China puede producir manufacturas y tecnologías para satisfacer el mundo y tiene capacidad para duplicar su oferta y al mejor precio. No se le puede parar. Salvo con los aranceles. Adiós al libre mercado y teorías económicas de esa índole. El proteccionismo viene en respuesta a la desindustrialización de occidente. Ojo, no hay manera de competir con productos chinos, según el Jorge Guajardo. Es una nueva dinámica. Es el muro del capital libre contra la economía planificada de capital eficiente. ¿Cómo pasó esto tan rápido en las últimas décadas?
Todo empezó con Deng Xiaoping, quien tuvo la visión de convertir a China (que significa el país centro del mundo) de nuevo en una gran potencia como siempre lo había sido (hasta que Londres la adormeció con la “guerra del opio” a mediados del siglo XIX que narcotiza a su dirigencia con opio y decayó estrepitosamente). En Tokio aprendí que a partir de ese siglo los países asiáticos desearon “modernizarse” y Japón se propuso seguir el modelo occidente y aprender todo su know how, bajo la dirección del Estado. En cambio China a partir de 1949 siguió el modelo soviético que no le funcionó a Mao y que llevó a la revolución cultural en los años sesenta que fue un retroceso en todos los ámbitos. Tras la muerte de Mao, Deng Xiaoping abandonó el modelo soviético en la década siguiente y se abrió al mundo con un capitalismo bajo la dirección del Estado, un tanto siguiendo el modelo japonés, que habían seguido los “tigres asiáticos”. Sin embargo, el modelo chino de Xiaoping y que siguieron sus sucesores, tuvo como base la urbanización planificada para un país con una población de 1.3 miles de millones de habitantes. En ese entonces, el ochenta por ciento campesinos vivían en el área rural. Para industrializarse él y sus planificadores decidieron urbanizar a veinte millones de chinos al año desde los años ochenta para crear ciudades industriales. Para ello iban a crear fábricas para la construcción de esas ciudades: cementos, vidrieras, hierro, petroquímicas, industria automotriz, buses, trenes, etc. Así durante décadas cambiaron y lograron sacar de la pobreza al ochenta por ciento ahora urbanizado y bajó el número de campesinos. Pero cuando el crecimiento demográfico chino se estancó optaron por parar de urbanizar y se debatió qué hacer con las industrias creadas para la urbanización: o las cerraban o las ponían a la orden de la exportación, y optaron por conquistar el mercado mundial.
En los años noventa estuve en China y la producción industrial tenía precios baratísimos. En Beijing la mitad del transporte aún era en bicicletas. Asustado yo pensé que ello sin duda iba a afectar a la industria latinoamericana porque no podría competir con precios tan bajos. El crecimiento anual de China del diez por ciento anual continuó luego que China fue admitida en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y los productos manufacturados del gran dragón inundaron Estados Unidos y su desindustrialización en varios estados. En 2016 los obreros desempleados son los que votaron a favor de Trump y quien ya en la presidencia elevó los aranceles a los productos chinos. Biden no los tocó cuando asumió la presidencia porque era claro que varias industrias estadounidenses se fueron a China a producir debido a sus salarios bajos con obreros muy disciplinados donde no había huelgas. Así, los productos chinos irrumpieron en todas las cadenas de suministros entre diversos entes estadounidenses. Pero también en el resto de continentes, incluyendo América Latina: todas las industrias temblaron y tiemblan porque China tiene en foco a los países menos desarrollados para vender sus productos y servicios.
China pudo abaratar sus productos en la guerra de aranceles de la primera administración Trump al bajar el valor de su moneda y siguió la desindustrialización de occidente en general. Occidente solo se preocupó cuando se percató que China se convirtió en una potencia tecnológica, como nos cuenta el ex embajador y asesor empresarial mexicano Guajardo, tal vez el latinoamericano mejor conocedor del gran dragón, porque eso sí tensó los nervios de las grandes potencias tecnológicas de occidente. Estas siempre consideraron que mientras tuvieran el know how de la tecnología superior ningún país tercermundista podría competir con ellas. China fue la sorpresa pues hasta sus productos eran superiores. De ahí la relevancia del “mercado protegido” que está haciendo Estados Unidos. China supera a Alemania y Japón en el número de carros vendidos. El primer destino es Rusia, el segundo es México. Pero su adquisición es una amenaza para México porque en este país se producen diversos componentes de autos estadounidenses, que, sí se vienen a pique las ventas en Estados Unidos, van a quebrar la industria mexicana de partes de automotores. De ahí el mensaje duro de la Casa Blanca para que dejen de consumir autos chinos y Claudia Seinbum aceptó elevar los aranceles a los autos chinos para proteger a sus obreros.
Guajardo nos dice que China tiene una capacidad instalada para satisfacer las necesidades industriales a la vez que recibe subsidios que no se ven en occidente. La respuesta de la Casa Blanca ha puesto fin a la globalización.
Guajardo dice que México es parte del bloque de Norte América y se tiene que acomodar a esa realidad. Yo digo que tiene razón porque no hay escape a la geografía que es historia. Norteamérica es Centroamérica, yo agregaría. China es una amenaza frente a nuestra ineficientes industrias. Ojo, no es asunto de pelear. Si bien hay que cerrarse en alguna forma siempre quedan formas para negociar con China que deje un espacio a la industria regional. El bloque norte de nuestro continente es una realidad y Guatemala tiene que ser parte del mismo, por razones geográficas e históricas y comerciales. Mesoamérica es parte de Norte América. Se requiere unión para enfrentar el desafío chino. Hay que crear nuevas industrias y subsidiarlas para que puedan subsistir y emplear a nuestra gente. Hay que aprovechar en Guatemala la disposición de China de hacer puertos y vías férreas nuevas como lo ha hecho en Perú, Chile, y, en Panamá, con un metro que no le ha costado un centavo al gobierno, a cambio de una concesión por varias décadas. Guatemala puede negociar con China y protegerse a su vez. Para países pequeños como el nuestro s, tenemos que aprovecharnos del juego de potencias para nuestro beneficio.







