Hay historias que uno ha contado tantas veces que termina sin saber si todavía recuerda lo que ocurrió o si, en realidad, recuerda la última vez que lo contó. Supongo que de eso está hecha buena parte de una vida.
Vivimos narrando todo el tiempo. Todos los días. Cuando explicamos que por qué llegamos tarde —yo, por fortuna, no sufro de eso—; cuando chismeamos que vimos a fulana besándose con fulano en el baño; o cuando contamos que, haciendo fila para conseguir la firma de un libro, conocimos a una chava con quien, sorpresivamente, compartimos exactamente los mismos gustos de lectura —y hasta tenemos la misma edición del segundo libro publicado de nuestro autor favorito impreso en 1990 por una editorial hoy inexistente—. Siempre contamos qué hicimos ayer, por qué elegimos una carrera o en qué momento se nos ocurrió empezar a escribir.
Y mientras pensamos que apenas estamos respondiendo preguntas banales, vamos escribiendo, sin darnos cuenta, una autobiografía.
Recortamos y omitimos. Ordenamos y recordamos. Acentuamos escenas cursis y dejamos morir otras menos importantes. A veces, una casualidad que en su momento no significó nada, años después termina convertida en un punto de partida.
Y así, sin que nos demos cuenta, construimos nuestros propios mitos fundacionales.
Las ciudades tienen los suyos; las familias también. Y nosotros, por supuesto, no nos quedamos atrás.
El mío cambia según quién me lo pregunte.
Hace algunos sábados escuchaba a uno de mis autores preferidos hablar sobre el suyo. Nos hizo saber que los libros que creíamos autobiográficos, no lo son. Que entre todos los relatos reales hay pizcas de ficción bien escondidas y camufladas. Y como es un verdadero genio, en lugar de decepcionarme, me hizo pensar en el mío y cuántas veces lo he cambiado.
Decir: «un día me convertí en alguien que escribe en un blog de internet» suena tosco. Hasta de mal gusto. Por eso siempre se lo atribuyo a grandes figuras. Figuras que aparecieron a tiempo y a quienes puedo señalar con cierta elegancia cuando me preguntan de dónde exactamente salió todo esto. Y no es mentira. Si no hubiera sido por muchos de ellos no estaría escribiendo este texto, por eso los menciono siempre para sonar más interesante.
Pasa lo mismo al decir «alguna vez me vi estudiando Derecho porque mis padres lo hicieron». Así que siempre atribuyo la misma historia: que crecí entre abogados a quienes admiro profundamente.
Esta es la historia:
Cuento que, con apenas cuatro años, algunos días después del colegio acompañaba a mi madre hasta su oficina en la zona 1. La recuerdo siempre pulcra y ordenada. Cada objeto tenía un lugar asignado en su escritorio. Yo me quedaba cerca mientras ella trabajaba y la observaba teclear en su computadora con esa fascinación que uno siente de niño ante lo desconocido. Hacía, según mi inocencia, «cosas que hacen los abogados». Recuerdo a sus compañeras: a Gisela; a la licenciada Claudia González; y a Paola, la eterna pasante.
O también que, años más tarde, los jueves —pocos, pero siempre jueves—acompañaba a mi papá a importantes conferencias de prensa en un edificio de arquitectura institucional contemporánea que difería de todo su alrededor. No entendía con exactitud qué ocurría dentro de ahí. Sabía que él trabajaba allí y que, de alguna u otra manera, eso me bastaba para que esas oficinas y pasadizos secretos me parecieran importantes.
Siempre me dejaba en un despacho del octavo piso y decía:
—Ponete a jugar en la computadora o a dibujar, ahora vengo. Yo obedecía.
Que antes de irse siempre me ajustaba la silla para poder alcanzar el escritorio y buscaba siempre mi página de juegos preferida. Después él cerraba la puerta. Me quedaba frente a aquella computadora enorme, en un escritorio que no me correspondía, con los pies sin tocar el suelo, mientras él desaparecía por cuarenta minutos o una hora. Al volver siempre me llevaba a saludar a algunos amigos. Tuve que aprender, por mucho tiempo, sus nombres y tuve que recordar rostros.
Y que otros viernes eran de merendar en la extinta Los Alpes de la zona diez, luego de alguna cita médica en el edificio de al lado. Tampoco me sentaba con él. Siempre pedía una mesa a la par suya, donde estaban sus compañeros de trabajo —más abogados—, y desde mi pequeño territorio ordenaba lo de siempre: una milhoja y una naranjada. Recuerdo que llevaba mi pequeño iPad y mis audífonos de cable.
Comía despacio y los observaba con detenimiento.
No sabía de qué hablaban. Tampoco sabía por qué, de vez en cuando, alguno miraba a la entrada o bajaba la voz; mucho menos por qué parecía preocuparles que los reconocieran dentro del restaurante. Para mí eran simplemente adultos hablando cosas de adultos.
Ahora todo es muy distinto.
Porque ya no puedo recordar todas esas escenas con los ojos del niño que estaba sentado frente a una milhoja y un menú de papel emplasticado o frente a un ordenador cualquiera. Todo lo que aprendí después forma parte del recuerdo. Hoy conozco palabras, personas, nombres, profesiones, instituciones y preocupaciones que entonces no conocía. Y cada vez que regreso a aquellas tardes cargo conmigo todo lo que ocurrió después.
Esa, por larga y agotadora que suene, siempre será mi respuesta a por qué quise estudiar Derecho. Ahora bien, explicar por qué terminé estudiando lo que estudio es digno de otra narración, quizá una más larga y digna de otro artículo.
Nunca volvemos solos; y esa, por más esperanzadora que suene, es la condición de recordar.
Volvemos acompañados por la persona en la que nos convertimos.
Por eso mismo modificamos vidas, historias y recuerdos sin la necesidad de mentir. Elegimos pulcramente qué conservar y qué dejar fuera. Dónde inicia una historia y qué significa. Inventamos causas. Dibujamos conexiones. Convertimos la palabra en algo funcional.
A veces no puedo asegurar que todo era tal y como lo recuerdo. Tal vez no eran los jueves las conferencias.
Tal vez alguna vez no pedí una milhoja y en cambio pedí una porción de pastel de pera o un sándwich de jamón y queso suizo.
Por eso me he dedicado a contar historias. Las mías y las de mi familia. Aunque a veces no sepa dónde termina el recuerdo, dónde habita el olvido, o dónde comienza su narrador.
Nos ficcionamos a nosotros mismos porque una vida desordenada es muy difícil de contar. Necesitamos darle algún tipo de estructura, principios y finales, señalar momentos únicos que ocurrieron un martes cualquiera.
Al final, todos hemos terminado escribiendo una autobiografía que jamás nos hemos sentado a escribir.
Y así, cada vez que alguien entrometido me pregunta: ¿por qué llevás esos calcetines? o ¿por qué traés ese saco?, corrijo un párrafo.
*Texto originalmente publicado en a Ratos la Vida, newsletter del autor, el 21 de agosto del presente año.
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