Hoy debo escribir desde la incomodidad que me genera el demandar el cese de lo que un día fue conocido como la Huelga de Dolores, declarada Patrimonio Cultural Intangible de la Nación en Guatemala el 25 de marzo de 2010 bajo el gobierno del presidente Álvaro Colom, a través del Ministerio de Cultura y Deportes por medio del Acuerdo Ministerial 275-2010.
Soy partícipe de su historia viva por lo que tengo la solvencia moral y política para hablar de ella, denunciando, en forma contundente, que desde hace años dejó de ser una manifestación genuina, legítima y combativa de los estudiantes de la Universidad de San Carlos y de la comunidad sancarlista en general.
Siempre me incomodaron los excesos de quienes participaban, porque una cosa es pasarse de copas (muchos lo hicimos), y otra muy diferente, sacar el resentimiento burdo sin sentido político y las expresiones más escatológicas, rústicas, palurdas e irrespetuosas, contra los mismos miembros de la comunidad universitaria y del pueblo, y no contra los actores a quienes deberían dirigir sus misiles de sátira, humor y picardía política.
Nunca participé en un desfile bufo por dos razones: la dificultad para que me dieran permiso en los trabajos que desempeñaba y los excesos comentados como tirar líquidos corporales a los espectadores, el pueblo, razón de ser de la Huelga (la verdadera) o faltarles el respeto a las damas agrediéndolas inmoralmente, o ridiculizando al propio pueblo con “penitencias” irrespetuosas e inútiles. Sin embargo, fui por muchos años, redactor y lector de boletines, actor de teatro huelguero, así como responsable de varios artículos en el No Nos Lo Tientes.
Siempre me fue bien con las ideas por lo que creí que era de mayor utilidad aportar desde lo académico, lo creativo y el humor. No en balde que, en mis 30 años de teatro, me enorgullezco de mis orígenes en las obras del glorioso YETI, el grupo de teatro de la combativa Escuela de Historia, el cual, trascendió el escenario sancarlista para llegar a comunidades indígenas, sindicatos, centros de trabajo y varios escenarios más, cuyo denominador común era pueblo. Nuestro lema de Id y Enseñad a todos, siempre fue mucho más que transmitir conocimiento, era provocar reflexión y pensamiento crítico por medio del arte y la arenga política.
Cuando la huelga empezó a languidecer, fuimos pocos, ya profesionales, quienes nos esforzamos por mantener viva la llama. Comprobé, sin embargo, que tanta muerte enfocada en el talento universitario había hecho mella. Los que habían quedado se centraban en el chiste vulgar y burdo; en todas las rimas se perseguía el ataque personal sin sentido político, abarcando incluso a personas con discapacidad, LGBTIQ+, personas mayores (por su condición de “viejos”), mujeres (por su condición de damas y no por razones políticas) indígenas, “indios” repetían burlándose de su pertenencia étnica. Todo lo anterior, alejado completamente de un pensamiento democrático, revolucionario y vanguardista, sobre cuyas bases se erigió la huelga.
Luego vino la debacle, por inverosímil que parezca, la manifestación bufa se tornó conservadora y prosistema. Las asociaciones estudiantiles ya no podían controlar a los comités de huelga que se hicieron cada vez más autónomos, reclutando lo peor de la universidad y barrios marginales, pues hay que decirlo, de pronto, no todos los participantes eran universitarios. Posteriormente, vino el asalto de las asociaciones de estudiantes, coordinados por una llamada “transitoria” que cooptó a la USAC por muchos años y que todavía manifiesta su “legado” mediante grupos criminales cuya única función es agredir, intimidar, amenazar y hacer que se cumplan las decisiones espurias de las mafias que hoy controlan la administración sancarlista.
La huelga, ahora, solo la defienden quienes se benefician de ella, sea por las bacanales que les permite el desfogue irracional, aprovechando la tan malograda “autonomía” o por razones económicas “alternativas” e informales. Conocí a un caudillo huelguero que, solo él, tenía bajo su control a 70 talacheros[1]. Ufano me decía, “…con lo que gano en el corto lapso de la huelga, me alcanza para vivir bien todo el año y darme mis gustos”; haciendo alusión a mujeres, drogas, alcohol y otros negocios, como el control de las fotocopiadoras y los parqueos, “impuestos” a las ventas dentro de la USAC y un largo etcétera.
Muy patrimonio y tradición, pero la actual manifestación huelguera debe deconstruirse, retomando sus orígenes y leitmotiv, asumiendo, de nuevo, el rol político de denuncia y constituirse en la voz del pueblo y no de grupos criminales. Así mismo, debemos replantearnos el concepto mal utilizado de autonomía, pues a lo interno del campus de la zona 12, se cometen muchos delitos: robo de vehículos, violaciones, asaltos, intimidaciones y peleas por cualquier motivo, venta de drogas y varios ilícitos más.
Mantengo mis convicciones e ideales de juventud, pero no puedo defender lo indefendible, máxime cuando se atenta y viola, precisamente, contra esos ideales.
“Sobre los hediondos males de la patria, arrojad flores, ya que no sois liberales ni muchos menos conservadores; malos bichos sin conciencia que le apresan en sus dientes y la chupan inclementes la fuerza de su existencia.”
[1] Talachero, individuo que pide talacha, una especia de exacción ilegal, muchas veces acompañada de violencia contra quien no la da. En México tiene una acepción distinta, pero en Guatemala, es un término informal que surge en las cárceles y el ambiente huelguero.
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