Entre 1982 y 1983 Guatemala atravesaba uno de los momentos más agitados del conflicto armado interno. Los golpes de Estado y los gobiernos de facto estaban a la orden del día, mientras que el Ejército se empecinaba en una guerra sin cuartel contra la insurgencia. Cientos de hombres y mujeres fueron ejecutados por las fuerzas armadas del Estado. Miles de civiles cargaban la cruz ajena del enfrentamiento. A continuación, la historia de un hombre de fe que caminaba en medio de las balas.
I. Es clavado en la cruz
El hombre atraviesa corriendo los cuatro carriles de la concurrida Avenida Elena en el centro de Ciudad de Guatemala. Lleva las manos atadas por la espalda y los pies descalzos. Corre despavorido, intentando evitar que lo atropellen. Desde los alrededores, los testigos escuchan sus gritos desesperados: “Ayúdenme, ayúdenme, por favor. Me quieren matar”.
A sus espaldas, una patrulla del “BROE” –Brigada de Reacción de Operaciones Especiales– aguarda la luz verde del semáforo. Cuando este cambia, la patrulla avanza a gran velocidad tras su objetivo. Los cazadores disparan y la presa corre en zigzag. El hombre alcanza a recorrer 300 metros cuando el vehículo lo atropella. Cae al suelo con las costillas rotas y ocho balas en el cuerpo pero aún respira. Entonces, uno de ellos baja de la patrulla, desenfunda su arma, le apunta a la base del cuello. Y dispara.
Los asesinos se convierten en policías de tránsito, colocan la cinta amarilla en el perímetro y aguardan a que la ambulancia del Cuerpo de Bomberos y un Juez de Paz lleguen al lugar y elaboren un registro sobre las causas de la muerte. Dos horas más tarde, el bombero Rolando Suy elabora el primer reporte del asesinato.
“Ignorándose quiénes los balearon”, señala. Una hora después, el Juez de Paz, Max Leal, reitera en su informe la versión del bombero: “Fallecido en circunstancias aún no establecidas”.
Es el lunes 7 de noviembre de 1983, Guatemala está bajo la dictadura del General Óscar Humberto Mejía Víctores.
Para los guatemaltecos, la escena no es más que la ejecución de un comunista.
II. Carga la Cruz
Corría el 18 de junio de 1967, día en el que Augusto Ramírez Monasterio se convirtió en un sacerdote franciscano. Con el mejor acento español, la voz del joven de 30 años, resonó en la capilla de la iglesia de San Francisco en Teruel, España, donde leyó un trozo del evangelio que él mismo escogió para su primera misa.
“En aquel tiempo dijo Jesús: Ante todo, guardados del fermento de los Fariseos que es la hipocresía. Pues no hay nada oculto que no haya de descubrirse y nada escondido que no haya de llegar a saberse”, leyó el nuevo sacerdote. Y continuó: “Y a vosotros, mis amigos, os digo: No temáis a los que matan el cuerpo y después no tienen ya más que hacer. Temed a quien después de haber dado la muerte, tiene poder para echar en el infierno. Sí, a este digo que temáis”.
Los recuerdos de aquella misa se guardan ahora en una vieja grabadora de cassette que la familia de Augusto compró para recordar aquel día. 46 años después de aquella fecha, esa grabación hace reflexionar a la hermana de Augusto, Graciela Ramírez Monasterio.
“Mi hermano estaba leyendo su destino”, dice Graciela.
III. Es traicionado por Judas, es arrestado
El junio de 1983 en Guatemala fue turbulento. Augusto tenía poco tiempo de haber llegado a ejercer como sacerdote en el país. Un año antes, el General José Efraín Ríos Montt había asumido la presidencia tras dar un golpe de Estado a su homólogo militar Romeo Lucas García. El gobernante de facto autorizó una amnistía de 30 días que conceptualizó en su discurso del 20 de junio de ese año: “La amnistía quiere decir perdón, la nación, en aras de la unidad de la familia, pretende perdonar, quiere perdonar, está extendiendo su mano, la patria, su abrazo, su regazo para que vuelvan a ella sus hijos, aprovechemos la amnistía que quiere decir perdón”.
