“Cada noche terminaba llorando”, confiesa Adriana González (Guatemala, 1991) al recordar la intensidad dramática de Suor Angelica, la ópera de Giacomo Puccini que interpretó en Copenhague, Dinamarca, entre finales de octubre y principios de noviembre de 2024. La soprano guatemalteca admite que este ha sido uno de los papeles más intensos que ha llevado a los escenarios de la ópera mundial.
“Es la historia de una monja que ha estado siete años en un convento. Un día llega su tía y le dice que necesita que le firme unos papeles. Ella le pregunta: ‘¿No me vas a decir nada de mi hijo?’ y la tía le responde: ‘Tu hijo se murió; hicimos todo por salvarlo, pero se murió’. La tía se va y ella se suicida… pero luego se arrepiente y le reza a la Virgen para que la perdone”, relata sobre la trama.
“Desde que empezaba el aria en la que le decían a Sor Angélica que su hijo había muerto, yo empezaba a llorar en el escenario… Es un rol súper duro, que en verdad te quita algo cuando lo cantas”, asegura la artista, quien con su presencia escénica ha conquistado a los más exigentes críticos europeos.
La entrega de Adriana no solo le ha valido ovaciones del público, sino también excelentes críticas de la prensa especializada. He aquí algunos comentarios de las actuaciones de hace un año en Copenhague:
“La actuación de Adriana González como Angélica es impresionante. Su voz es pura y clara; canta como agua fresca de manantial que corre por un arroyo. Es bastante única. Su talento dramático es brillante. Quedé atónito de compasión por la pobre mujer. Logró mostrar una profunda tristeza, llena de emociones contradictorias. Poderoso.” — Louise Frevert, Kulturinformation
“La soprano guatemalteca Adriana González es una cantante sublime y profundamente conmovedora como la torturada Angélica.” — Lars Ole Bonde, Operamagasinet Ascolta
El trabajo de Adriana requiere dominio absoluto de múltiples áreas. “Hay que estar consciente de los movimientos en el escenario, de las interacciones con los colegas y, además, ver al director de la orquesta para asegurarse de estar coordinados. Físicamente, hay que producir un sonido que sobrepase al de los 65 instrumentos sin micrófono, porque la ópera nunca usa micrófono”, explica.
“Crear ese tipo de sonido requiere mucha elasticidad en los pulmones, la caja torácica y la faja abdominal… tu cuerpo es una bocina y se necesita fuerza para generar ese sonido. Además, como no somos de piedra, hay que meterse en la emoción”, añade la artista, quien en septiembre recibió el primer Galardón Grace a la Música, otorgado por la Fundación Paiz en el marco del Festival de Marimbas Paiz 2025.

Unas bases firmes
Adriana brilla intensamente en las carteleras operáticas del mundo y su nombre se ha destacado con prestigiosos reconocimientos. En 2019 ganó el concurso Operalia, creado por Plácido Domingo. En esa misma edición obtuvo el Premio Pepita Embil por interpretación de zarzuela. También ha recibido el Prix Lyrique du Cercle Carpeaux y el primer premio del Concurso Otto Edelmann.
Ese mismo año le fue otorgada la Medalla del Senado de Francia, que reconoce a los artistas latinoamericanos que triunfan en ese país.
La relevancia de su carrera se explica por la combinación de enfoque, disciplina y pasión que la caracterizan. Su interés por la música clásica fue estimulado desde la infancia por su madre, quien “siempre tuvo una gran afinidad con el canto lírico y escuchaba mucha ópera en la casa”. Además, de niña recibió clases de piano.
“La vocación también fue alimentada en el colegio. Tuvimos un profesor de música increíble que supo motivarnos a aprender este lenguaje musical: el solfeo y el entrenamiento auditivo para sacar canciones al oído. Todo eso te motiva mucho. El profesor se llamaba Jorge de León”, recuerda.
A los 16 años decidió que su camino sería la música. “Empecé a recibir clases de canto con Bárbara Bickford (1928-2015) y me surgió este amor por el canto lírico. Con ella aprendí muchísimo sobre repertorio”, reconoce. También destaca la influencia del pianista Hugo Arenas, quien acompañaba las clases y “había formado a muchos cantantes con un nivel profesional muy alto”.
