A las ocho y diez de la mañana, cada día me alisto para llegar a la estación del metro, ese lugar que se siente como una selva en medio de esta gran urbe. Soy originaria de Guatemala y llevo tres años viviendo fuera de mi país como exiliada; mi vida dio un giro inesperado. Aquí, en mi día a día, intento acostumbrarme a la comida, a las calles y al transporte. En mis traslados cotidianos, me encuentro con las mujeres del vagón rosa. Sí, ese espacio que por un instante nos brinda una sensación de seguridad mientras nos movemos por esta inmensa ciudad que te acoge, pero que también puede mostrarse muy duro y hostil.
Cada mañana, en ese vagón que se está convirtiendo en parte de mi rutina, observo a tantas mujeres distintas, aunque al mismo tiempo compartimos algo invisible. Algunas retocan su maquillaje con una destreza asombrosa, como si los frenazos bruscos del metro no pudieran perturbar la precisión de su delineado. Otras viajan con los ojos cerrados, quizás buscando un instante de descanso en medio del ajetreo, o tal vez prefieren abstraerse del mundo que las rodea.
También están las que se sumergen en sus auriculares, escuchando la música o en videos que las transportan a otra realidad, o las que conversan animadamente por teléfono, dando indicaciones o compartiendo detalles con quienes las esperan en casa. Y cómo no ver a esas señoras mayores que abordan el vagón ofreciendo dulces o pequeños accesorios para el cabello, buscando una manera digna de ganarse la vida.
En cada una de ellas, a pesar de sus diferencias en apariencia y ocupaciones, descubro una conexión silenciosa, la de ser mujeres transitando juntas por este espacio, cada una con su propia historia y su propio destino en esta gran ciudad.
Hay quienes no están de acuerdo con medidas como las del vagón rosa ya que indican que no ha sido una medida que haya contenido el acoso sexual o que no tuvo un efecto positivo sobre las cifras de abuso sexual[1]. Aun así, desde mi experiencia personal, elijo subirme al vagón rosa en lugar de compartir espacio con hombres.
Desafortunadamente, muchas de nosotras hemos vivido situaciones incómodas e incluso acoso sexual en esos entornos mixtos, lo que nos hace sentirnos más expuestas y vulnerables. El vagón rosa, aunque sea un pequeño respiro, nos ofrece una sensación momentánea de mayor seguridad y tranquilidad durante nuestros traslados diarios. Es un espacio donde podemos sentirnos un poco más protegidas de miradas lascivas o acercamientos inapropiados, permitiéndonos viajar con una menor carga de ansiedad y temor.
Esta elección no es por discriminación, sino por una necesidad de preservar nuestra integridad en un sistema de transporte que a menudo no garantiza nuestra seguridad. En contraste con mi experiencia aquí, me resulta curioso pensar que en muchos países europeos la idea de un vagón de metro exclusivo para mujeres, y que además se identifique con el color «rosa», sería algo impensable. Sus contextos sociales y culturales son distintos, y las problemáticas de machismo y violencia de género se manifiestan de otras maneras.
Allí, quizás no se vea tan comúnmente el acoso sexual en el transporte público como lamentablemente ocurre en Latinoamérica. Sin embargo, esto no significa que las mujeres estén exentas de violencia. En esas sociedades, la desigualdad y el machismo pueden filtrarse en otros ámbitos, como el acoso laboral, donde las mujeres pueden enfrentar discriminación salarial, obstáculos para ascender o comentarios sexistas en el entorno profesional.
También puede existir una violencia más institucionalizada, reflejada en leyes o políticas que perpetúan la desigualdad de género, o en la falta de mecanismos efectivos para proteger a las mujeres. Y, por supuesto, la violencia en los entornos privados, dentro de los hogares, sigue siendo una realidad dolorosa, aunque las estadísticas generales puedan no reflejar la misma magnitud que en otros lugares.
Si bien las tasas de ciertos tipos de violencia contra la mujer pueden ser diferentes en Europa, esto no implica la ausencia del problema. El machismo adopta diversas formas y se arraiga en diferentes estructuras sociales, manifestándose en sutiles o explícitas dinámicas de poder que afectan la vida y las oportunidades de las mujeres.
Por lo tanto, aunque la necesidad de un vagón segregado por género pueda parecer extraña desde esa perspectiva, es importante reconocer que cada sociedad enfrenta sus propias manifestaciones de desigualdad y violencia de género, y las soluciones o estrategias para abordarlas deben ser sensibles a esos contextos particulares.
Finalmente, mi parada se acerca y debo despedirme del vagón rosa, ese refugio efímero que por unos instantes me resguardó mientras me acercaba a mi destino. Al bajar, observo cómo otras mujeres ascienden, buscando quizás ese mismo alivio, esa breve tregua en el ajetreo y la incertidumbre de la ciudad. Y así continúa el ciclo, una constante rotación de rostros femeninos buscando un espacio seguro en su camino, recordándome la necesidad latente y compartida de protección en cada uno de nuestros viajes.
[1] Garibi, Marcela Cuen, Martha Fabiola Zermeño Núñez y Elizabeth Plácido Ríos. La discriminación y violencia contra las mujeres en el transporte público de la Ciudad de México. México, CONAPRED, 2010.
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