El Guernica, espejo incómodo para Guatemala

Gonzálo Asturias Montenegro

junio 25, 2026 - Actualizado junio 24, 2026
Gonzálo Asturias Montenegro

Hay obras de arte que pertenecen a una época. Otras, a la Humanidad. El Guernica de Picasso forma parte de este segundo grupo. Es una pintura emblemática y de las más afamadas del Siglo XX. Ha trascendido las fronteras, los tiempos y culturas, y sigue enviándonos mensajes que solos se actualizan. Desde la primera vez que la vi, hace ya muchas décadas, no he podido olvidarla.

     Aunque fue pintado en 1937, sigue hablándonos de la violencia, de la intolerancia, de la poca empatía hacia los demás, de la guerra y del sufrimiento humano. Pero también de la esperanza.

     Por eso el Guernica no es únicamente una obra maestra española. También es un espejo incómodo para Guatemala. Y quizá por ello sigue siendo tan poderoso.

     Hace una semana y media, en el museo Reina Sofía de Madrid, tuve la oportunidad de contemplarlo durante cerca de una hora. Dialogué con la pintura y con Picasso. Después escuché una explicación especializada sobre sus símbolos y significados. Como ocurre con toda gran obra de arte, existen múltiples interpretaciones. La que presento aquí es la mía. Mientras observaba el cuadro, pensaba constantemente en Guatemala. Ligo la obra a nuestro país, que es lo que le da sentido a este escrito.

     Efectivamente, mientras veía la pintura, veía a Guatemala. Veía una sociedad marcada por la violencia. Veía madres que lloran a hijos asesinados por mareros y otros criminales. Veía comunidades enteras viviendo con miedo. Veía un país cansado de convivir con la muerte.

    Pintado a petición del gobierno de la Segunda República Española, Pablo Ruiz Picasso, en solo dos meses (mayo y junio de 1937), realizó este cuadro de denuncia de las atrocidades de la guerra, para ser exhibido en el pabellón español de la Exposición Internacional de París de 1937. La pintura al óleo sobre lienzo tiene un simbolismo que rebasa la propia guerra civil española (1936-1939) para presentar, ante la conciencia de la Humanidad, a todas las guerras y sus matanzas, incluidas las de ahora, así como la intolerancia y la mutua descalificación. La pintura de 7.76 metros de largo por 3.49 metros de altura, solo tiene blancos, negros y tonos grises. El color le hubiera restado dramatismo. La pintura es cubista, surrealista y expresionista y sus figuras tienen tanta fuerza y energía que trascienden toda frontera hasta el infinito.

     Con cuidado, observemos detenidamente el cuadro que reproduzco como ilustración, para entender los mensajes actualizados, que nos manda ahora y aquí a nosotros los guatemaltecos de hoy.

El caballo

      En el cuadro figura un caballo que bufa. La lengua termina en forma de puñal que hiere. También las nuestras hieren. Las palabras suelen transformarse en armas. Muchas personas buscan notoriedad mediante el insulto y la humillación. Son pocos los que construyen puentes. El adversario deja de ser un ser humano para convertirse en enemigo. ¡Cuánto no herimos a los demás con la lengua! Por las redes, en busca de un like, insultamos. El “otro” es un extraño que debemos atacar. Cuanto más fieros seamos, más visitas tendremos en las redes sociales. Y tendremos descargas de dopamina, que nos hace felices.

     Atacamos antes de escuchar. Descalificamos antes de comprender. La confrontación parece haberse convertido en una forma habitual de relacionarnos. Su último estadio es la guerra y el exterminio.

El toro

      Muy visible es la figura de un toro de lidia. Este animal no razona, solo embiste. Es expresión de la fuerza bruta. Si un toro embiste de frente a un león, lo mata. El toro expresa la irracionalidad y la oscuridad. ¿Cuánta irracionalidad no hay en nuestras relaciones interpersonales? ¿Cuánta oscuridad no hay en Guatemala? Atacamos. Herimos. Embestimos. Matamos. Este toro es la única figura que ve al espectador. Lo increpa. Se muestra impasible ante lo que ocurre a su alrededor, como acontece a innumerables guatemaltecos que prefieren vivir en sus bunkers para no enterarse, no saber de la sociedad adolorida que los rodea.

