Memorias y anécdotas: De mis visitas al Mercado Central de la ciudad de Guatemala

Max Araujo

octubre 19, 2025 - Actualizado octubre 18, 2025

Un universo de colores y olores caracterizan al Mercado Central de la ciudad de Guatemala. Una fotocopia del país. Personas van y vienen, unas en la pena y otras en “la pepena”.  Algunas en compras de productos varios y otras para dar gusto a sus apetitos culinarios. Vendedores ganándose el pan diario; los menos en lo que puedan.  Un ejército de hormigas humanas recorren sus pasillos: a los lados, de arriba a abajo, de abajo a arriba. Cada una en la suyo, como debe ser.  Guatemala también exhibe y comercia ahí lo que sus artistas- artesanos realizan con su ingenio y creatividad. Un lugar sugerido para turistas nacionales y extranjeros. La parte indígena del país se encuentra en sus productos, en su gastronomía y en personas de origen maya y xinca que venden o que compran. Lo mismo sucede con la parte ladina. Es un lugar de encuentro de etnias. Hay menos diferencias sociales. Las cadenas de supermercados no han podido con este mercado, con otros del país y con tiendas de barrio.  Son un medio de resistencia y de guatemalidad.

 Recuerdo haber leído en una entrevista realizada Ana María Pedroni, nacida en Argentina; -madre de Sergio Valdez Pedroni, ambos reconocidos docentes universitarios, críticos de literatura y de cine-, que conoció del Mercado Central en las letras de Miguel Ángel Asturias, mucho antes de conocer Guatemala y a su esposo, un periodista guatemalteco exiliado en ese país, por los acontecimientos de 1954.  Desde entonces supo que esta sería su tierra definitiva. No le defraudó la descripción de nuestro premio Nobel.

Mis primeros recuerdos ligados a ese “desplazado” epicentro del mercadeo capitalino,- lo fue desde finales del siglo 19   hasta ya avanzado el siglo veinte, cuando le sustituyó “La Terminal”, en la zona 4 -,  se remontan a cuando, siendo niño, recién llegado de mi primera patria, San Raymundo, hacia la capital,-habitando ya en la Quinta Samayoa, cuando esta colonia fue parte de la periferia de una ciudad que iniciaba sus tanteos para convertirse en urbe-, mis padres nos llevaban ocasionalmente, desde la zona siete, a dicho mercado: compra de ropa e insumos para nuestra casa. Estoy hablando de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Todavía existía la construcción que destruyó el terremoto de 1976.  La tengo en mi memoria. Sus exteriores se integraban a la arquitectura neocolonial del lugar. Una grapetía, unos tacos y unas tostadas, eran suficientes para nuestras gulas. Las recreo en mi paladar.

Desde esos años inicié un romance con el Mercado Central, que se mantiene y que crece en la medida que crecen mis recuerdos, a pesar de que ahora es distinto al de mi niñez y adolescencia. De joven disfruté de las comidas del Platillo Volador. Después de la tragedia de 1976  este comedor se trasladó  a un “ranchón”, durante un tiempo, a la zona siete, a dos cuadras de nuestra casa. Lo disfrutamos con  mis amigos del barrio. Quizás en mi subconsciente estuvo presente mi querencia por ese mercado, juntamente con la sexta avenida –donde ejercí el sexteo– el Café León,  y el restaurante-bar  “El Portal”, lugar de entrañables encuentros, entre otros negocios emblemáticos, para incidir en mí para ser cofundador de la  Casa de Cultura del Centro Histórico y del festival cultural del mismo. ¡Son huellas de nuestro camino!

 De los entresijos de mi memoria saco algunas visitas memorables, ya en la construcción post terremoto: Tuvo que ser a finales de los años noventa del siglo pasado, cuando Mario Monteforte le solicitó a Efraín Recinos que nos diera a un grupo de amigos una explicación de la serie de paneles que, con el nombre de Difusores Acústicos, este reconocido artista de la plástica puso en las paredes laterales del auditorio del Conservatorio Nacional Germán Alcántara, situado en la quinta calle y tercera avenida del Centro Histórico de la Nueva Guatemala de la Asunción. Entre los asistentes: Monteforte, Jorge Álvaro Sarmientos, Pepo Toledo, William Lemus, Rodolfo Abularach y este  aspirante a cronista. Llegaron otras personas, ligadas también al mundo cultural de Guatemala. El día y hora señalada recibimos una explicación extraordinaria, similar a la que se encuentra en el documental que con el mismo nombre de los paneles se filmó, con el patrocinio de la fundación Mario Monteforte Toledo, unos años después, en el que los protagonistas son Efraín Recinos e Igor Sarmientos. Se presenta un conversatorio entre ellos.

