La etapa culminante del reciente proceso electoral en Honduras está que arde. Los dos candidatos presidenciales, Salvador Nasralla y Nasry Asfura están empatados a falta de 20% del escrutinio. No sabemos con certeza cómo evoluciona el conteo de los votos. Los números están cambiando, incluso de manera incomprensiva. Por ejemplo, en la noche del miércoles 3, Nasralla tenía una diferencia mayor a 12 mil votos a Asfura y pocas horas después esa distancia, no solo se acortó, sino que se inclinó en favor del otro partido. La lucha entre los dos partidos tradicionales (los más antiguos de C.A.) que quieren retornar a la cancha, después del quiebre temporal logrado por el partido Libre.
Pero nada de esto sorprende en el caso del vecino país. Estamos a las puertas de un nuevo período de crisis política, incrementada en la medida que la incertidumbre sea mayor. Recordemos que una elección debe caracterizarse por la certeza de los resultados, asunto que en esta ocasión está lejos de ser realidad, y quizás, así se mantenga por bastante tiempo.
Probablemente ninguno de los tres candidatos presidenciales termine aceptando el resultado final, si es que este se da en algún momento. Asfura es el ungido de los sectores tradicionales, más después de doble espaldarazo dado por la administración norteamericana (señalamiento en contra del gobierno actual, del partido Libre y de Nasralla; sumado al cuestionado indulto que favoreció la liberación de Juan Orlando H.). Por su parte, el candidato liberal sale a la palestra utilizando como bandera la manipulación de los votos. El oficialismo, principal perdedor del proceso, tampoco está dispuesto en aceptar el resultado, bajo el argumento de la intromisión del gobierno estadounidense.
En medio del desbarajuste en fase de incremento, quiénes son los ganadores. Primero, las estructuras criminales que operan y/o utilizan ese país para sus propósitos ilícitos. Si antes operaron con el beneplácito de gobernantes (como fue el caso del respaldo y asocio evidente de JOH ), ahora la cancha se despejará más porque Honduras se sumaría a los países ingobernables, como Perú y Ecuador. Quién asuma la presidencia lo hará en condiciones de alta vulnerabilidad, aún y cuando uno de los posibles sea respaldado por EE. UU. y una gran parte de las élites económicas tradicionales del país vecino.
Pero otro posible ganador está representado por las nuevas correlaciones de fuerzas emergentes que quieren dominar el tablero electoral en Guatemala. Hechos como el indulto a JOH son leídos como señales esperanzadoras para que la cancha de la impunidad se abra, aún más. Algunos esperan los efectos del juego de dominó que permita el retorno de visas, capitales y negocios que han quedado afectados en la última década.
Si la lógica de la coexistencia y respaldo a actores criminales pero útiles se expande, los influjos determinarán los escenarios en Centroamérica en los próximos años. La cercanía de las elecciones 2027 crean una zona de mayor volatilidad, incrementada porque los “personajes” que mejor parecen posicionarse en la intención de los votantes son precisamente portadores de similares intereses a los dominantes en el escenario hondureño.
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