La mejor época del año, al menos para la mayoría de los antigüeños (porque también están los que huyen de la ciudad colonial espantados por la masa de visitantes) es la Cuaresma y tiene su clímax el Viernes Santo, cuando se conmemora la crucifixión y entierro de Jesucristo.
Desde muy niño aprendí a apreciar las imágenes con sangre o lágrimas en el rostro, y todo el dolor representado se esfumaba por la coincidencia de la alegría, de la casa llena de primos y tías que mantenían sus habitaciones cerradas en la casa materna esperando la llegada del siguiente Miércoles de Ceniza para ventilar, asolear muebles y desempolvar lo propio. Nosotros ocupábamos la casa el resto del año. Eran días de gran dicha y alegría compartida, de comer bacalao, curtidos, tamalitos de viaje, y andar en la calle como chuchos todo el día, de velación en velación, de cortejo en cortejo, como observadores o actores con la túnica puesta.
La diversión de fin de semana de entonces se limitaba al cine, pero en Cuaresma no era necesario, o se anunciaba la proyección extendida de Ben Hur, o el Manto Sagrado, o las películas filmadas en aquellos escenarios, donde comprobábamos los adornos de las andas procesionales de años pasados. La función se interrumpía cuando estaba por pasar enfrente del teatro la procesión, prendían las luces y los asistentes podíamos salir a ver pasar en el parque central el cortejo. Una vez que la orquesta se esfumaba interpretando marchas desafinadas, machacando el pino, aserrines y flores, regresábamos a nuestros lugares en el teatro Imperial.
Mi primera túnica fue morada, porque me tocaba el Viernes de Dolores cargar el Nazareno infantil, y luego el Jueves Santo, en San Francisco. En la adolescencia me aparté, y no volví a ponerme una túnica sino hasta los 33 años, cuando ya tenía hijas y recuperé con su alegría la responsabilidad de la memoria. Me puse la túnica morada, guantes y tapasol blancos de La Merced (porque me había cambiado de parroquia) y salí a la calle, algo intimidado, hasta navegar junto a los demás y ser parte de la comunidad. Al volver a casa se me advirtió que al menos en los siguientes 7 años debería de mantener la tradición, y continué sumando o restando fechas y túnicas.
En la actualidad, gozo estas fechas más que nunca, me emociono, todo me gusta, los adornos de las procesiones apenas los captó como una imagen, porque siempre están bien, no me importa si el anda es grande o pequeña, si hay mucho dorado o una cruz humilde, lo que me encanta es sentir que el tiempo no transcurre, que todo da vueltas, y tengo presente en el mismo instante todos los momentos vividos, apretado con la familia en el espacio estrecho, viendo a los niños ponerse las túnicas que nos identifican, felices y entusiasmados con la tradición.
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