La vigencia del humanismo

Al elevarnos por encima del mundo cultural en que el que nacimos y crecimos, al trascender ese mundo, abriéndonos y haciendo nuestros los saberes e imágenes de la vida y el mundo propios de otros mundos socioculturales, integramos en nuestro ser espiritual lo más significativo de los seres humanos que los forjaron.

Camilo García Giraldo

septiembre 14, 2025 - Actualizado septiembre 13, 2025

El pensamiento estructuralista, como se sabe, asumió desde el principio de la mano de Levi-Strauss, una postura anti-humanista, fundada en la idea de que para conocer tal como son en realidad las formas socioculturales y lingüísticas que rodean la vida de los hombres, es necesario describir y analizar la manera en que están organizadas y las reglas que rigen esa organización; esta labor es suficiente para poder conocer estas formas de la vida humana. De ahí, que no sea de ninguna manera necesario buscar en la conciencia de los seres humanos y en sus intenciones, la razón que explica su existencia, porque explicación está dada por las reglas que rigen su funcionamiento sistemático. Y, como la filosofía de la conciencia, desde Descartes, ha sostenido que, el centro de lo humano está en la conciencia, las ciencias que estudian estas formas socioculturales y lingüísticas, las ciencias humanas, al proceder así, “disuelven” al hombre, lo hacen desaparecer del marco de su labor. Esta disolución del hombre que llevan a cabo las ciencias de corte estructuralista, que estudian estas formas, es un hecho que pone de presente precisamente su carácter anti-humanista.

La discusión que sostuvo Levi-Strauss con Sartre, en el último capítulo, de su libro El pensamiento salvaje llamado Historia y dialéctica, sostiene, que, el significado o el sentido de las formas u obras sociocultural no hay que buscarlo en la conciencia histórica de quienes han participado en su elaboración, tal como lo sostiene Sartre, en su obra Crítica de la razón dialéctica, sino, en la organización formal de partes que las constituyen. Pues, para él, no es la conciencia histórica de los hombres la que forja el sentido o el significado a estas obras, sino, el orden que guardan sus elementos y las reglas que rigen sus relaciones. El papel de esta conciencia de los hombres, por más histórica y universal que sea, es nulo a la hora de darle el sentido a las obras que crean.

Sin embargo, como quedó, más o menos, establecido posteriormente, la conciencia de los seres humanos no está completamente ausente del significado de las obras culturales que crean; las intenciones conscientes, que tienen a la hora de forjarlas, desempeñan un papel significativo en la constitución del significado de esas obras. Siempre es posible encontrar algo de la intención que tuvo el autor de una obra cultural determinada, sea artística o literaria, en el contenido interno de esa obra. Pero, al mismo tiempo, es indudable que el contenido o significado de esa obra no se reduce a la intención consciente que tuvo su autor al crearla, a lo que quiso mostrar, o, quiso decir. Además, de esta intención, surge en la obra uno o unos significados adicionales como consecuencia de la forma como quedan organizadas sus partes o elementos, y que muchas veces quedan desapercibidos para su autor, o mejor, que se le escapan a su conciencia. En este sentido, el pensamiento estructuralista, tiene razón.

De ahí, que, cuando alguien se propone conocer su significado, no puede excluir uno de estos dos aspectos; al contrario, debe siempre tenerlos en cuenta. Debe ser siempre una labor que trate, por una parte, de identificar las intenciones del autor de la obra, y por otra, los efectos de superficie, que, brotan de la forma propia como están organizados y dispuestos los elementos que la conforman. De tal manera, que la condición necesaria para que alguien pueda conocer el significado o el sentido de una obra cultural es la de interrogar por las intenciones de su autor, e, indagar, por la forma que sus elementos están organizados. En la medida que estas dos condiciones, las cumpla, podrá identificar el significado o significados que tiene esa obra. De ahí, que, esta postura anti-humanista puesta de relieve por el pensamiento estructuralista, para poder conocer adecuadamente el significado de las obras y formas culturales no tiene una validez absoluta, sino solo parcial. Es una postura válida, solo en parte, en la medida de que las intenciones conscientes del autor tienen una determinada y limitada presencia en la obra. 

