El mundo como voluntad y representación es la obra filosófica más importante que escribió Arthur Schopenhauer publicada a finales de 1818. A pesar de las grandes expectativas que Schopenhauer había cifrado en su obra, ésta resultó un rotundo fracaso. Tanto fue así que, nueve años después de su aparición, todavía quedaban en los depósitos de la editorial Brockhaus 150 ejemplares de una tirada de 800, muchos de los cuales, a su vez, habían sido reciclados en vez de venderse.
En 1844 vio la luz la segunda edición, considerablemente aumentada con diversas adiciones y con un segundo tomo con 50 nuevos capítulos. La publicación dio lugar a algunas reseñas y comenzaran a aparecer seguidores entre los cuales cabe destacar a Julius Frauenstädt.
Es un libro, que a pesar de su inicial fracaso editorial se convirtió con el paso de los años en un libro muy valorado y apreciado por compositores como Richard Wagner, escritores como Tomas Mann quien compuso su novela Doctor Faustos en forma de una especie de sinfonía musical, Marcel Proust y Jorge Luis Borges, y, pensadores como Ludwig Wittgenstein y Emile Cioran.
En él se propuso mostrar que la totalidad del universo tanto natural como humano subyace una “cosa en sí”, una esencia profunda que llamó Voluntad que se objetiva y representa en los múltiples fenómenos existentes; una “cosa en sí o Noúmeno” que no es incognoscible como sostuvo Kant, sino se puede percibir o conocer a través precisamente de esos múltiples fenómenos en los que manifiesta. Voluntad que, por lo tanto, se manifiesta desde una simple piedra hasta en el ser de los hombres en los que alcanza su máximo grado, y que no es otra cosa que “un ciego afán, un impulso o pulsión carente por completo de fundamento y motivos” y que adquiere en los hombres la forma de deseos conscientes.
Pero, los deseos de los hombres que forman su vida no solo constituyen su voluntad de vivir, sino, además, son siempre insatisfechos. Cada vez que un ser vivo o un ser humano satisface un deseo, lo anula o la hace desaparecer. Pero, es una desaparición momentánea, porque un tiempo después cesa la satisfacción dando lugar a la aparición de nuevo del mismo deseo, y así sucesiva e inexorablemente en el curso de la vida.
La presencia, entonces, permanente de los deseos insatisfechos, la falta constante de los objetos o seres que pueden satisfacerlos, constituye la fuente, tal como lo aprendió de sus lecturas de los pensadores orientales, en especial de los budistas, de los sufrimientos que los atrapan; pues los seres vivos, en especial los hombres, sufren cuando carecen o les hace falta algo esencial que desean para vivir. De ahí, que toda vida sea para él “esencialmente sufrimiento”.
Pero, entonces, ¿Los hombres están condenados a sufrir siempre sin remedio? Aunque lo están, tienen, sin embargo, tres posibilidades de escapar así sea por unos instantes sus existencias sufrientes marcadas por la ciega e irracional voluntad de vivir: la primera, la de sentir compasión por el sufrimiento de otros seres vivos, tanto humanos como animales, es decir, la de compartir su dolor para que ellos a su vez compartan el propio. Y, así los hombres pueden descargar de sí mismos parte del sufrimiento que viven, pueden aliviarlo.
La segunda opción que propone es la de que los hombres renuncien como ascetas a la mayoría de sus deseos, que se alejen del mundo para vivir en constante negación de sus deseos más propios y constantes que son para él, como ya dijimos, las raíces de esos sufrimientos.
Y, la tercera posibilidad, la más importante y significativa de todas, que tienen a la mano para alejarse de sus existencias sufrientes es la contemplación o percepción de obras de arte, en especial y sobre todo de obras musicales.
