesía, en cambio, llega por vías indirectas, por la metáfora y por la analogía poética. Y, sin embargo, su contundencia no es menor; en algunos casos resulta incluso superior a las categorías y a los sistemas filosóficos.
Hegel, en la Prusia del siglo XIX, no pretendió ser poeta, pero sí un amante de la poesía y un filósofo que, a veces, escribía poemas. Orillas opuestas donde el puente de la palabra cruza el río de Heráclito. Entre todos sus poemas sobresale el dedicado a Hölderlin, que culmina en un reconocimiento de profunda modestia:
Ebrio de entusiasmo captaría yo ahora
las visiones de tu real naturaleza,
comprendería mejor tus revelaciones
y sabría entonces interpretar de tus imágenes el sentido supremo.
Vayamos a los poetas. El español Juan Luis Panero, por ejemplo, escribió lo mejor de su lúcida poesía hospedado en hospitales psiquiátricos. Décadas antes, un francés enardecido llamado Paul Verlaine había llamado a los hospitalesmis refugios de invierno.
Recordemos ahora al modernista cubano Julián del Casal, el poeta de la niebla, que murió literalmente de risa a causa de una broma que resultó demasiado pesada.
Hay mares y mares. El de Manrique es el morir; para Lorca, en cambio, el mar es un mar muerto, porque también se muere el mar.
Me entusiasman otros españoles, como José Manuel Caballero Bonald, quien nos legó un Manual de infractores, y Jaime Gil de Biedma, que anuncia dramáticamente que amar a otros seres es una servidumbre humana, y más innoble aún amarse a uno mismo.
El argentino Juan Gelman fue contundente al quitarle el ripio a la poesía y devolverle su función de acecho de las verdades verdaderas:
¿Por qué se pierden en detalles
como la muerte personal?
Otros ejemplos de lo que puede hacer la lírica: al polaco-francés Apollinaire le daba pánico la página en blanco, pero no la guerra. No murió de un sonetazo —como en un poema del cubano Nicolás Guillén—, sino de las heridas en la frente causadas por una granada enemiga. Nuestro Otto Raúl González, apasionado del arcoíris, se inventó diez colores nuevos. En Nicaragua, Ernesto Cardenal practicó la contemplación en Solentiname, pero, en nombre del exteriorismo material, le gustó el término tractor Caterpillar.
En Chile, lo más poético de Nicanor Parra resultan ser sus antipoemas. Lo más puro de Pablo Neruda es, después de todo, su poesía llamada impura. En México, lo máximo de Efraín Huerta serán siempre sus poemínimos. José Emilio Pacheco, por su parte, decía que su época lo dejó hablando solo y, sin embargo, fue un firme partidario de los diálogos de ida y vuelta.
En fin, el poeta no es un pequeño dios, como afirmaba Vicente Huidobro, sino un imitador del universo. El poeta es lamentablemente, humano y es un lamento que se pega a los huesos y a la materia gris del cerebro. El poeta no miente, sino inventa la verdad. ¿Qué mayor filosofía existencial, qué ontología más real que estos versos del malogrado poeta mexicano José Carlos Becerra?
Vean a Lázaro en el restaurant y en el tranvía,
en el ataúd y en el puente,
en el animal y en su plato de carne.
¿Habrá poetas en el futuro? O, mejor dicho: ¿habrá futuro para los poetas? El futuro comenzó acaso en la caverna, donde se imaginaban ciudades antiguas como remolinos de luz engarzados en los vestidos de la noche. La poesía llena la noche de bengalas, afirmaba Luis Cardoza y Aragón, ciudadano de la Vía Láctea, y aseguraba también que quien no está en el futuro no existe.
No imagino al poeta —al prototipo— como un viejito a lo Einstein, con boina y muchos libros bajo el brazo, sino como un tipo cualquiera, uno que abre el paraguas con elegancia para cruzar la calle bajo la lluvia, pisando charcos con sus zapatos de suela rota.
Nosotros leemos poesía. (Una afirmación en el vacío). ¿Leemos nosotros poesía? (La pregunta indagatoria). Hay una afirmación aberrante: los grandes poetas ya están muertos. Podrán estar muertos, pero continúan enseñando el oficio de estar vivos. Ser o no ser es el dilema central de la existencia. No lo escribió un filósofo, sino un tal William Shakespeare, poeta y dramaturgo.
El realismo más evidente indica que la vida es pasajera. Por supuesto, los libros no son la excepción ante lo efímero. Pero ¿quién no se pregunta por el futuro de la literatura en un mundo cada vez más destructivo? ¿Cómo puede salvarse la literatura en un mundo así? La pregunta es retórica, incluso banal, si pensamos que no es la poesía —ni menos aún la filosofía— lo que está en juego. Habría que preguntarse, más bien, si sobrevivirá la humanidad. Un filósofo mexicano afirmó que toda tragedia era superable. La afirmación de José Vasconcelos es contundente: la voluntad vence al destino, pero solo si aún somos capaces de ejercer.
Una frase María Zambrano resume todo lo aquí expuesto: «La poesía es respuesta, la filosofía, en cambio, es pregunta».
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