Otra de sus grandes formadoras fue Isabel Ciudad Real (1965-2025), al frente del Departamento de Música de la Universidad del Valle de Guatemala.
Adriana admite que, aunque su padre le preguntaba en tono de humor: “¿Estás segura de que querés dar de alaridos como esas señoras?”, su convicción fue firme y siempre contó con el apoyo familiar.
Su formación, aunque excepcional en Guatemala, resultó básica en comparación con la de Europa, donde —explica— “hay quienes comienzan a ir al conservatorio desde los tres años”.
En ruta a Europa
Mientras estudiaba en la Universidad del Valle de Guatemala (UVG), su amigo Héctor Hurtarte le habló del Coro Mundial de Jóvenes, con el cual había hecho una gira, y la motivó a unirse. Ese año el grupo viajó a Chipre.
“Acepté, y en esa gira conocí al director de orquesta vasco Iñaki Encina, quien había estado en el Ópera Estudio de París y había dirigido la Ópera de París. Yo hice una audición para uno de los solos del coro. Iñaki me dijo: ‘Tienes una voz muy bonita, pero no parece que cantes siempre, ¿qué haces?’. Le conté que me gustaría hacer ópera, pero que en Guatemala no tenía oportunidad. Entonces él me habló de los estudios de ópera en Europa.”
“Los grandes teatros del mundo tienen estos estudios, que son como una práctica: el cantante hace roles pequeños o secundarios para ir formándose y adquirir experiencia profesional”, explica.
Un año después, Encina volvió a contactarla: “Me escribió para invitarme a un proyecto en un teatro pequeño cerca de París. Éramos seis jóvenes solistas, todos súper verdes. Iñaki nos organizó clases con un maestro de canto y, gracias a sus contactos, consiguió audiciones para el estudio de la Ópera de París. Dos fuimos considerados para el programa nacional de jóvenes cantantes”. Así fue como Adriana ingresó al circuito internacional de teatros.
Reconoce que hubo algo de suerte en ese encuentro, pero también una preparación constante: “Había tratado de aprovechar todas las oportunidades pedagógicas en Guatemala, formarme con curiosidad, comprar libros sobre técnica vocal, historia de la música y repertorio lírico.”
Cuando las puertas comenzaron a abrirse, decidió trasladarse definitivamente a Europa: “Pensé: ‘es esto o nada’. Amo a mis papás, pero no quiero vivir de ellos. En Guatemala no existen las oportunidades laborales para la música. Si no tuviera trabajo, ¿qué haría?”.
Además del español y el inglés, Adriana habla francés, italiano y alemán. Extraña a su familia y amigos, pero asume las distancias como parte del oficio. Actualmente su madre vive con ella en Francia, aunque a veces deben separarse. Su esposo, el barítono austriaco Liviu Holender, suele estar de gira —como ahora, en Alemania— mientras ella se prepara para debutar como Desdémona en Otelo, de Giuseppe Verdi.
Sueños cumplidos
La carrera de Adriana ha sido fructífera y le ha permitido representar papeles que alguna vez creyó inalcanzables. Destaca especialmente cuatro:
- Zerlina, en Don Giovanni de Mozart: “Fue la primera vez que canté ópera en París y mi primer rol profesional en Europa. Nunca había estado en un teatro, con orquesta, vestuario y colegas en escena.”
- Liú, en Turandot de Puccini: “Un regalo de Dios. Me ha abierto puertas en muchos teatros. Es uno de mis roles más frecuentes y de los que más amo: la música es tan expresiva.”
- La Condesa, en Las bodas de Fígaro: “Uno de los primeros roles que canté profesionalmente. Me abrió las puertas del Festival de Salzburgo, en la ciudad natal de Mozart; dicen que si cantas a Mozart allí, estás aprobada para hacerlo en cualquier parte del mundo.”
- Micaela, en Carmen de Bizet: “Otro rol que me ha abierto puertas. La música es preciosa y los personajes son muy empáticos.”
“Esos cuatro papeles son la base sobre la cual he construido mi carrera. La voz cambia, pero siempre quiero tenerlos en mi repertorio”, enfatiza.