El 17 de abril de 2013, durante el juicio por genocidio contra el General Ríos Montt, Alfred Kaltschmitt, director ejecutivo de la Fundación de Ayuda al Pueblo Indígena (Fundapi), defendió la amnistía que el entonces presidente de facto promulgó: “La política de Estado había cambiado de una confrontación y guerra, a una de perdón, de amnistía, de reconciliación y reubicación de la población ixil”. Pero para los que estaban en contra de la represión que ejercía el gobierno de Ríos Montt, como Gustavo Meoño, exmilitante del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y coordinador (al momento de la elaboración de este reportaje) del Archivo Histórico de la Policía Nacional, la amnistía era solo “una trampa”.
La idea de ser perdonado por el Estado se difundió en programas de radio y televisión. Y uno de los que escuchó las palabras de Ríos Montt fue Fidel, un líder guerrillero que militaba en la Antigua Guatemala. El 2 de junio de 1983, entró por la puerta de la iglesia de San Francisco en Antigua Guatemala para confesarse y ser amnistiado.
Cuando terminó el mes del perdón estatal que ofreció Ríos Montt, el diario El Imparcial publicó en una de sus portadas: “Sólo 1,857 subversivos se han acogido a la amnistía”. El discurso del general también cambió de tono. “Óiganme bien, guatemaltecos, vamos a combatir la subversión por los medios que quieran, totalmente justos, a la vez con energía y rigor”, dijo en uno de sus programas radiales a finales de julio de 1983.
IV. Es condenado a muerte
Fidel se acercó con mucha desconfianza a la ventanilla del confesionario. Quería ser escuchado, pero temía que el sacerdote al otro lado viera su rostro. Había llegado a la iglesia de San Francisco el Grande, en Antigua Guatemala, buscando algo más que el perdón de sus pecados. Ese 2 de junio de 1983, el guerrillero buscaba alguien en quien confiar.
Fidel llegó después de dos intentos fallidos por incluirse en el decreto de Amnistía que ofreció el General Ríos Montt en junio de 1983. “No nos aceptaban. Nadie nos quería oír, todos querían que fuéramos al cementerio”, narra 30 años después de aquel momento. La confesión se consumó, pero lo que Fidel le dijo al sacerdote se quedó ahí en esa especie de cofre impenetrable que la iglesia católica llama: “Secreto de Confesión”. El siguiente paso era llevar a Fidel a la alcaldía del pueblo para que se registrara entre los amnistiados. Sin embargo, el proceso se tornó complicado cuando el alcalde les explicó que Fidel necesitaba ir al municipio de Parramos, Chimaltenango, antes, para obtener su Cédula de Vecindad.
Hoy Fidel guarda con recelo lo que confesó al sacerdote y se limita a recordar cómo ese sacerdote joven de cejas pobladas y labios gruesos también le ofreció su amistad. “El padre me amó sin conocerme, porque él no era uno de nosotros”, dice refiriéndose a que su confesor no era militante de la guerrilla.
V. Es ayudado por Simón el Cirineo a llevar la Cruz
“Hay padres que se cuidan la imagen y que no denuncian, puede ser porque tienen miedo, por cobardía”, concluye Sor Clemencia Morales, una de las monjas franciscanas que vivieron la guerra en Guatemala y amiga cercana de Fray Augusto. Esa postura religiosa a la que hace referencia es la que adoptaron muchos curas ante la represión del pueblo indígena en Guatemala.
Pocos sacerdotes se oponían al régimen, y uno de ellos era Augusto. La primera oposición abierta la hizo cuando los camiones del Ejército llegaron a La Antigua para reclutar a jóvenes y obligarlos a prestar servicio militar. Augusto se daba a la tarea de bajar a los patojos de los camiones y replicar que estos eran los que proveían para sus familias.
