Fragmento de la primera página del número 46 de El Zurriago. Foto: Wikipedia
Hay olvidos que sorprenden y otros que duelen. El caso de Félix Mejía —dramaturgo, periodista, funcionario judicial y una de las figuras más peculiares que pasaron por Guatemala en el siglo XIX— pertenece a ambas categorías. No aparece citado por los historiadores, no lo mencionan los periodistas ni quienes desde hace décadas se dedican al teatro.
Asombra y entristece. En un país que necesita revisitar, y revisar, su historia para comprender los caminos truncos de su modernidad resulta incomprensible que alguien de su talla haya sido borrado de la memoria histórica. No aparece en manuales ni en libros, tampoco en investigaciones universitarias o en estudios teatrales o periodísticos. Su nombre no circula en los círculos académicos, ni existe —hasta donde se sabe— una sola tesis universitaria dedicada a él. Es como si jamás hubiera pasado por aquí.
Antes de llegar a Guatemala, Félix Mejía Fernández-Pacheco —nacido en Ciudad Real en 1776 y fallecido en Madrid en 1853— había dejado una huella notable en España. Fue periodista combativo, dramaturgo crítico y militante del liberalismo exaltado en un período especialmente turbulento. Su nombre aparece ya en La Colmena, periódico en el que afinó un estilo incisivo y satírico, perceptible en la sección “Picotazos”, donde la crítica política adoptaba forma afilada, irreverente, modernísima. Pero sería con El Zurriago donde alcanzaría notoriedad. Allí descargó toda su artillería verbal contra liberales tibios, absolutistas recauchutados y hasta contra el propio rey, cuyo doblez —según él— frenaba cualquier intento de regeneración política. El Zurriago, de formato modesto, pero espíritu jacobino, se convirtió en símbolo del liberalismo radical. Su editor principal, Félix Mejía, estuvo vinculado a sociedades clandestinas como los Caballeros Comuneros y posteriormente a redes carbonarias internacionales.
Ese radicalismo, unido a la represión que siguió al fin del Trienio Liberal en España, lo empujó al exilio. Paró en Filadelfia, ciudad abierta al debate republicano, donde circulaban ideas de libertad que resonaban con su espíritu combativo. Allí escribió y publicó bajo anonimato —según diversas atribuciones— la novela histórica Jicoténcal, aparecida en 1826. El cacique Jicoténcal, el abuelo de Doña Leonor, la hija de Pedro de Alvarado.El libro, que trata la conquista de Tlaxcala por Hernán Cortés, es una de las primeras novelas anticolonialistas del continente. Su autoría no ha podido demostrarse con certeza absoluta, pero numerosos estudios señalan a Mejía como su posible creador, en vista de su estilo, sus convicciones políticas y su presencia en Filadelfia justo en el momento de la publicación.
Fue precisamente en esa ciudad donde, a mediados de la década de 1820, un enviado del gobierno guatemalteco cruzó su camino. El diplomático era Juan Dios Mayorga, figura clave del círculo internacional de Mariano Gálvez. Mayorga buscaba profesionales e intelectuales capaces de apoyar el ambicioso proyecto de reformas que se estaba gestando en Guatemala: funcionarios ilustrados, juristas formados, periodistas hábiles para articular un Estado moderno. Y encontró en Mejía un perfil inmejorable. Ese encuentro, aparentemente circunstancial, selló la llegada del escritor español a Centroamérica.
Cuando Mejía llegó a Guatemala, no lo hizo únicamente como periodista combativo. Su formación en jurisprudencia —un dato que ha quedado casi borrado— le permitió ocupar cargos judiciales, llegando incluso a desempeñarse como juez. Para un país que intentaba fundar un orden legal secular y racional, la presencia de un jurista con experiencia europea y convicciones liberales representaba un activo invaluable.
Su faceta artística tampoco quedó atrás. En la Guatemala de los años treinta del siglo XIX, se representaron varias de sus obras teatrales. Eran piezas que exploraban los conflictos sociales, tensiones entre tradición y modernidad, y pulsos entre viejos poderes y nuevas ideas. Su teatro fue parte del despertar escénico de un país que apenas comenzaba a construir una vida cultural urbana.
Dentro del gobierno de Gálvez, Mejía se convirtió en una voz articuladora del discurso reformista. Defendió desde la administración, y sobre todo desde la prensa, medidas audaces: la educación pública laica, supresión de privilegios eclesiásticos, una apertura económica y la reorganización institucional. Era una agenda demasiado grande para un país todavía regido por estructuras coloniales, pero era un momento cargado de posibilidades.
Resulta irónico que Guatemala —un país que proclamó la libertad de imprenta como uno de los pilares de su proyecto liberal— haya olvidado precisamente al periodista que más seriamente encarnó ese espíritu. La prensa del régimen galvista fue intensa, vibrante y profundamente contestataria. Y aunque el período fue corto, dejó claro que, sin libertad de expresión, ninguna reforma profunda es posible.
Mejía asumió la libertad de imprenta no como concesión del gobierno, sino como derecho fundamental de todo ciudadano. Sus escritos en Guatemala, aunque menos incendiarios que El Zurriago, mantenían la convicción de que la crítica pública y el debate abierto eran herramientas esenciales para construir ciudadanía. Defendió la importancia de que la prensa vigilara al poder —incluso al poder liberal que él mismo apoyaba— porque entendía, mejor que muchos de sus contemporáneos, que sin palabra libre no habría república viable.
La caída de Gálvez, empujada por la reacción conservadora y la movilización popular incentivada por el clero, arrastró también la memoria de quienes lo acompañaron. El proyecto reformista se desplomó, y con él las trayectorias personales de muchos de sus colaboradores. Entre esas sombras se perdió la figura de Félix Mejía.
¿Por qué recuperarlo hoy? Porque demuestra que Guatemala estuvo, durante un breve pero luminoso momento, conectada con las corrientes más avanzadas del pensamiento liberal. Que hubo aquí una apuesta real por la libertad de prensa, por la crítica política, por la modernización jurídica y cultural. Y que esa apuesta tuvo defensores concretos —entre ellos Félix Mejía, un dramaturgo radical, un jurista exiliado, un periodista indomable— que creyeron que el país podía transformarse.
Félix Mejía encarna un capítulo borrado de la historia guatemalteca. Un momento en el que el país dialogó abiertamente con el mundo, atrajo intelectuales extranjeros, y apostó por una libertad de expresión amplia, moderna, inédita. Mejía fue parte de ese impulso. No sólo escribió sino defendió la función crítica del periodismo, insistió en la necesidad de una prensa capaz de vigilar al poder y formó parte de los primeros esfuerzos por institucionalizar la libertad de imprenta como condición para una república viable.
Su vida en Guatemala demuestra que la libertad de expresión no fue un accidente del período liberal, más bien un principio deliberado, proclamado y ejercido. Y que esa libertad —tan frágil, tan disputada— encontró en Félix Mejía uno de sus defensores más lúcidos.
Recordarlo hoy no es un acto nostálgico. Es un acto de justicia intelectual. Y también una advertencia: ninguna sociedad puede avanzar sin prensa libre, sin voces críticas, sin ciudadanos capaces de debatir a plena luz. Sin lo anterior, toda modernización termina siendo un espejismo. Mientras haya periodistas en prisión por sus opiniones y trabajo, estaremos con un pie, o los dos, en la caverna.
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