El cementerio marino, poema filosófico de Paul Valéry

Para Valéry, entonces, el verdadero Ser posee las características o propiedades contrarias. Es decir, el Ser de cada ente de la realidad es siempre mutable, móvil y no permanente. 

Camilo García Giraldo

enero 11, 2026 - Actualizado enero 10, 2026

Paul Valéry (1871-1945)

La noche del 4 al 5 de octubre del año 1892 en la ciudad italiana de Génova el escritor, poeta, ensayista y filósofo francés Paul Valéry (1871-1945) vivió una experiencia trascendental para su vida: la de cruzarse por azar en la calle con una mujer catalana, de la cual quedó prendado. Experiencia, que inspiró 30 años después a André Breton, fundador del surrealismo, para escribir su bella novela Nadja. Era una mujer diez años mayor, a quien volvió a ver en otras ocasiones, pero sin atreverse a abordarla. Según el testimonio de su amigo Henri Mondor, “Su languidez, el ligero balanceo de su talle, sus trajes de amazona y una coquetería de turbadora soltura lo habían herido y luego enamorado, cada día más, con desgarramientos, obsesiones, presagios extraños. Apenas sabía su nombre. Ella a él no lo conocía.”

En una carta posterior a su amigo Guy de Pourtalès, Valéry le confió: “Creí volverme loco allí en 1892, en cierta noche blanca —blanca de relámpagos— que pasé sentado deseando ser fulminado”. Expresión que tal vez usó, además, recordando la novela de Dostoievsky Noches blancas en la que el escritor ruso narra y describe una experiencia algo semejante que vive su protagonista, el narrador que no tiene nombre. Novela que el director de cine italiano Luchino Visconti llevó al cine y que fue protagonizada por Marcelo Mastroianni y Maria Schell.

Y, en otro escrito de reflexión más o menos contemporáneo del suceso, de los que escribió durante veinte años todas las mañanas temprano, con rigor y disciplina ejemplar, dice: “Noche infinita. CRÍTICA. Quizá efecto de esta tensión del aire y del espíritu… Me siento OTRO esta mañana. Pero —sentirse Otro— esto no puede durar. Ya sea que uno vuelva a ser, y que triunfe el primero; o que el nuevo hombre absorba y anule al primero”.

En efecto, este acontecimiento lo convirtió en otra persona, o mejor, le abrió camino para ver con claridad algo esencial a la existencia de sí mismo, que hasta ese momento no había percibido: el dominio que ejercían sobre su vida lo que llamó, siguiendo la concepción expuesta por el filósofo inglés Francis Bacon a finales del siglo XVI, “Falsos ídolos”. Pero no ídolos como los de la tribu o del teatro, que mencionó y analizó críticamente el pensador anglosajón, sino, el del amor, de la literatura o el de la religión que le impedían ver con claridad la pureza transparente de las formas ideales, es decir, que no dejaban su intelecto obrar plena y libremente para que esas formas aparecieran o se hicieran presentes a su espíritu o conciencia porque lo perturbaban.

Pues, llegó a la conclusión que estas formas ideales puras y transparentes solo las podía captar en su conciencia, si se encontraba libre de esos ídolos que lo alteraban. Y, una vez conocidas, había que nombrarlas con palabras, términos y expresiones precisas y unívocas del lenguaje, para que esa transparencia se hiciera permanente y duradera. A partir de esa experiencia personal crucial, Valéry vio y sintió el imperativo de conocerlas con su intelecto, racional y su talento poético creador, a lo largo del resto de su vida.

Esta idea central la plasmó y la expuso en sus obras principales como sus libros Monsieur Teste, La joven Parca, Variedad, y en su gran poema Cementerio marino, que Valery escribió en 1920, recordando el cementerio de su localidad natal Sète, situado en una colina desde donde se puede contemplar el mar. Platón, sostuvo que la poesía proporcionaba imágenes sensibles falsas o imperfectas del mundo real. Por esa razón era necesario excluirla de la Polis y de la enseñanza de los jóvenes. Pero, como Valéry era un poeta, pensó, al contrario, que era un género que le podía abrir muy bien la posibilidad de contemplar o conocer esas formas ideales y puras que subyacen todo lo existente, y, que, anheló cumplir desde la noche que vivió esa experiencia crucial para su vida.

Poema, que él mismo explicó después en un texto de su libro Variedad llamado A propósito de El cementerio marino, diciendo que el poema recuerda la estructura de una tragedia clásica, realizada, no en cinco, sino en cuatro actos, con su exposición, su trama y su desenlace. Esos cuatro actos o momentos, los identifica, primero, como inmovilidad del No-Ser o de la Nada eterna e inconsciente en las primeras cuatro estrofas. Segundo, como movilidad del Ser efímero y consciente, de la quinta a la octava estrofa. Tercero, como la cuestión esencial de la muerte o la inmortalidad, de la novena a la décima-octava estrofa. Y, cuarto, el triunfo de lo momentáneo y de lo sucesivo, del cambio y de la creación poética, de la estrofa diecinueve a la veinticuatro

Y, concluye afirmando que es un poema en la que no pretendía “más que expresar el éxtasis angustiado del poeta filósofo entre el esplendor inmóvil del No-Ser y la inquietud estremecida del Ser, entre el Universo que se ignora y la conciencia que se conoce, entre lo Eterno, que es pura luz, y lo momentáneo, que posee la riqueza, la fecundidad y el viso tornasolado de la existencia”.