Fue hasta 1968, cuando la Iglesia Católica sentó una postura respecto a la represión que vivían los países latinoamericanos. En la Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano, en Medellín, Colombia, la iglesia utilizó por primera vez el término “pobres y oprimidos” y fue en ese documento en el que se optó preferencialmente por estar del lado de los pobres.
Quince años después de esa reunión, la iglesia guatemalteca elaboró su propia postura respecto a la represión. El 7 de junio de 1983, la Conferencia Episcopal publicó la carta pastoral Confirmados en la Fe, en la que condenaba las acciones del régimen y mencionaba términos como “hostigamiento” y “persecución”. La sangre de muchos sacerdotes corrió durante esa época.
VI. Es flagelado y coronado de espinas
Pocas veces Luis Quino, de 11 años de edad, y su amigo Antonio (Tono) Molina, de 19 –ambos acólitos del padre Augusto en La Antigua–, se subían a un carro. Por eso, el 2 de junio de 1983 cuando el padre los invitó a dar una vuelta en un BMW azul, aceptaron de inmediato.
Esta vez, un hombre que ellos no conocían acompañaba al padre. Era Fidel, quien recién se había confesado e iba en busca de su Cédula de Vecindad a la estación de policía de Parramos, en Chimaltenango, después de que el alcalde de Antigua se negara a incluir el nombre de Fidel entre la lista de amnistiados. Al llegar, el padre les prohibió a sus acólitos bajar del carro y les advirtió sobre no revelar ni sus nombres ni sus direcciones. Él y Fidel entraron en la oficina.
Ahí, el encargado de la estación les negó una vez más la cédula. El hombre acusaba a Fidel de ser un líder guerrillero y prófugo del Ejército. De inmediato, los militares que custodiaban la alcaldía los arrestaron a ellos y a los jóvenes que aguardaban en el carro. Los tres estuvieron en aquella oficina toda la tarde sin saber la suerte de Fidel. Cerca de las ocho de la noche, escucharon su voz: “Mátenme a mí, pero a ellos déjenlos ir”, gritaba el guerrillero desde otro cuarto de la estación.
En ese momento, los guardias vendaron los ojos de sus prisioneros y les amarraron las manos por la espalda. “Nos amenazaron y entonces sentí el fusil frío junto a mi cabeza. Comencé a llorar y solo esperaba el final”, recuerda Quino. Luego los subieron en el BMW azul y manejaron bajo la lluvia hacia otro lugar. En ese momento, Quino ya había reconocido que las botas de sus captores eran distintas a las de los policías. Eran militares.
Cuando el carro paró, los militares separaron a sus prisioneros. A Quino y Tono los metieron en un hoyo en la tierra, donde había otras personas capturadas. Ahí pasaron la noche, sin saber nada sobre el padre. Años más tarde, amigos cercanos al padre –que se encargaron de curar sus heridas– les revelarían que este fue torturado, que los militares le ataron de manos y lo colgaron de una viga, que lo golpearon, lo desnudaron y quemaron sus genitales con cigarros. La razón: se había negado a revelar la confesión de Fidel.
A la mañana siguiente, los militares liberaron a los jóvenes del hoyo y los llevaron de regreso al BMW donde el padre los esperaba sentado en el sillón trasero. A Augusto lo habían obligado a firmar un documento en el que aseguraba no haber sido maltratado. Al salir de la base militar, los soldados los dejaron ir.
VII. Es despojado de sus vestiduras
La pesadilla que el padre y los acólitos vivieron aquella noche no terminó al salir de la base militar. El mismo día que regresaron al pueblo, el padre decidió guardar silencio sobre la tortura de la que había sido víctima. Lo primero que hizo fue deshacer el ruedo de las mangas de su sotana, con tal de que no se vieran los moretones y las quemaduras que le dejaron las cuerdas con las que estuvo colgado toda la noche.
