En esta ocasión dedicaré mi columna de opinión a ese grupo etario, al cual pertenece la juventud, pues es urgente y necesario cederle la estafeta de lucha y cambio para materializar ese relevo generacional tan importante y así, con frescas ideas y renovadas energías alcanzar una Guatemala libre de la aberrante corrupción.
De sobra es sabido que nuestro país se encuentra atrapado en un ciclo muy perverso de deterioro institucional que se sostiene gracias a los pactos de diversos grupos que se conducen con indecencia y poca lealtad a los principios como la ética y la honorabilidad, por los incentivos fraudulentos y distorsionados, así como por las mafias que operan como una maquinaria aceitada con precisión quirúrgica.
Este no es un sistema improvisado; es un ecosistema de cooptación, diseñado así para reproducirse, incluso cuando parece colapsar.
Ya quedó claro que, frente a esa estructura tan profundamente incrustada, la voluntad política -esa que supuestamente se invoca en discursos- no ha sido suficiente para quebrar los nudos de la corrupción e inoperancia que inmovilizan al Estado.
Ante ese escenario, donde la impunidad se comporta como una marea negra que todo lo cubre, personalmente he llegado a una conclusión muy consciente y profunda que no nace del idealismo, sino del análisis, experiencia y reflexión: ¡La única fuerza verdaderamente capaz de reorientar el rumbo del país, es la juventud!
No porque sea un ente homogéneo o perfecto. No porque esté exenta de riesgos, tentaciones o vulnerabilidades. Sino porque, a diferencia de la generación que le antecede, aquella no creció en medio de los resentimientos del conflicto armado interno, entre los fusiles y la represión, entre los odios y las sombras que se escudan y se amparan en las nefastas ideologías, que provocaron la fractura sincera y profunda del diálogo y toda posibilidad de consensos.
La juventud del hoy, representa una generación que no carga con las mismas heridas abiertas que aún sangran del dolor de aquella cruda guerra y, por ende, no conoce por su propia cuenta esas trincheras ideológicas que aún aprisionan a muchos sectores.
La juventud es, en términos políticos, una hoja aún no contaminada por el barro del sistema. Posee el invaluable privilegio de observar el pasado, sin estar emocionalmente secuestrada por él.
Tiene la capacidad de reconocer el peso histórico del conflicto sin estar tatuada por sus divisiones, por lo tanto, dicha distancia le dota de claridad emocional, para permitirle convertirlo en un activo político crucial para un país que necesita reconstruir sus puentes rotos.
Mientras la generación anterior sigue debatiéndose entre los fantasmas de la guerra y las culpas no resueltas, la juventud opera con la libertad de quien ha leído esa historia, pero no la encarna en su propia piel.
Por ello, con absoluta seguridad, confirmo que es la única fuerza humana y política que puede; con autenticidad, materializar los compromisos que nunca se cumplieron: el fortalecimiento institucional, la reconciliación, la verdadera cultura democrática y el principio rector que podría reconfigurar al Estado desde adentro, fundamentado en uno de los principios más sagrados del Estado de Derecho: la transparencia.
En un país donde la corrupción ha sido la norma y no la anomalía, la transparencia debe dejar de ser un eslogan para convertirse en la columna vertebral de la administración pública.
Por ello y por muchas razones más, veo en la juventud, en esa masa crítica que debate, fiscaliza, organiza, propone y cuestiona, la única posibilidad real de instalar ese valor como el nuevo estándar ético nacional.
Sin embargo, esta esperanza no está exenta de advertencias. El sistema guatemalteco tiene una capacidad extraordinaria para absorber la disidencia, neutralizar ideales, dragar nuevos esfuerzos y convertir a sus críticos en engranajes del mismo aparato que dijeron combatir.
Por lo tanto, esa juventud deberá formarse, blindarse éticamente, madurar y construir mecanismos de resistencia para evitar ser devorada por las mismas prácticas que hoy denuncia.
A pesar de esos riesgos, esa juventud emerge como la última línea de defensa frente a la degradación institucional. Si este país está hundido en el desorden, la falta de contundentes liderazgos y el fango de la corrupción, aquella deberá representar la cuerda que todavía no se ha roto.
Esa cuerda será precisamente la que suscriba, limpie y luche por una nueva era, sustentada en ese vehículo llamado transparencia que nos conduzca a la más preciada meta, de poder vivir en un país desarrollado, ordenado y funcional.
¡Yo apuesto por ellos, por los jóvenes del hoy! No lo hago ni lo concibo como un refugio emocional, sino como un diagnóstico político.
Porque cuando un Estado capturado asfixia cada respiro de esperanza, la única alternativa viable es confiar en una generación con la fuerza suficiente para reinventar lo público, romper las inercias y reconstruir la democracia desde principios que no se negocian.
La juventud, con su energía, sus propias dudas, su imaginación y formas novedosas de interpretar la realidad, podrá derrocar esos resentimientos heredados, convirtiéndose en la generación que finalmente rompa el cerco de la corrupción.
Creo en esta generación que no repita la historia, que transforme la transparencia en la regla y no en la excepción y sí, en esa que debemos dejar actuar, para poder salvar a Guatemala.
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