Reservas críticas frente a dos pensamientos críticos de la modernidad

Al perder la posibilidad de diferenciar las necesidades naturales de las artificiales, los individuos pierden, entonces, la capacidad de reconocer esta necesidad central de sus existencias.

Camilo García Giraldo

enero 25, 2026 - Actualizado enero 24, 2026

Desde que Marx mostró en su obra El capital que la capacidad o fuerza de trabajo de los hombres fue convertida por los empresarios capitalistas modernos en una mercancía que pueden vender en el mercado laboral para intercambiar su uso por un determinado salario con el que puedan adquirir los bienes necesarios para reproducirla, se puso en evidencia un hecho central de la modernidad: que las fuerzas y energías vitales, físicas y metales de los hombres pueden siempre ser convertidas, por estos empresarios, o por los agentes del poder, en medios usables para obtener sus fines y sus propósitos particulares, es decir, para obtener beneficios o ganancias económicas, o, para sujetarlos a sus órdenes. 

Esta situación mostrada críticamente por Marx es la que sirve de punto de partida del análisis de las sociedades modernas, que, llevaron a cabo pensadores, como Michel Foucault y Herbert Marcuse. En efecto, para Foucault, como lo expuso en su libro Vigilar y Castigar, las sociedades modernas están esencialmente compuestas por instituciones u organizaciones cerradas como las cárceles, los hospitales, las escuelas o las empresas y fábricas, en las que operan, casi invisibles, redes de poder, una “micro-física” del poder, que, mediante el ejercicio continuo e ininterrumpido de la vigilancia de sus funcionarios de los movimientos físico-corporales y las conductas de quienes ingresan a ellas, las encauzan, ordenan y disciplinan para que sus fuerzas y capacidades físicas y mentales se incrementen y se tornen útiles y efectivas para los fines generales de la sociedad, para que sirvan efectivamente a su conservación y reproducción. Pero al ocurrir esto, estos individuos son convertidos por estas instituciones en simples medios para cumplir fines ajenos que no les son propios, así, pierden su condición de ser fines en sí mismos, pierden la libertad esencial que los humaniza.

Sin embargo, estas instituciones cerradas no forman la totalidad de las sociedades democráticas modernas. Al lado de estas instituciones cerradas existe otra parte o esfera también muy importante de estas sociedades: un espacio público abierto en el que todos sus miembros tiene el derecho y la posibilidad de ocupar libremente, si así lo quieren y se lo proponen, un espacio en el que pueden ejercer la libertad formal que el Estado les reconoce, es decir, un lugar en el que pueden expresar sus opiniones y pensamientos, dialogar y discutir activamente con otros, y, en el que pueden obrar función de su voluntad, siempre y cuando respeten el derecho a la libertad que tienen los demás. De ahí que cuando los individuos se incorporan a este espacio abierto, se les abre la posibilidad de afirmar y renovar su subjetividad; no mueren como sujetos, como ocurre cuando ingresan a las instituciones cerradas, sino al contrario, nacen y viven como tales. La existencia de este espacio se erige, entonces, como la barrera que limita las pretensiones cognoscitivas y críticas de la obra teórica de Foucault. Delimitación, que nos sirve para indicarnos, con perfecta claridad, el terreno o el espacio concreto de las sociedades modernas, en el que su análisis es enteramente válido, el de sus instituciones cerradas.

Por su parte, Marcuse, consideró en sus libros Eros y civilización, y en especial, en El hombre unidimensional que la organización de la sociedad moderna industrial capitalista se ha constituido de tal manera, que ofrece a los individuos, no solo los bienes y mercancías para satisfacer sus necesidades reales o naturales, sino también, les ha creado, a través de los mensajes e imágenes publicitarias que les transmiten los medios de comunicación, muchas “necesidades ficticias e irreales” que, les atrapan sus vidas, al dedicarse satisfacerlas casi sin límites. Es decir, son necesidades que los empujan a comprar y consumir mercancías que real y naturalmente no necesitan. Satisfacción que además de integrarlos al orden económico industrial del capitalismo, les da la falsa ilusión de ser felices.

De este modo, los individuos no solo dejan de saber quiénes son, dejan de ser conscientes de su propio ser real, sino, que, además, pierden de vist, lo que considera, siguiendo a Freud, la principal necesidad que tienen en sus vidas la de ser libres, sublimando sus pulsiones sexuales de placer, su libido. Al perder la posibilidad de diferenciar las necesidades naturales de las artificiales, los individuos pierden, entonces, la capacidad de reconocer esta necesidad central de sus existencias. Pérdida que se demuestra, según en él, en el hecho que reducen y restringen, consciente o inconscientemente, el placer sexual, al uso de sus órganos genitales. Y, al ocurrir esto, los individuos se quedan sin la posibilidad de sublimar, es decir, de liberar en diferentes y múltiples dimensiones de sus vidas sus energías sexuales-corporales, con las que pueden conquistar su más auténtica libertad, con las que puedan alcanzar una realidad en la que lleguen a ser fines en sí mismos.

O cuando, agregamos nosotros, son incapaces de diferenciar las verdaderas de las falsas informaciones que contienen los mensajes publicitarios que reciben diariamente, a través de muchos medios de comunicación, en especial de los digitalizados, que Marcuse no conoció. Pues, estos mensajes, hechos y presentados en formas bellas y atractivas, parecieran ser verdaderos, así, en muchos casos no lo sean, precisamente, por la calidad estética que los envuelve. Los mensajes publicitarios, a pesar de la calidad estética que tienen, muchas veces son falsos porque nos crean o fabrican falsas necesidades de vida.