Los siguientes cinco meses, el padre recibió amenazas telefónicas, persecuciones y comenzó a ser espiado mientras oficiaba misa. “El temía más por todos nosotros, los del grupo de jóvenes que por él. Nos hacía terminar temprano los ensayos de música y no nos dejaba salir en su pickup amarillo, decía que ya no le daban para la gasolina”, recuerda Sandra de López, secretaria de la parroquia.
Ni el boleto de avión que compraron sus familiares con tal de enviarlo a Costa Rica, ni los muchos consejos sobre dejar el país hicieron que Augusto renunciara a su parroquia. “Si Dios quiere, él sabe cómo me va a defender. Yo acepto lo que él me mande”, le expresó un día a Sor Clemencia, una de las monjas que era su mano derecha en el ministerio.

VIII. Consuela a las mujeres de Jerusalén
La suerte de Fidel no fue mejor que la de Augusto: los militares lo amordazaron, le dieron cientos de latigazos en la espalda y golpearon sus dientes con las empuñaduras de sus armas hasta que no quedó ningún diente en su boca.
Cuando Fidel recobró la conciencia, despertó bañado en sangre y su cuerpo estaba cubierto de hormigas que ya habían comido parte de su piel. La suerte había jugado de su lado, sus torturadores lo dieron por muerto y había sido arrojado a la orilla de la carretera. Ahí un buen samaritano desató sus manos y le brindó su ayuda.
IX. Cae por segunda vez
Dos semanas pasaron antes de que Fidel pudiese volver a dar un paso. Cuando lo hizo, regresó a la iglesia de San Francisco el Grande a buscar a su amigo, no sabía si había corrido con su misma suerte.
Lo encontró caminando por las calles con una cruz en las manos. Estaba celebrando la fiesta del Corpus Christi. Al ver a Fidel, Augusto cedió su lugar en la procesión donde cargaba la Custodia del Santísimo y se acercó a hablar con su amigo. Esa noche, ambos acordaron tomar distancia. Esa sería la última vez en la que Fidel vería a Augusto con vida.



X. Su estirpe es perseguida
Ana Morales es una historiadora que durante décadas ha intentado explicar a través de todo tipo de documentos el asesinato de su tío, el padre Augusto.
En noviembre de 2002, Guatemala estaba por cumplir seis años de haber firmado la paz entre el Ejército y la guerrilla y de haber puesto fin a un conflicto armado de 36 años.
Una tarde de aquel mes, Ana transitaba por la 5a calle y avenida Reforma de la zona 9 cuando un vehículo blanco se estacionó a su lado y de él se bajaron dos hombres que rompieron la ventana del asiento del pasajero de su carro y desde ahí la golpearon. “Seguí revolviendo esa mierda y te va a pasar lo mismo”, le dijo uno de sus agresores mientras le apuntaba con un arma.
A partir de ese hecho Ana y su familia fueron intimidadas. Durante meses los siguieron en automóviles con vidrios polarizados y recibieron llamadas anónimas: “Queremos una charla del padre Augusto”, le decían.
La agresión contra Ana tiene muchas explicaciones, una de ellas es que fue la primera persona que solicitó información sobre su tío al Archivo Histórico de la Policía Nacional. Los especialistas han encontrado más de 300 folios sobre el sacerdote, entre los que figuran recortes de periódicos, la denuncia de su desaparición y hasta un comunicado de prensa de la Policía.
A raíz de las amenzas, la familia terminó firmando un documento donde prometen no proseguir la investigación judicial del asesinato, pero siguen confiando en la justicia divina: han aportado documentos para que el Vaticano prosiga los trámites de su canonización como Mártir de la Iglesia Católica.
