En estos tiempos líquidos donde impera un cierto caos en todos los campos Jürgen Habermas, quien murió a inicios de este año a los 94 años, dejó su impronta intelectual, confiado aún en la razón y en el pensamiento de Enmanuel Kant. Él puede ayudarnos a entender cómo el hombre ha llegado hasta acá con la Inteligencia Artificial, los algoritmos que no entienden nada de moralidad, dignidad ni cultura que son parte integral de la democracia, acechada por extremistas a lo largo de occidente y que, donde hacen gobierno, nos llevan al apocalipsis, puesto que destrozan el ideal de Kant sobre la dignidad humana con el sesgo de nacionalismo como su ideología favorita.
Jürgen se centra en la razón comunicativa, la democracia deliberativa y la ética del discurso. Frente al pesimismo de la primera Escuela de Frankfurt o el escepticismo posmoderno, el filósofo alemán mantuvo una fe inquebrantable en el potencial emancipador de la Ilustración. Frente al ruido digital y los algoritmos, sostuvo que la razón no debe reducirse al cálculo técnico o científico para dominar la naturaleza, sino que encuentra su forma más alta en el entendimiento interhumano.
Desplaza al sujeto aislado del lenguaje humano por una orientación natural hacia el acuerdo y la verdad con otros. La acción comunicativa causa impacto cuando dialogamos, y asumimos reglas implícitas de honestidad, validez y comprensión para alcanzar consensos libres de coacción. Puede que algunos critiquen su optimismo en ese sentido. Defendió los espacios de debate abierto (en los medios, en universidades y las calles) como el motor necesario para vigilar y exigir cuentas al poder político.
Rechaza el consumismo del capitalismo que inventa necesidades inexistentes para hacernos comprar cosas. Argumentó que la verdadera legitimidad democrática no nace sólo de las urnas, sino del proceso previo de deliberación ciudadana donde prevalece el mejor argumento. No al candidato que sea más entretenido. Apuesta por instituciones justas y una ciudadanía global basada en derechos universales.
Como discípulo de Theodor Adorno, quien dijo “ «No hay vida verdadera en lo falso», consideró que cuando murió había pasado a mejor vida un genio, clave para para entender este mundo, a pesar que Adorno dudó de la máxima de Kant de actuar como si fuera una ley universal a cada decisión a realizar, pues consideró que el mundo era mucho más complejo. Ante las catástrofes que produce el ser humano, Jürgen pone su fe en el individuo. Cree en una democracia deliberativa y le dio oportunidad a Israel de repensar sus acciones en Gaza, pero murió en esos días.
Jürgen tuvo como estudiante a Alex Karp, el CEO de Tecnologías Palantir, ente que espía muchos países e induce a votar al electorado por medio de algoritmos por personas impresentables. Los dueños de Silicon Valley se han vuelto a favor de Trump y lo apoyan siempre que nos los regule. Ellos no buscan ningún consenso como recomienda Habermas. La contradicción al día de hoy para Jürgen está entre desesperación aplastante y esperanza suspendida. Estamos, pues, en un callejón sin salida y al borde de la III Guerra Mundial mientras Israel guíe a Estados Unidos a generalizar la guerra en Medio Oriente, de consecuencias imprevisibles.
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