Para él la música es el género artístico por excelencia, superior a todos los demás, porque tiene la capacidad de expresarles a los hombres la presencia de la Voluntad que subyace en el mundo y sus vidas; y al expresar lo que cada fenómeno concreto tiene de sí mismo, lo que tiene de voluntad pura, les permite sentir “este o aquel determinado goce, ni tal o cual amargura o dolor, o terror o júbilo o alegría o calma, sino esos sentimientos, por así decirlo, en abstracto; expresa su esencia sin ningún atributo circunstancial, sin sus motivos siquiera. Y, sin embargo, la comprendemos perfectamente en esa quintaesencia sutil”.
Por eso, una pieza musical que exprese un sentimiento doloroso, triste o penoso no genera a quienes la escuchan ese sentimiento, no sufren con el sufrimiento que esa música contiene y les transmite. Al contrario, disfrutan con ese “sufrimiento” porque lo que en realidad hacen es contemplarlo de manera desinteresada. Y, al ocurrir esto los hombres pueden escapar, así sea por pocos momentos, de sus sufrimientos gozando del hecho de contemplarlos a través de la música como si fueran una realidad externa y ajena a sus vidas. “La música no es la copia de las ideas, sino de la voluntad misma, cuya objetividad está constituida por las ideas. Por esto, el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el de las otras artes, pues éstas solo nos reproducen sombras, mientras que ella esencias”.
Y, lo es, porque la música puede, y, de hecho, expresa, toda la gran variedad de fenómenos existentes, sin expresar, al mismo tiempo, ninguno concreto en particular. Por eso, las piezas musicales melódicas pueden expresar los más variados y contradictorios sentimientos y emociones de los seres humanos; su gama de posibilidades es casi infinita. Pueden, por ejemplo, expresar el dolor, sin que, al escucharla sintamos ese sufrimiento. Pues, lo que ocurre es que al oírla nos apartamos del dolor concreto, y, disfrutamos, en cambio, de la esencia universal de ese dolor que se nos revela en ese momento ante nuestros ojos.
Y, como la existencia de los seres humanos, como seres vivos, está marcada para él de principio a fin por el sufrimiento, por la insatisfacción permanente de los deseos, tal como, se lo enseñó el pensamiento budista, la música, se convierte en el género artístico más apropiado y eficaz para apartar, así sea por unos instantes, ese sufrimiento que sentimos, por hacérnoslo olvidar.
El joven Nietzsche leyó con gran entusiasmo este libro, considerándolo como toda una revelación valiosa y significativa. Aunque pocos años después lo desechó porque consideró que la vida no es solo una sucesión permanente de sufrimientos, sino también, y, sobre todo, está hecha de muchas vivencias alegres y satisfactorias. Por esa razón, entonces, la voluntad de vivir no es la esencia de la vida sino otra voluntad, la de poder, es decir, la de afirmar la vida en todas sus dimensiones, tanto dolorosos y penosas, como alegres y placenteras.
Pero, sin embargo, siguió aceptando con vigor y entusiasmo la primacía del género musical en el universo del arte como la explica con el ejemplo, para él, paradigmático de los antiguos griegos en El nacimiento de la tragedia, al sostener que la música, que interpretaba el coro, que servía de fondo a la escenificación de los dramas en la Grecia antigua, cumplía una función central en ellos, porque unificaba lo que denominó el principio apolíneo y dionisiaco, que debe regir todo verdadero arte musical.
Es decir, que plasmaba el orden y la medida racional entre sus diferentes partes, sonidos y tonos, provocando, por este motivo, en los oyentes, que eran los mismos espectadores de los dramas teatrales, estados de éxtasis y entusiasmo que los sacaban de sí, que los arrancaban de la condición consciente y racional de su ser.
De ahí, que la verdadera música, es la que tiene la capacidad de hacer sentir a los seres humanos que la escuchan o bailan, la presencia poderosa e intensa de la vida en toda su extensión, sin límites. Una vida que es y existe por fuera de la esfera de su razón, que siempre para él, pretende negarla o socavarla.
Tags: Camilo García Giraldo Portada Rotundo fracaso Schopenhauer Sufrir irremediablemente








