Escribir sobre Ramón Adán Stürtze, es hacerlo sobre un ser excepcional: amigo, hijo, hermano, sacerdote católico, ecologista, misionero, viajero, profesor, emprendedor, lector, constructor, periodista, poeta, narrador e intelectual. De cada una de esas facetas hay mucho que decir. Cada una de estas las ejerció al mismo tiempo. Vivió como quiso: España, África y América. En todas partes se sentía en casa y en todas dejó huellas positivas. Renunció a comodidades y se adaptó a circunstancias difíciles.
Su sacerdocio no fue de palabras, sino de obras y de acción Su compromiso fue con los más pobres, con los más desfavorecidos. Ejercía la contemplación pero fue orador. Admirador de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Ávila siguió fielmente sus pasos, por eso se hizo Carmelita Descalzo. Impulsivo y temerario cuando era necesario. Fiel a sí mismo no tuvo temor a los riesgos, con prudencia, pero sin miedos. Cuando tomó la decisión de vivir con una comunidad de personas, Galeras de Bethania, asentamiento post terremoto, que vivían en condiciones difíciles arriesgó su vida a finales de los setenta e inicios de los ochenta. Años del conflicto armado y de contrainsurgencia.
Generalmente se trasladaba por la ciudad de Guatemala en moto, por eso fue llamado por los vecinos de la Colonia El Amparo como “el padrecito de la moto”, en donde créo y dirigió hasta su muerte la Parroquia de San Juan de la Cruz. Para sus amigos y otras personas, entre estos sus alumnos en el colegio Alemán y en la Universidad Mesoamericana, fue el Padre Ramón.
Lo conocí en 1983. Ese año fui miembro del jurado calificador en la rama de cuento de los Juegos Florales de Quetzaltenango. Con motivo de la premiación de los ganadores viajé a esa ciudad. Por esa razón no asistí a una conferencia que sobre la poesía de Santa Teresa de Jesús él ofreció en la Universidad Rafael Landívar, de la cual yo era profesor.
Por medio de una fotografía que se publicó semanas después, en un periódico de esa casa de estudios, reconocí al conferencista. Era uno de los sacerdotes que oficiaba misa en la iglesia El Carmelo, a la que yo asistía con mi madre y una de mis abuelas, los días domingo. Este templo está ubicado en la zona 7 de la ciudad de Guatemala. Posteriormente me enteré que dicho conferencista era Víctor Pabsch, uno de los seudónimos de este personaje, columnista del diario El Gráfico. Llegó a Guatemala después de servir como misionero en África.
Lo conocí un día domingo, después de misa, lo saludé y tras un breve intercambio de ideas me invitó a visitarlo a su casa de la colonia El Amparo. Poco a poco fui conociendo sus pensamientos y se inició entre nosotros una amistad que me llevó a colaborar con él en la formación de la asociación Módulos de Esperanza y a compartir viajes, alegrías, sueños, frustraciones, experiencias y otras cosas más, que hicieron un camino al andar.
Como periodista escribía la columna «Ojos con paisaje » y posteriormente «Matices» en los desaparecidos diarios La Tarde y El Gráfico. Junto con Luis Alfredo Arango, hicimos una selección de algunas de sus columnas que se publicaron como libro, bajo el nombre de Victor Pabsch, en la Tipografia Nacional, en 1983 con el título de “ Tiempo vivido”.
Este libro formó parte de la colección Guatemala. Tuve el privilegio de tener a cargo las palabras introductorias, tomando como base lo que en una ocasión me expresó el escultor Rodolfo Galeotti Torres de la lectura que hacía de esos textos: Un fragmento de esas palabras es: “Sus columnas son como el pan calientito de cada día, yo las leo en ayunas, las guardo y las vuelvo a leer. Como una constante en ellas podemos encontrar la llamada a la interiorización. Su lectura es aproximarse a la poesía de lo cotidiano. La invitación es permanente a la reflexión, a descubrir los valores inmutables del ser humano, a no perder el contacto con la naturaleza. Leer a Víctor Pabsch en el Grafico, es reaprender a verlo todo de nuevo con ojos de niño, con la avidez del primer descubrimiento. Pero cuidado, que detrás de esta sencillez existe la profundidad del sabio”.
Su obra literaria la publicó con distintos nombres:
Ramón Adán Stürtze
Voces de la memoria: Los adentros de la vida (Editorial Nueva Narrativa, 2002). El autor narra con descripciones breves, frases cortas —en algunos casos picantes, otras con humor y crítica— su reencuentro con países y lugares que le fueron entrañables. Su compañero de viaje fue el sacerdote carmelita Agustín Aspiunza. “Regreso sobre la huella de mis pasos para reencontrarme de nuevo. Geografía de perplejidades y de sombras, de alegrías y gozos compartidos. En este caso escorzo la anatomía de un viaje jubilar al centro de mi juventud. De mis recuerdos. Comenzando por al verde Irlanda, de allí a Sudáfrica para recalar en Malawi. Al regreso haciendo tiempo en el país vasco y por Alemania. Periplo de un rastreo y de un paisaje. En un abejeo de emociones y resonancias que tomaban-sin yo quererlo- la horma y rima de un poema. Versos que se escriben como salieron sin aderezo alguno”. El autor.
