Constantemente se repite una frase: «En todo hay corrupción, así es y no
hay nada que se pueda hacer”.
En parte esto es verdad, pues lamentablemente la corrupción está presente en casi todo, pero lo que sí no es cierto, es que muy poco se puede hacer. Esto es precisamente lo que se desea, que nos despreocupemos, que poco nos importe y que le perdamos de vista.
Saber que los actos corruptos están presentes desde el ámbito de la política hasta el del fútbol y sumamente triste y lamentable percatarse que, en ambos escenarios, la corrupción deja de ser noticia, para convertirse en un paisaje cotidiano y “normal”.
Guatemala conoce demasiado bien esa realidad. Durante décadas, distintos gobiernos, instituciones y estructuras de poder han estado marcados por escándalos de corrupción que han debilitado la confianza ciudadana, llevándola quizá al desentendimiento y la apatía. Cambian los nombres, cambian los protagonistas, cambian incluso los discursos, pero la percepción de impunidad permanece.
Buena parte de la población se indigna por un tiempo, las redes sociales se activan más y se inundan de críticas y comentarios de rabia y enojo, pero con pasado el tiempo, todo vuelve a la normalidad.
Lo anterior debe dar más rabia que la corrupción en sí, porque es precisamente ese olvido rápido, ese desentendimiento y conformismo el que definitivamente hace más daño a mediano y largo plazo. Es sorprendente la capacidad de aceptación y “vuelta de página” que se tiene, normalizando algo que no es aceptable y que nos frena el desarrollo constantemente. Pareciera como si fuese un fenómeno normal y necesario, porque finalmente, la corrupción mueve la economía.
Algo sorprendentemente parecido ocurre en el fútbol internacional. Así se pudo constatar una vez más en el reciente Mundial de dicho deporte.
Se sabe perfectamente que la FIFA ha sido objeto de investigaciones y procesos judiciales que han revelado redes de sobornos, compra de votos para la elección de sedes mundialistas, comisiones ilegales y abusos de poder.
Muchos de sus más altos dirigentes han sido procesados y hasta condenados por corrupción, demostrando las autoridades de distintos países que la corrupción no era un hecho aislado, sino un problema estructural y permanente.
Sin embargo, ¿qué ha ocurrido después?
Pues ahí se tiene claramente la respuesta: estadios llenos, promociones y una actividad comercial masiva.
¡Todos lo sabemos, pero igualmente se tolera y se disfruta!
Así se mueve el mundo, no sólo Guatemala. Los contratos multimillonarios, la producción de todo tipo de productos y mercancías siguieron firmándose y produciéndose.
¿Y qué decir de los aficionados? Pues así de simple, continuaron celebrando cada gol.
En esencia, el espectáculo nunca se detuvo, la población lo acepta, se adapta y lo goza.
Pareciera ser un fenómeno que no sólo implica la ignorancia o aceptación de toda la corrupción que abraza cualquier escenario del mundo, sino algo con lo que se aprende a vivir y aceptar, porque finalmente da no sólo trabajo, sino jugosas ganancias y diversión.
Para el caso del fútbol representa pasión, identidad y unidad entre millones de personas, pero lo inquietante es que siempre la emoción colectiva, el “desarrollo económico” y la diversión termina siendo más fuerte que la exigencia por la transparencia.
Qué tremendo es y será ir aceptando que la población y no sólo la guatemalteca, sino la mundial, siempre se irá adaptando a las demandas sociales, evitando enfrentar lo evidente, porque es tan grande y “productivo” en sus múltiples aspectos, que se hace imposible de enfrentar.
En Guatemala se suele condenar la corrupción, sólo si afecta intereses inmediatos, pero en términos generales se termina aceptándola y conviviendo con ella, lo cual pone en evidencia que no existe un genuino deseo de acabar con ella y que será prácticamente imposible reunir voluntades y esfuerzos para combatirla.
Es duro aceptar que la población en general puede aprender a vivir con instituciones débiles, con trámites irregulares, con privilegios para unos pocos y con decisiones públicas, cuya transparencia genera dudas.
Pero vamos cayendo en la cuenta; y el reciente Mundial de fútbol, así nos lo reafirma, pues poco a poco se va dejando de exigir y se comienza simplemente a sobrevivir dentro de ese burdo y aberrante sistema.
La corrupción posee una capacidad extraordinaria para normalizarse. Aunque no es precisamente ella por ella misma, sino es la ciudadanía, que pareciera odiarla y quejarse de ella, pero finalmente necesitarla.
Ésta no aparece únicamente cuando alguien roba recursos públicos, también se fortalece cuando la sociedad pierde la capacidad de sorprenderse.
En sí, cuando escuchar un nuevo escándalo ya no provoca indignación sino resignación y encima de toda diversión, es cuando la frase, arriba citada, cobra sentido.
“Así es y así ha sido siempre» dicen constantemente y esto, definitivamente, minará cualquier deseo y esfuerzo de transformación.
Lo anterior es precisamente lo que vuelve tan peligroso este fenómeno, dado que ninguna estructura corrupta se sostiene únicamente por quienes la ejecutan. Pero poco cambiarán las cosas, si se vive entre ciudadanos cansados, instituciones débiles, controles insuficientes y una cultura que termina aceptando lo inaceptable como parte de la vida cotidiana.
En conclusión, tanto nuestro pequeño país como una organización tan grande como la FIFA demuestran que pueden estar siendo observados por millones de personas y aun así mantener prácticas cuestionables sin perder completamente su legitimidad.
El espectáculo continúa porque el sistema encuentra formas de adaptarse, de cambiar algunas caras y de presentar reformas que no siempre modifican las causas profundas del problema.
Las preguntas son inevitables: ¿nos hemos acostumbrado tanto a la corrupción que únicamente discutimos quiénes la cometen, pero ya no cómo erradicarla?; ¿nos conformamos con sustituir personas mientras dejamos intactas las estructuras que permiten que el problema se repita?
Evitar la corrupción requiere mucho más que capturas, discursos o cambios de funcionarios. Exige instituciones independientes, controles efectivos, transparencia, rendición de cuentas y, sobre todo, ciudadanos que no renuncien a exigir integridad. Las organizaciones y la democracia no se fortalecen únicamente mediante elecciones o nuevos miembros, también necesita una población que vigile permanentemente el ejercicio del poder.
Quizá la mayor enseñanza que deja la comparación entre la FIFA y países como Guatemala es que la corrupción seguirá existiendo y sobreviviendo cuando se ignora, se acepta y se disfruta.
Mientras siga siendo aceptada, porque mueve pasiones e intereses, al amparo de «siempre ha existido», seguirá encontrando espacio para reinventarse.
Ojalá se logre ese cambio de percepciión y pensamiento, lo cual sólo se dará, si se comienza a entender que el éxito, el espectáculo, la popularidad o la afinidad política nunca pueden justificar la falta de integridad.
Aceptar la corrupción como algo inevitable, siempre implicará convertirse en parte de su permanencia.
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