XI. Es sepultado
Corre el 8 de noviembre de 1983, miles de personas se abarrotan a la entrada de la Iglesia de San Francisco en Antigua Guatemala, todos quieren ser testigos de la ceremonia de despedida de su sacerdote. Entonces, en medio del bullicio, resuena la voz del padre: “Lectura del Santo Evangelio, según San Lucas: …No temáis a los que matan el cuerpo y después no tienen ya más que hacer…”. Esta vez, la voz que se escucha, no es la de Fray Augusto Ramírez Monasterio. Él yace muerto en el ataúd frente al altar de la iglesia, un día antes recibió nueve disparos.
Entre la multitud hay un niño de 11 años, su nombre es Julio, quien escucha atento la lectura del padre. Se siente asustado y confundido, en el ambiente hay muchas preguntas que no han sido contestadas y el miedo se contagia ¿Quién quería matar a un padre tan bueno? El niño guarda en su memoria los momentos en los que se sintió más cerca del sacerdote, recuerda sus homilías, su trabajo cercano a los jóvenes, los paseos en los alrededores del pueblo en el pickup amarillo del párroco.
¡Que en paz descanse!, se escucha entre la multitud. Unos sollozan, otros se lamentan, otros llevan flores… Todos quieren despedirse del padre Augusto.
Treinta años más tarde, cuando pensó que había olvidado aquella escena, Julio encuentra un documental donde se mencionaba el nombre de aquel cura. Son informes policiales del Archivo Histórico de la Policía Nacional de Guatemala que narran cómo el cuerpo del padre fue acribillado por supuestos desconocidos. Y se le hace imposible olvidar la última frase que escuchó en el entierro: “No hay nada oculto que no llegue a saberse”.
XII. Es descendido de la cruz
Una semana después de que el padre Augusto fuera asesinado, Alicia llegó, como todos los lunes, a casa de Graciela a trabajar en las tareas del hogar. Unos días antes, Alicia había invitado a su patrona a la graduación de bachiller de su hijo y le extrañó no verla ahí.
–¿Por qué no fue? –replicó Alicia a Graciela.
–Porque el lunes pasado mataron a mi hermano en la Avenida Elena… –contestó sollozando.
–… ¿En la Avenida Elena? ¡Yo estuve ahí! –interrumpió Alicia, quien resultó ser testigo del asesinato– Yo le puedo contar cómo fue.
Como en muchas otras ocasiones en la vida del padre Ramírez Monasterio, las coincidencias hicieron posible que Graciela y toda su familia supieran de primera mano cómo había ocurrido el asesinato.
XIII. Muere en la cruz
La última vez en la que el padre Augusto fue visto por sus familiares fue el lunes 7 de noviembre, cuando regresaba de la casa de una de sus hermanas de camino La Antigua Guatemala. Ese día había sido muy especial, desde el sábado el padre había estado celebrando su fiesta de cumpleaños junto a los jóvenes de la Parroquia, quienes a primera se reunieron en frente al Santísimo para iniciar el día con una hora de oración.
El domingo, después de oficiar la misa de las 10:00 de la mañana, el cura volvió a viajar a la capital. Esta vez, su familia le preparó un almuerzo especial de cumpleaños. Debido a sus compromisos en la iglesia, cerca de las cinco de la tarde, el padre regresó a La Antigua para oficiar la misa de las seis de la tarde. “Ni se llevó sus regalos”, recuerda su sobrina Ana.
El lunes 7, el cura salió de La Antigua Guatemala cerca de las cinco de la mañana. El plan era recoger a un sacerdote estadounidense que debía salir del país ese mismo día y llevarlo al aeropuerto en la capital. Pero el padre nunca recogió a su colega. Lo que pasó después sigue siendo un misterio.

XIV. La Resurrección
Un hombre apenas consciente viaja en el interior de una patrulla. Aunque las heridas en su cuerpo, provocadas por la tortura de la noche anterior, no lo dejan razonar se percata de que está rodeado de agentes de la policía y tiene las manos atadas. Está desorientado.
Al llegar a la Avenida Elena, se abre la puerta de la patrulla.
Uno de sus captores le dice: “Andate, estás libre”.
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