Módulos de Esperanza: ideario de una generosidad (Editorial Nueva Narrativa, 2002). Es un libro que contiene dos partes. En la primera el autor narra su vida en los asentamientos de Galeras de Bethania, así como el cómo y porque decidió hacerlo:
” Un obispo bueno visitó conmigo las dos champas que el Banvi (Banco de la Vivienda) me otorgó para habitación-vivienda. Fue la inspección primera, esa como luna de miel anticipada de quien desea casarse con el mundo de los pobres: aquí iría el catre, un poquito más allá la mesa, la silla y la candela…”
“Mi primera presencia fue de catacumbas. La mayoría de los vecinos se preguntan, entonces, si era en verdad un «padrecito », que si no sería un gringo disfrazado de sacerdote, que si a saber si tenía intenciones malsanas, previniendo con ello a toda la patojada, para que no se dejaran engañar, y menos acariciar, por lo que se dice cura”.
«Cuando alguien me visitaba en Galeras y veía las dos champitas en las que desarrollaba mi vida como vecino y como sacerdote, yo les hablaba de mi presencia y de mi casa como «módulo de esperanza». Que teníamos que ser chispas que calentáramos un corazón hermano, que ya no era importante dar mucho sino el dar lo que se pueda implicando a la persona .. Así se fue acuñando la palabra-moneda de la obra Módulos de Esperanza”.
En la segunda parte explica cómo surge la asociación y el movimiento, su ideario y sus ejes. Demuestra cómo se puede ejercer un liderazgo positivo y como se puede contagiar a personas de diversos estratos sociales y económicos para la construcción de un mundo mejor.
Como Víctor Pabsch
En la otoñada: lo maravilloso de lo cotidiano (Edición de autor, 2000,). Contiene una selección de algunas de sus columnas publicadas en distintas épocas y en distintos diarios de Guatemala:
“En todas sus crónicas hay un mensaje íntimo, una constante nostalgia en «el mañana», de ese anchuroso día en la luz de un tiempo imperecedero. Esta nostalgia de Dios vibra en todos sus escritos, y nos la contagia al hablarnos quedamente, casi al oído, casi a la conciencia, casi al corazón. Porque ama lo que a la vida embellece, hace prosa poética, y su correspondencia íntima con el sublime creador es la fuente de su inspiración” Irina Darlee.
“Hace más de veinte años (03/07/79) comencé una columna que presenté en El Gráfico del siguiente modo: «Pretendemos desde esta columna, ofrecer la síntesis del pensamiento y de la cultura que hacen que nosotros, hombres de este siglo y guatemalteco de 1979, vivamos de un determinado modo, pensemos de una manera peculiar y sintamos de otros. La peculiaridad del existir viene siempre matizada en contextos geográficos, sociales e históricos». El autor.
Dátiles para el Camino (Editorial Nueva Narrativa, 2000). Es una compilación de textos breves para ser leídos, uno por día. Apropiados para la meditación. Luis Alfredo Arango en la solapa derecha de la portada, expresó: “quiso proveernos alimento para la ardua tarea de vivir. Él sabe que el cristiano es un caminante, un peregrino que necesita algunas vituallas, higos, nueces, tamalitos de viaje, para que el trayecto no sea árido […] no sabía que los dátiles servían como avío para caminantes del desierto. A pesar de la brevedad de cada escrito son un pozo de sabiduría y de filosofía:
“Yo le doy mucha importancia al pensamiento corto porque se recuerda mejor», «el verbo amar se escribe con la letra pequeña del detalle, de la generosidad y de la compostura sencilla afiligranadamente humanas»… «Yo no puedo resolver el hambre de un pueblo pero puedo compartir mi sopa caliente con alguien». El autor.
Como Juan Teresio del Carmen
Crónica de Carmelitas: del carisma teresiano haciéndose (Edición de autor, 2001) He pensado sobre todo en los carmelitas jóvenes, los de las nuevas generaciones. En estas páginas pueden aprender a amar apasionadamente el carisma teresiano- sanjuanista y a sentirse protagonista de un futuro mejor” El autor.
Inicia el libro con las aprensiones del autor, sus temores y su fe, antes de su ordenación sacerdotal. Su madre es coprotagonista de esos momentos. En páginas siguientes el autor menciona su estadía en el continente africano —fundamental para su obra posterior:
“África me enseñó muchísimas cosas. Fue mi maestra durante diez años. Su sentido de comunidad, su sabiduría ancestral, su relación con Dios, dueño y señor de sus vidas, su socialismo natural africano donde todo se rige y se comparte su comida exquisita a nada que uno se va acostumbrando, su capacidad de aguante y de sufrimientos que tienen, su folklore, sus bailes, ese tam tam que me llegaba al alma y que todavía resuena como ecos de compañía espiritual en el oído interno de sus memorias. África de contradicciones y de heroísmo, de santos y de mártires, de niños pobres y de costumbres ricas”. El autor.
Ramón Adán Stürtze dejó un gran legado de fe y vida. En uno de sus libros indica: “La vida es una oportunidad, un tiempo corto o largo que se nos da para amar y ser amado. Para sentir profundamente nuestra condición de peregrinos haciendo esperanza, tejiendo esperanza, menudeando en la esperanza. Nos protege el alero de la esperanza y nos defiende la utopía. Sin ellos no hay que despedirse serenamente sino despedirse insensatamente.
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