Situación que se agrava cuando estos mensajes que recibimos publicitan o propagan las cualidades de un gobierno o de grupo económico y político de poder. Pues, muchos de los individuos que los reciben, se estimulan a “comprar” esos mensajes, es decir, a aceptarlos como válidos, como verdaderos o correctos.    

Sin embargo, podemos decir entonces, que el dominio que, ejercen estos mensajes falsos sobre la mente y conducta de las personas no es completo o absoluto. Pues siempre hay grupos de personas que se preguntan, en actitud reflexiva, si son en realidad mensajes verdaderos. Pregunta que recuerda a la que les hacía, en la antigüedad griega, Sócrates a sus interlocutores en las plazas de Atenas.

Esta es la primera actitud, que, debe tener cada ser humano cuando escucha o lee una opinión, información o mensaje que le transmite otro u otros, y, en este caso, los medios de comunicación, tanto tradicionales como digitales. Esta vieja enseñanza filosófica no se ha olvidado del todo. Continúa viva en los tiempos modernos, en una parte de los miembros de las sociedades occidentales que están marcadas por este legado socrático. Se trata, entonces, de extender y ampliar, cada vez más, esta enseñanza en los diálogos privados y públicos, para que sean, cada vez más los que aprendan a hacerse esta pregunta fundamental y tratar de contestarla, indagando y examinado, a la luz de los hechos y estados de cosas a los que se refieren para determinar si, efectivamente, esos mensajes son en verdad, verdaderos, tal como pretenden sus emisores y portadores. Y, si al cerciorarse y constatar que no lo son, porque niegan o no corresponden a esos hechos o estados de cosas comprenden, con claridad, la no verdad o falsedad de los mismos. Por eso, la crítica necesaria que se debe hacer de estos mensajes, presupone siempre, que quien, o quienes la realizan, recorran primero este camino reflexivo, se hagan al comienzo esta pregunta esencial y básica. Criticarlos y rechazarlos por ser no verdaderos, porque carecen de validez de verdad, presupone, siempre, la actitud reflexiva y racional de preguntar por su pretendida verdad.

Estos individuos o grupos de individuos, que proceden de este modo, entonces, se liberan del dominio que ejercen o han ejercido en sus mentes, convirtiéndose así, en sujetos libres; es decir, dejan de ser objetos del dominio que estos mensajes ejercen en sus mentes, manipulando sus conductas. De tal modo, que es esta reserva reflexiva y racional que, en principio tienen todos los seres humanos cuando alcanzan su madurez o mayoría de edad la que los salva o puede salvar de “morir” como sujetos, de ser convertidos en puros objetos dominados por el contendidos de esos mensajes.

Podemos decir, entonces, que en las sociedades modernas democráticas, los individuos pueden ser libres, pero, también, pueden, no serlo. Son sujetos libres cuando viven por fuera de las instituciones cerradas disciplinarias y son capaces de criticar con hechos y argumentos los mensajes falsos que reciben, si son capaces de refutar con buenas razones la pretendida verdad que expresan. Y no lo son cuando sus vidas quedan situadas y atrapadas en esas instituciones cerradas o cuando se muestran incapaces de adoptar una actitud racional reflexiva que los conduzca a desentrañar críticamente la falsedad de los mensajes que ven, escuchan o leen reciben. Es, en esta doble y contradictoria posibilidad, en que transcurre una gran parte de la vida de los individuos modernos.

Jean Paul Sartre dijo, con cierta razón, que los hombres estamos “condenados a ser libres”, es decir, estamos “condenados” a escoger entre diferentes opciones que se nos presentan en el curso de nuestras existencias diarias. Esta afirmación tiene especial validez en el seno de las sociedades democráticas modernas, en donde las normas constitucionales, consagran como derecho fundamental de todos los individuos, a ser libres, es decir, a hablar y expresar en público sus ideas y opiniones, porque todos pueden obrar en función de su voluntad, porque todos se pueden organizar y movilizar para protestar contra medidas determinadas medidas o decisiones gubernamentales, para exigir el cumplimento de determinados acuerdos o para exponer determinadas peticiones o exigencias, etc.

Sin embargo, el hecho, que las normas constitucionales, reconozcan a los miembros de la sociedad estos derechos a la libertad, no los convierte de por sí, en seres humanos enteramente libres. Y, esto así porque la libertad de los seres humanos no solo consiste en poder hablar y obrar en función a su voluntad autónoma; este es solo un aspecto de su libertad. Se requiere, además, que tengan la posibilidad que, en principio, siempre tienen, de elegir entre diferentes opciones, que, se les presentan en diversos momentos de sus vidas. Solo, cuando los hombres eligen opciones marcadas por los valores supremos de la verdad o de la justicia se erigen en sujetos verdaderamente libres. En cambio, si eligen opciones ajenas, o, contrarias, a estos valores pierden en gran medida la condición de seres libres, que, el Estado les reconoce normativamente. Los seres humanos somos, en definitiva, libres cuando elegimos los enunciados y mensajes verdaderos sobre los falsos y mentirosos, o cuando, escogemos lo justo sobre la injusto. Es en estos momentos en los que aparece el definitivo y verdadero rostro de nuestra libertad.       

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