A lo largo de la historia, el humano pasó de ser un simple nómada a convertirse en una especie autosuficiente en búsqueda de amor, deseo y poder. Cambiamos de habla, de cuerpo y hasta de sentimientos, tal y como le cambiamos el nombre al Golfo de México, porque simplemente tenemos que hacerlo más de América y menos de… a quien geográficamente le pertenezca. Esto aunque suene muy loco.
Y los que estamos aquí, con los libros en la mano y el corazón lleno de dudas, nos preguntamos: ¿qué significa realmente ser independiente? La vida nos lanza al ruedo del mundo como simples gladiadores inexpertos. Por primera vez, tomamos decisiones que pueden moldear nuestro futuro. Decidimos qué estudiar, con quién relacionarnos, cómo gestionar nuestras horas y, más importante aún, cómo lidiar con la soledad que muchas veces llega con la independencia.
Salir de un cuentazo a la vida, duele y quema.
¿Hasta dónde en realidad somos libres?
Nos enfrentamos a nuestras propias contradicciones: queremos ser libres, pero a veces extrañamos la dulce protección del hogar. Queremos tomar nuestras propias decisiones, pero el peso de esas elecciones puede paralizarnos. Nos enfrentamos a la presión de destacar en un mundo que exige excelencia, mientras intentamos averiguar quiénes somos realmente.
¿Y si en realidad no somos lo que esperamos?
Seré completamente honesto con usted: la vida da miedo. De niños nos enseñaron a leer, a sumar y restar, pero nadie nos preparó para el vértigo de existir. Nos dijeron que debíamos ser felices, pero no cómo lidiar con la tristeza. Nos inculcaron a ser exitosos, pero no nos explicaron que el éxito tiene un precio.
¿Entonces?
Llegamos a un momento en donde sumar ya no es útil, aprenderse los colores primarios es lo de menos y aprender a hacer nuevos amigos es lo más necesario. O al menos conocidos, o al menos hablar con alguien; no importa con quien.
Me dirán lo que sea, pero, el ser libre es aceptar que el miedo camina a nuestro lado, que la incertidumbre es la única certeza, y que quizás nunca encontraremos todas las respuestas. Pero eso no significa que no debemos buscarlas. En algún lado deben de estar.
Si algo he aprendido en este viaje (viaje corto, que ha sido estas últimas semanas) es que el miedo, lejos de ser un enemigo, puede ser el faro que nos empuje a seguir. Si todo estuviera resuelto, si no hubiera dudas ni tropiezos, ¿acaso valdría la pena seguir caminando?
Espero se sienta igual que yo: la verdadera independencia no es encontrar un destino final, sino aprender a caminar sin garantías, sin certezas, con la única promesa de que el camino seguirá cambiando. Y en ese cambio, en ese vértigo, quizás descubramos que lo único realmente nuestro es la capacidad de seguir adelante.
¿No cree?
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Aviso: No tengo idea si este texto ya fue publicado en algún medio, o si simplemente lo imaginé. A veces, soñar es más fácil que hacer. Sea como sea, mi intención era publicarlo hace algunos meses, pero por azares del destino, no estoy seguro de si lo logré.
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