Su álbum debut, junto a Iñaki Encina, se titula Mélodies Dussaut & Covatti. En su sitio www.gonzalezadriana.com/recordings están disponibles otros dos discos: Martini: Réquiem pour Louis XVI y Berlioz: Messe solennelle.
Elecciones y evolución
Adriana afirma que una de las ventajas de ser una artista independiente —y no pertenecer al ensamble de ningún teatro— es la libertad de elegir sus papeles. Explica que un cantante de ópera debe estar siempre consciente de los cambios que su voz experimenta con el tiempo.
“Entre los 16 y los 26 años ocurren muchos cambios en el cuerpo que hacen que la voz evolucione. Todo es hormonal. En los hombres se nota clarísimo durante la adolescencia, y en las mujeres, más en la menopausia. Sin embargo, cada diez años el cuerpo pide un cambio, y debemos aprender a manejarlo”, subraya.
En su caso, mantenerse en contacto con maestros y coach vocales es esencial para decidir qué papeles asumir según la evolución de su voz. “Uno tiene que ser muy honesto consigo mismo: hay cosas que se pueden trabajar y otras que, por la naturaleza física o vocal de cada persona, no son posibles.”
“Muy humildemente, nunca pensé hacer la carrera que he hecho hasta hoy. La mayoría de los roles que soñaba cantar, ya los he cantado”, confiesa.
Actualmente prepara su debut con repertorio de Verdi: “Este es mi primer rol de Verdi, y ya tengo otro alineado: Elisabetta, en Don Carlo, un papel un poco más dramático que Desdémona, que estaré desarrollando en las próximas temporadas.” También tiene previsto interpretar Beppe, en Pagliacci, de Ruggero Leoncavallo, y dentro de cuatro años, Madame Butterfly, de Puccini. “Ya tengo el contrato firmado. Todo se planifica con mucha antelación, y para entonces la voz estará lista para ese reto.”
Un nuevo reconocimiento
El exitoso trayecto de Adriana resuena también en Guatemala. Prueba de ello es que haya sido elegida como la primera artista en recibir el Galardón Grace a la Música.
“La primera noticia que tuve fue de parte de Jacobo Nitsch, quien fue mi catedrático en la Universidad del Valle hace 15 años. Me llamó mientras estaba en un ensayo para avisarme que me contactarían de la Fundación Paiz. Poco después supe que el jurado, integrado entre otros por el propio Nitsch y Gaby Moreno, había decidido otorgarme la distinción.”
Aunque no pudo asistir a la entrega, envió un video de agradecimiento en el que celebró que se reconozca a la música lírica en Guatemala. Además, comenta que está en conversaciones con la fundación para realizar próximamente un concierto.
Desde hace dos años, junto a su esposo, creó una beca que apoya anualmente a cuatro estudiantes de la Universidad del Valle de Guatemala.
La Beca Bickford–Ciudad Real, llamada así en honor de dos de sus más importantes mentoras —Bárbara Bickford e Isabel Ciudad Real—, se sostiene gracias a una fundación que recauda fondos en Francia.
Adriana desea que en Guatemala se desarrollen espacios laborales para los músicos profesionales: “De lo contrario, tendremos artistas con licenciatura y maestría, pero sin lugares donde trabajar.”, enfatiza.
Uno de sus sueños a largo plazo es regresar al país para producir óperas y aportar a la vida cultural cuando su actividad escénica disminuya.
Para encontrarse con ella
Quienes viajen a Europa en los próximos meses podrían encontrarse con Adriana, ya que recorrerá varios escenarios.
Su agenda incluye presentaciones de Otelo en la Opéra National du Rhin (Estrasburgo) los días 29 y 31 de octubre, y 3, 6 y 9 de noviembre. La gira continuará en La Filature, en Mulhouse, Francia, los días 16 y 18 de noviembre.
El 10 de diciembre iniciará una corta temporada de Carmen en el Teatro Real de Madrid, con funciones también los días 13, 16, 19, 23, 26 y 29 de diciembre, y 2 y 4 de enero de 2026.
Finalmente, los días 18, 20, 24, 26 y 28 de enero se presentará con Las bodas de Fígaro en la Vienna State Opera.
Para más información sobre su agenda de presentaciones, puede visitarse su sitio web: www.gonzalezadriana.com/calendar.
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