Esto, sin excluir, que la conciencia de los hombres como conjunto de sus actos intencionales (Husserl) no es un fenómeno o realidad consustancial a su existencia; no es una realidad que brota con su nacimiento, sino, se van formando poco a poco en el proceso de su crecimiento psico-biológico, como resultado de las operaciones cognoscitivas y lingüísticas que llevan a cabo. En la medida, que realizan estas operaciones, logran captar en imágenes las cosas, sucesos y fenómenos del mundo exterior y de su propia vida; imágenes con las que va formando su interioridad consciente. Por esa razón, la conciencia no es un atributo decisivo y definitorio para establecer la condición humana de los hombres. De ahí, que tanto aceptar, como criticar, la postura humanista a partir de este supuesto constituye una postura errónea. Es igualmente erróneo, defender la postura humanista considerando la conciencia como el atributo esencial que constituye a los seres humanos, como criticarla, sosteniendo que no lo es. La discusión entre Levi- Strauss y Sartre sobre este tema estuvo, entonces, fundada en este falso supuesto. 

En cambio, las capacidades de lenguaje y acción sí son dos atributos esenciales, que definen la condición humana de los seres humanos. Estas dos capacidades, son co-originarias a la existencia de cada hombre. Todos los seres humanos nacemos, independientemente de nuestras diferencias sociales, sexuales, étnicas, religiosas y culturales, con estas dos capacidades que vamos fortaleciendo y desarrollando en la medida que las vamos usando en el curso de nuestro crecimiento psicobiológico. Capacidades, que, además, son propias y específicas de los seres humanos. Con la capacidad del lenguaje, con la capacidad de hablar, pronunciamos sonidos articulados en palabras y frases con los que expresamos y transmitimos nuestros sentimientos y pensamientos. Y, con la capacidad de actuar, podemos precisamente actuar para conseguir los fines que nos damos o para coordinar la acción de otros seres humanos para obtener fines que acordamos usando el lenguaje, hablando. De ahí, que estas dos capacidades están íntimamente ligadas, se complementan recíprocamente en la medida que, al usar el lenguaje, al hablar, actuamos o realizamos una determinada acción sobre otra u otras personas; y, al actuar, tenemos siempre que usar el lenguaje para elaborar y darnos tanto los fines personales que perseguimos o los colectivos que acordamos con otros.

Adoptar, entonces, una postura humanista supone siempre reconocer la existencia de estas dos capacidades en todos los seres humanos. Solo, si reconocemos, clara y conscientemente, que estas dos capacidades son atributos que pertenecen a todos los seres humanos, adquirimos la condición fundamental y original para ser humanista. Sin embargo, este reconocimiento no es suficiente; se requiere que demos un paso más, el de obrar con respecto a los demás seres humanos de acuerdo con el reconocimiento que hacemos de su condición humana dada por estas dos capacidades. Es decir, que aceptemos, que los demás seres humanos, puedan usar de acuerdo a su libre voluntad, estas dos capacidades, que los constituyen como tales. Pues, si reconocemos que los demás poseen estas capacidades, adquirimos la obligación deber con ellos, y, con nosotros mismos, de aceptar que las usen libremente.

Bajo el supuesto de que exista esta condición general, los seres humanos tenemos, entonces, dos opciones contrarias ante nosotros, la de usar bien o la de usar mal estas dos capacidades; o mejor, tenemos la opción libre de usarlas en una u otra dirección. Si decidimos usarlas mal, le hacemos algún daño a otras personas, como el de despojarlos de algo que les es propio o les pertenece, como sus bienes, su integridad física, su dignidad, su libertad o su vida; y al hacerlo así, en vez, de confirmar nuestra condición o calidad humana, la negamos, es decir, nos despojamos nosotros mismos, en la medida y proporción del daño que hagamos, de nuestra condición humana. Pero, si, por lo contrario, usamos bien estas capacidades, no le hacemos ningún daño a los demás, y, por lo tanto, confirmamos y reforzamos así, nuestra calidad de seres humanos, nos demostramos a nosotros mismos y a los demás que somos auténticos seres humanos. Por eso, la decisión libre que tomemos de usar bien o mal estas dos capacidades de lenguaje y acción que poseemos como seres humanos depende en definitiva la posibilidad de que lo seamos o no.

