He explicado una y otra vez por qué no me gusta hablar del duelo. Genera desconcierto y agonía y, sinceramente, me provoca más nostalgia. ¡Quita inspiración! Pero no todo es alegría: algún día tiene que pasar. Bien dicen: «sólo un idiota puede ser totalmente feliz» —nótese cómo se tilda «sólo»; me fascina más la RAE antes de 2010, es nostálgico—.
Hoy no hablo de acá, hoy no hablo de mí, hoy hablo de “mucho” y de “alguien”.
Ha muerto Vargas. Con él no solo se despide un hombre, sino una época completa de la literatura hispanoamericana. El silencio venía anunciándose, y hoy nos deja desnudos, como lectores huérfanos ante la ausencia de una voz que, por décadas, nos enseñó a narrar lo inenarrable y a pensar lo impensable. Un buen juego de palabras.
Leí por primera vez Los cachorros, con más o menos 12 años. Luego vino La guerra del fin del mundo, Tiempos recios y Un bárbaro en París. Libros que, después de un tiempo, aún habitan en la biblioteca y lo recuerdan.
Pero no se puede hablar de Vargas sin hablar de sus dimensiones políticas.
¡¿Cómo olvidarlo?!
Fue polémico, sí, aunque siempre lúcido. Tal como un intelectual coherente. Lo cierto es que nunca fue indiferente, y eso ya es un mérito en un tiempo donde la neutralidad muchas veces esconde cobardía.
Varguitas no fue un escritor más: fue una figura total. Su obra es tan vasta como las geografías que recorren sus personajes, desde la Lima de los años 50 hasta las selvas del Putumayo; de los despachos del poder hasta los prostíbulos del alma humana.
Aceptémoslo, fue, para bien o para mal, una figura incómoda. Incómoda porque pensaba. Incómoda porque hablaba. Incómoda porque se atrevía a decir cosas que otros preferían callar.
Recuerdo que alguna vez escuché decir —no recuerdo ni dónde— que la literatura debía incomodar más que consolarnos. Que el mundo es imperfecto, injusto y cruel, pero también humano. Su escritura parecía siempre en tensión entre la belleza del lenguaje y la brutalidad de la historia.
Y hoy se ha ido el Nobel, el cronista, el amante de Flaubert, de Sartre y de Faulkner; el exiliado voluntario de su país y de sí mismo.
Se ha ido, pero se queda con nosotros.
En cada libro con rabia, en cada párrafo lleno de ritmo, en cada personaje desbordado por su destino.
Está aún entre nosotros.
Tags: Duelo literatura hispanoamericana RAE Tiempos Recios Vargas Llosa