 Efraín contó que los paneles los realizó en 1995 a petición de un club rotario -este hizo trabajos de remodelación en el edificio del conservatorio indicado-, para proveer de una mejor acústica al auditorio, que carecía de palcos, siguiendo una tendencia de los años cincuenta que creían que estos eran innecesarios. Se demostró después que estos mejoraban el sonido en los teatros. Pero Efraín no solo hizo los paneles, sino que simuló que estos eran palcos, sobre los que pintó a 89 artistas, entre estos a 19 mujeres.  Los personajes que incluyó, favoritos del artista, con figuras que hacen referencia a sus obras o a sus vidas. Algunos de estos son: Leonardo Da Vinci, Vincent Van Gogh, Antonio Vivaldi, Wolfgang Amadeus Mozart, Frédéric François Chopin, Miguel de Cervantes, Salvador Dalí, Aram Khachaturian, Edward Duke Ellington, George Gershwin, Georg Friedrich Haendel, Giacomo Puccinni, Alban Berg, Francisco de Goya, Federico García Loarca, Francis Poulenc, Paul Hindemith, James Joyce, Franz Joseph y Ludwig van Beethoven, quien tiene el retrato más grande de toda la obra.

También pintó a artistas guatemaltecos, entre estos a los pianistas José Arévalo y Manolo Herrarte y a los escritores Manuel José Arce y Miguel Ángel Asturias, pero también realizó dibujos sobre objetos personales de él, como una escalera y una silla, que tuvieron un significado para su vida. La explicación duró aproximadamente dos horas. Al terminar Efraín nos propuso que lo acompañáramos a almorzar al Mercado Central, a uno de los comedores del que era cliente asiduo. Lo que hicimos la mayoría con agrado. Fue una reunión extraordinaria, que repetimos en otras ocasiones con él y con Monteforte Toledo, ya que a ambos disfrutaban de los platos de comida nacional en dicho lugar; ocasiones en las que se conversaba sobre temas variados, se hacían bromas y se planificaban eventos. Una de ellas fue cuando el crítico literario Noé Jitrik, su esposa Tununa Mercado, y un hijo de ambos, llegaron a Guatemala;  ocasión en la que Monteforte les propuso un almuerzo en el Mercado Central, indicándoles que tendrían un contacto diferente con la comida de Guatemala y sus habitantes. Nos extrañó el hablado del joven que nos atendía, hasta que le preguntamos.  Era un italiano, novio de una de las hijas de la dueña. Nos causó risa por lo irónico de la situación.

 Recuerdo también de las visitas, para comer en el Mercado Central, que tuvimos con escritores venezolanos, a fines de los años ochenta y principios de los noventa, cuando Cipriano Fuentes, agregado cultural de la Embajada de Venezuela en Guatemala, su anfitrión, preguntaba si querían comer en un restaurante o en el mercado central, siendo que algunos de estos como José Balza, Salvador Garmendia, Yolanda Pantin y Denzil Romero, optaron por hacerlo en ese lugar. Recuerdo también la entrevista con Marco Augusto Quiroa que María Arranz hizo para canal cinco, de  una serie de grabaciones relacionadas con artistas guatemaltecos. Esto  en los años ochenta.  Estuve presente.

De entre las comidas en dicho mercado recuerdo la que tuvimos en julio del 2019 con Paco Ignacio Taibo II y Cesar Medina, encargado del Fondo de Cultura de México en Guatemala. Taibo es el Gerente General de esa editorial y llegó a Guatemala para presentar en la Filgua de ese año la novela “Réquiem por Teresa” de Dante Liano. La visita la hicimos después que ambos funcionarios de la editorial hicieron entrega a la Biblioteca Nacional de un lote de libros, un pequeño escenario y otros bienes, para ser utilizados en la Sala de Niños que fue remodelada ese año por el Viceministerio del Patrimonio Cultural y Natural. Hoy luce hermosa. Fue un trabajo comunitario. Participamos personas e instituciones. Yo era Director del Patrimonio Documental y Bibliográfico, dependencia del Viceministerio del Patrimonio Cultural y Natural.

 Aceptar las invitaciones de amigos para almorzar en el Mercado Central, entre estos  las del  escritor Haroldo Requena, -cuyas narraciones: novelas y cuentos, serán lectura para sociólogos y antropólogos del futuro, cuando  estudien los movimientos sociales de los convulsos años ochenta en las barriadas de la periferia de la ciudad de Guatemala-, es  un lujo que acepto con gusto, y que renuevan mi alegría por la vida.

Curioso que nunca comimos en el Mercado Central con Carlos René García Escobar y con Celso Lara. La visita quedó apalabrada. La muerte de ambos ya no lo permitió.

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