De ahí, que solo a condición de que seamos seres humanos libres, podemos o tenemos la posibilidad de demostrar que somos de verdad humanos, o, de mostrar, por lo contrario, que no lo somos. En este sentido, entonces, tiene razón Sartre cuando en su conocida conferencia pronunciada en 1946 El existencialismo es un humanismo sostuvo, que, la filosofía existencial constituye un pensamiento humanista porque muestra que la existencia de los hombres precede a su esencia, es decir, que cada hombre se hace a sí mismo en medida de que obre en libertad, de que elija libremente la opción de ser, o mejor, la opción de ser precisamente el hombre que quiere ser. En la medida que vive, se ve, entonces, “obligado”, o mejor, condenado a elegir una opción determinada de ser, se ve condenado a ser libre. Esta condición de elegir libremente una opción de su existencia no la puede sustraer de esa existencia porque el hecho de existir lo hace libre. Dice Sartre: “Si en efecto, la existencia precede a la esencia, no se podrá explicar jamás la referencia a una naturaleza dada y fija; dicho de otro modo, no hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad. Si, por otra parte, Dios no existe, no encontramos frente a nuestros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta. Así, no tenemos ni detrás ni delante de nosotros, en el dominio luminoso de los valores, justificaciones o excusas. Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresará diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado porque no se ha creado a sí mismo, y, sin embargo, por otro lado, libre porque una vez arrojado al mundo es responsable por todo lo que hace”. 

Este criterio de Sartre es plenamente válido, debido a que los hombres, al optar libremente por usar bien sus capacidades que los constituyen, se demuestran que son verdaderos seres humanos; al elegir libremente usar bien estas dos capacidades, no solo confirman que las poseen, sino además forjan en la realidad su condición humana. Y, al demostrar así, que son humanos, se tornan más humanos de lo que en principio son por el hecho de poseer originariamente estas dos capacidades; del uso correcto y bueno que cada hombre haga de estas dos capacidades depende en definitiva la posibilidad de que se humanice en el curso de su vida. Por esa razón, podemos decir que el pensamiento humanista es el pensamiento, que no solo capta y refleja esta condición que debe cumplir todo ser humano para ser tal, sino, además, lo llama a demostrar que lo es, usando bien estas dos capacidades que le son propias.

Heidegger, expresó, su rechazo sobre la necesidad del pensamiento humanista en los tiempos modernos, en su conocida Carta sobre el humanismo, donde sostuvo, respondiendo a una pregunta que le hizo el pensador francés Jean Beaufret de ¿Cómo darle de nuevo un sentido a la palabra humanismo? que “Esta pregunta nace de la intención de seguir manteniendo la palabra «humanismo». Pero yo me pregunto si es necesario. ¿O acaso no es evidente el daño que provocan todos esos títulos? Es verdad que ya hace tiempo que se desconfía de los «ismos». Pero el mercado de la opinión pública reclama siempre otros nuevos y por lo visto siempre se está dispuesto a cubrir esa demanda. También nombres como «lógica», «ética», «física» surgen por primera vez en escena tan pronto como el pensar originario toca a su fin. En su época más grande, los griegos pensaron sin necesidad de todos esos títulos. Ni siquiera llamaron «filosofía» al pensar. Ese pensar se termina cuando sale fuera de su elemento. El elemento es aquello desde donde el pensar es capaz de ser un pensar. El elemento es lo que permite y capacita de verdad: la capacidad. Ésta hace suyo el pensar y lo lleva a su esencia. El pensar, dicho sin más, es el pensar del ser. El genitivo dice dos cosas. El pensar es del ser, en la medida en que, como acontecimiento propio del ser, pertenece al ser”.

Este rechazo, no es, a mi juicio, válido, porque pasa por alto el hecho de que es precisamente en los tiempos modernos, cuando los hombres de las sociedades democráticas son libres, adquieren la posibilidad de hacerse verdaderamente humanos usando bien estas dos capacidades que poseen. Solo en los Estados y las sociedades democráticas modernas que garantizan la libertad de todos los hombres, éstos han adquirido, de verdad, esta posibilidad de ser humanos. De tal modo, que el pensamiento humanista que sostiene y defiende esta posibilidad, adquiere una razón universal que justifica y torna necesaria su existencia.