Valéry, entonces, no aceptó en este poema las características del Ser que la filosofía desde Parménides ha enunciado de ser lo permanente, lo inmutable y lo inmóvil porque ningún ente de la realidad física y humana las posee. El ser de cada ente de la realidad física no tiene estas propiedades que señaló Parménides porque, si las tuviera, estos entes no existirían.  De ahí, que, en el fondo, el Ser así concebido o definido se confundiría con el no- Ser, con la Nada, como bien lo expuso Hegel en su libro de La lógica.      

Para Valéry, entonces, el verdadero Ser posee las características o propiedades contrarias. Es decir, el Ser de cada ente de la realidad es siempre mutable, móvil y no permanente.  De ahí que, si el Ser ES y no puede no ser, como sostuvo Parménides, y con él su discípulo Zenón de Elea, es lógicamente necesario que sea mutable, variable y móvil.

Transcribo solo las principales estrofas de los cuatro actos del poema: 

¡Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota toda la extensión de lo posible.
Píndaro, Píticas III

Calmo techo surcado de palomas,

palpita entre los pinos y las tumbas;

mediodía puntual arma sus fuegos

¡El mar, el mar siempre recomenzado!

¡Qué regalo después de un pensamiento

ver moroso la calma de los dioses!

———-

¡Bello cielo real, mírame que cambio!

Después de tanto orgullo, y de tanto

extraño ocio, mas pleno de poderes,

a ese brillante espacio me abandono,

sobre casas de muertos va mi sombra

que a su frágil moverse me acostumbra.

A teas del solsticio expuesta el alma,

sosteniéndote estoy, ¡oh admirable

justicia de la luz de crudas armas!

Pura te tomo a tu lugar primero:

¡mírate!… Devolver la luz supone

taciturna mitad sumida en sombra.

———-

¡Magra inmortalidad negra y dorada,

consoladora de horroroso lauro

que maternal seno haces de la muerte,

el bello engaño y la piadosa argucia!

¡Quién no conoce, quién no los rechaza,

al hueco cráneo y a la risa eterna!

———–  

¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea!

¡Me has traspasado con tu flecha alada

que vibra, vuela y no obstante no vuela!

¡Su son me engendra y mátame la flecha!

¡Ah! el sol… ¡Y qué sombra de tortuga

para el alma, veloz y quieto Aquiles!

En los mismos años, Heidegger sostuvo y expuso en su capital libro Ser y tiempo una tesis similar a la expuesta poéticamente por Valéry: la que el Ser no es inmutable e invariable porque los seres humanos al comprender que su ser es temporal y finito, se les abre la posibilidad de comprender la verdadera esencia o significado del Ser, la de ser también como temporal y finito. Comprensión, que logró la poesía a través de la obra del gran poeta Hölderlin, “El poeta de los poetas que poetiza sobre la poesía”, como lo dijo en su texto, Hölderlin y la esencia de la poesía, y, que Heidegger destaca como uno de los logros mayores del pensar moderno.

Ahora bien, un poeta como Hölderlin pudo comprender el carácter finito y temporal del Ser porque la poesía es el género artístico por excelencia que abre el sentido profundo y permanente del ser de los entes de la vida y del mundo. Y, al desvelarlo muestra con claridad que el Ser es el mismo sentido, o que, el sentido profundo de un ente es su ser. 

Sin embargo, para Valéry el Ser no es permanente e inmutable porque sea temporal y finito, sino porque es móvil y variable. Es en el espacio físico de la realidad donde es posible observar y comprobar la no verdad de las características que Parménides le dio al Ser en le medida que todos los entes y cuerpos existentes son móviles y mudables. Y, al moverse y cambiar, su Ser también cambia y se mueve.  Es en el espacio donde se puede constatar, mucho mejor que en el tiempo, la movilidad o movimiento de todos los entes que existen, a pesar del esfuerzo fallido de Zenón, discípulo de Parménides, por explicar mediante ejemplos, que el movimiento en el espacio de los entes no existe, que es una pura ilusión irreal.  

Pero, más allá de esta diferencia, los dos se encontraron unidos por el esfuerzo de rectificar la tesis central sobre el Ser que había permanecido inmutable a lo largo de 25 siglos en el pensamiento filosófico occidental. Y, al hacerlo, mostraron que la propia definición del carácter no temporal e inmutable del Ser que dio Parménides, no lo era. Pues, el pensamiento de los seres humanos también es mutable y cambiante en la medida que existe en el tiempo, que es como todo lo existente en el mundo y en la vida humana, temporal y finito.

Los dos se encontraron unidos, además, por una segunda razón, por la importancia central que le dieron a la poesía para desvelar y comprender el Ser de los entes de la vida y el mundo. La poesía para los dos tiene la capacidad excepcional desvelar y expresar el verdadero el sentido del ser de los entes del mundo en la medida que los poetas han comprendido mejor o antes que los filósofos la verdadera esencia del Ser. Heidegger, fue un filósofo que reclamó para la poesía este mérito y esta dignidad hasta el punto que en los tiempos modernos el pensar poético había tomado el lugar del pensar discursivo lógico y racional propio de la filosofía. Y, Valéry, un poeta que fue filósofo, y, que hizo de su poesía la forma esencial de exponer su concepción filosófica del Ser opuesta a la de Parménides. No la rectificó con argumentos lógicos sino con escenas poéticas llena de imágenes y metáforas profundas con las que la puso de relieve la movilidad y variabilidad permanente de los entes y cuerpos del mundo.    

(De mi libro Cultura y humanismo IV)

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