Pocos analistas entre las potencias del mundo han tenido la capacidad de análisis de los hechos complejos en años precisos y momentos cruciales como la ha tenido George Kennan, un excelente diplomático y académico estadounidense. Su inglés elegante y elevado hizo más preciso tal para exponer hechos e interpretarlos de manera acertada. Entre sus libros más memorables que escribió fue el estudio de la Política exterior soviética 1917-1941, que nos brinda cómo el proceso revolucionario bajo la batuta de Lenin con el objetivo elemental de la URSS de sobrevivir ante el acecho de las potencias occidentales victoriosas en la encarnizada I Guerra Mundial que concluyó en 1918, al mismo tiempo que ayudaba a los revolucionarios marxistas, en especial de Alemania y en Gran Bretaña, con el propósito de derrocar a sus gobiernos capitalistas. También en esa primera etapa Moscú ensayó a la vez una política exterior paralela para salir del aislamiento y cerco que le habían tendido los aliados debido a la nacionalización que Lenin hizo de muchas empresas occidentales, con el fin de destruir el nuevo Estado soviético (soviético es igual a sindicato).
El primer intento fue con Alemania, que en 1917 mantenía preso a Lenin y a otros marxistas rusos en Alemania, los mandó a San Petersburgo en un tren sellado para hacer la revolución a cambio de sacar a Rusia de la guerra, para concentrarse en el frente occidental en Francia. Así lo hizo como primer acto de política exterior soviética instando a la paz en Europa. Londres y Berlín condenaron la ayuda soviética a los revolucionarios. Lenin lanzó un puente con Alemania pues los aliados habían impuesto a Berlín restricciones económicas y comerciales, amén de los pagos hiper millonarios como compensación de guerra. Berlín aceptó la invitación de Moscú para salir del aislamiento para complacencia de Moscú en espera de suscribir un acuerdo.
Entretanto, cada Estado europeo hacía lo propio en la repartición de territorios quitados por los aliados a Rusia. Polonia creció al tomar una porción y quería una parte de Ucrania, mientras el Ejército Blanco de los países occidentales y Japón atacaban a los “bolcheviques” soviéticos. Debido a ello y a los cambios políticos la URSS sufrió en 1921 una hambruna generalizada y, sin atreverse a pedir ayuda a las “burguesías” de occidente que cuestionaba, el conocido literato Máximo Gorki firmó la solicitud soviética de ayuda humanitaria. Y Estados Unidos respondió muy bien a través de sus organizaciones civiles, que la dio con creces y evitó la muerte de millones. Lenin, ya enfermo, entendió que el Estado soviético sólo podría sobrevivir si recibía de inmediato créditos de la banca occidental y hacía comercio con sus países. Por lo que cesó la política de apoyo a los revolucionarios europeos. Chicherin, el ministro soviético del Exterior, va a perseverar en acercarse a occidente con esa finalidad. Así se hizo en las conferencia de Génova de 1922 y luego en el mismo año al firmar Chicherin el Acuerdo de Rapallo de cooperación con Alemania. Asustados, los países occidentales lo condenaron como la conspiración soviético-germana contra occidente. Ese acuerdo fue un alivio para las economías de ambos países asfixiados por occidente aunque esa relación no fue del todo fácil. (Y es que en geopolítica se entiende que si Alemania y Rusia se unen pueden tener la capacidad de reinar en el mundo).
El libro de Kennan continúa hablando de las complejidades que tiene Rusia y, por extensión de todos los estados que en aquellos años, en especial en Europa, donde pesan más los intereses de los estados que las ideologías, donde pesa más el ánimo de acrecentar su poder y sobrevivir en un intríngulis de acciones de política exterior hasta llegar a las “zonas de influencia” en las que podían tener cierta legitimidad acciones para la seguridad de los estados en sus vecindades. Ese término sería aceptado tras la II Guerra Mundial en la Guerra Fría en las zonas de influencia que llegaron al reparto del mundo entre Moscú y Washington, y que ahora parece ganar la atención con las estrategias de seguridad parecidas de las Casa Blanca como del Kremlin. Todo ello en medio de un complejo circuito de relaciones tensadas por cortocircuitos en los distintos continentes, incluso en las zonas más relativamente tranquilas del Lejano Oriente debido a las rivalidades ancestrales, por ejemplo entre China y Japón, la de Rusia y Japón, primero derivada de la guerra que el último Zar lanzó contra Japón a fines del siglo XIX y que perdió y que los japoneses luego ocuparon algunos territorios rusos que han ocupado Manchuria en China, y que en su momento se van a hacer la guerra en la frontera china contra tropas soviéticas.
Kennan pone en claro las verdaderamente complejas relaciones en los años treinta entre los mandatarios de las potencias en torno a lo que fue el desarrollo del ascenso de Hitler, las debilidades de los franceses e ingleses, que tampoco ayudaron a la República española, mientras era golpeada por las tropas aerotransportadas nazis, al tiempo que pujaba por retomar los territorios perdidos por Alemania tras la I Guerra Mundial, y el acomodo de Hitler por tener tranquila a la Rusia Soviética, permitiéndole retomar en su momento los países bálticos, que se habían independizado de Moscú en 1919, aunque Moscú decidió apoyar a la República Española hasta 1939, interfiriendo en los planes de Moscú, pero esa ayuda va a concluir y fue el fin de la república cuando Stalin prefirió sellar su amistad con Hitler a pesar de sus grandes diferencias ideológicas. Pero, como pesan más los intereses de Estado más que las ideologías, Stalin y Hitler sellaron el Pacto de Amistad en 1939 previo a la invasión de Polonia a través de las firmas de sus ministros Von Ribbentrop y Molotov, que se la repartieron a la semana sin problema alguno, mientras Moscú libraba una verdadera guerra contra las tropas de Japón en la frontera China, donde venció el general Georgi Zhukov para sorpresa de Tokio, que ocupaba China. Ya Stalin daba ayuda al general Chiang Kai-shek contra las tropas niponas, aunque por desavenencias luego optó por darla a Mao Tse Tung. Hitler, con el tratado de amistad con Moscú, se sintió libre de invadir Francia y ocupar lo que pudo del resto de Europa. Los dos años de paz relativa con Alemania sirvieron a Moscú para mejorar su tecnología industrial, incluso la militar, hasta que Hitler en junio de 1941 decidió lanzarse a la guerra contra la Rusia Soviética contra el consejo de sus generales que le advirtieron que era aún muy prematuro. Y vino la debacle nazi ante el marsical Zhukov.
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