Un pensamiento humanista propiamente moderno, que, ya no es como el antiguo clásico grecolatino, que sostenía que los hombres verdaderamente humanos, eran solo los hombres civilizados que pertenecían a su mundo sociocultural; los demás, eran simplemente bárbaros que al ignorar las reglas, valores y saberes de este mundo quedaban excluidos de la verdadera humanidad. Ni tampoco es, como el humanismo renacentista, que consideraba, que los hombres solo serían tales, si se formaban, aprendiendo los saberes y pensamientos forjados por los antiguos griegos y romanos, si se integraban espiritualmente con ese mundo cultural. Sino, es más bien, un humanismo, el que, reconoce, no solo, la universalidad de estas capacidades de lenguaje y acción en todos los seres humanos, y, sostiene, además, que éstos, solo se hacen tales, en la medida, que decidan libremente usar bien y correctamente, estas dos capacidades que poseen.

Sin embargo, es justo reconocer que, si, asumimos en la práctica esta postura o actitud humanista, no nos convertimos en humanistas completos. Se requiere, que, demos un paso más, o, que reunamos una condición adicional, la de que nos propongamos en el curso temporal de nuestras vidas, integrar en nuestros espíritus el contenido de los saberes forjados por hombres y/o pueblos pertenecientes a mundos socioculturales ajenos o extraños al nuestro. Solo podremos llegar a ser verdaderos humanistas, si, nos damos este propósito, como un propósito central de nuestras vidas, que, nos esforzamos por conseguir siempre. Pues, al elevarnos por encima del mundo cultural en que el que nacimos y crecimos, al trascender ese mundo, abriéndonos y haciendo nuestros los saberes e imágenes de la vida y el mundo propios de otros mundos socioculturales, integramos en nuestro ser espiritual lo más significativo de los seres humanos que los forjaron.

Y, al hacer esto, ampliamos, ensanchamos y profundizamos nuestra finita, precaria y limitada existencia humana, es decir, la humanizamos gracias a que recibimos y asimilamos la presencia humana encerrada en estos significados y saberes culturales de otros hombres y pueblos lejanos en el tiempo o el espacio, que, no conocemos personalmente, y, que, en muchas ocasiones, tampoco nunca conoceremos. En este sentido, el pensamiento humanista renacentista, tiene razón. El humanista es el hombre que trasciende los límites finitos de su mundo sociocultural, para entrar, en otros mundos ajenos y/o lejanos, y, tratar de habitar en ellos, como si fueran su propio mundo cultural original, como su fueran su propia casa espiritual. 

Al ocurrir esto, ocurre en nosotros algo también muy importante, a saber, que aprendemos a conocer y reconocer la condición humana de todos los que forjaron esos saberes socioculturales que, nos son en principio, lejanos, desconocidos o extraños. Es decir, que nos damos cuenta, que, detrás de esas obras socioculturales, que detrás de esas obras de arte, de esos textos literarios, filosóficos, históricos y científicos a los que accedemos, y, que, nos hablan o que nos transmiten mensajes valiosos y significativos para nuestras vidas, está la presencia de otros seres humanos, que los han creado. Hecho, que nos obliga o coacciona a reconocerles como tales. Y, al reconocerlos así, nos disponemos en nuestro interior, y, de manera casi natural, a tratarlos como tales, como seres humanos semejantes o iguales a nosotros. Es decir, nos disponemos a respetar todo lo que les propio, como sus bienes, sus integridades físicas y psicológicas, sus libertades y sus vidas.

Si cumplimos, estas dos condiciones mencionadas, entonces, podremos llegar a ser humanistas integrales, podremos llegar a encarnar en nuestra existencia el ideal humanista tradicional y moderno, que, es siempre un ideal vigente y valioso, que, todos los seres humanos deberían darse para forjar y construir sus vidas. 

(De mi libro Escritos filosófico-culturales)

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