     Entre el toro y el caballo, Picasso pintó la silueta, casi imperceptible, de una paloma, que despavorida huye de la matanza. Tiene un ala caída y la cabeza hacia atrás, símbolo de la paz rota.

La Pieta secular

     Una de los dos imágenes más poderosas del cuadro es quizá la madre que sostiene en sus piernas a su hijo muerto. Lanza un grito de dolor que todavía escuchamos. Su lengua afilada como un estilete alcanza a sus asesinos. Sus ojos tienen la forma de lágrimas. Esta madre es una Pieta secular. En el cristianismo, son famosas las pinturas y esculturas de la Virgen María con el cuerpo muerto de su hijo Jesús en las piernas. Quizá la más conocida sea la escultura de Miguel Ángel Buonarroti. El hijo muerto tiene los ojos abiertos y la cabeza colgada hacia atrás. Es una imagen de una fuerza incuestionable, de un dramatismo que rebasa a la propia pintura cubista. Llega a las estrellas.

    El dolor de esta madre atraviesa generaciones, idiomas y fronteras. Mientras la observaba pensaba en millares de madres guatemaltecas que han perdido a un hijo por causa de la violencia. Detrás de cada estadística existe una tragedia personal. Existe una familia. Existe una vida interrumpida.

     Mientras contemplaba el cuadro comprendía también por qué tantos guatemaltecos buscan soluciones extremas. Muchos expresan admiración por Bukele. Otros evocan con nostalgia a Ubico. Son reacciones comprensibles en un país donde la violencia parece no tener fin y donde demasiadas personas sienten que el Estado ha sido incapaz de protegerlas. La violencia callejera es como una rueda de caballitos que gira y gira sin parar.

El soldado muerto

     Abajo figura un soldado muerto, que aún empuña una espada de madera rota. Del puño brota una flor, símbolo de esperanza. La esperanza está en la parte más baja del cuadro. Surge de la muerte. Aún en los momentos más trágicos de una colectividad hay esperanza. En Guatemala hay esperanza, pero hay que saberla buscar en el lugar correcto.

     En la parte baja derecha una figura humana renqueante, con una pierna dislocada o cortada. Con una hemorragia, que inútilmente trata de frenar. A la derecha, una figura humana levanta los brazos pidiendo piedad. Esta es otra figura de gran fuerza, que alguna vez pensé usar para portada de un libro de mi autoría. Se encuentra en la oscuridad. Encerrada en una habitación o en un calabozo. Una pequeña ventana superior deja pasar la luz. Arriba, aparecen unas llamas. ¡Cuántas madres no piden piedad ante la ola de violencia en la que estamos inmersos en Guatemala!

La mujer que ilumina

     En el cuadro también vemos el rostro fresco de una mujer llevando una especie de candil. Parece decir, yo los puedo iluminar y extraer de la confrontación y la guerra. En los momentos socialmente más difíciles puede haber luz. Pero también podría ser un señuelo, como sería la venta que se hace hoy de la IA como medio para salir adelante, camino a la Vía Láctea. Pero, como lo dijo tan bien el Papa León XIV, en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, la IA no puede ser autónoma, sino solo sujeta al raciocinio humano. No puede estar separada de la ética. Las guerras, que nunca faltan, no podrán ser llevadas a cabo por la IA, que conducirían a los mayores genocidios y exterminios en masa de la historia de la Humanidad.      

     La IA no resolverá por sí sola los problemas humanos. Es solo un instrumento valioso. Tampoco lo harán las ideologías, las armas o los gobiernos fuertes y populistas. Al final, seguimos siendo nosotros quienes decidimos si construimos o destruimos, si tendemos puentes o levantamos trincheras.

     En la parte superior del cuadro hay una bombilla, quizá la pupila del ojo de la providencia. Se encuentra dentro de un sol.

Historia del Guernica

     El pintor malagueño buscaba un tema para la obra cuando las fuerzas de Hitler y Mussolini, aliadas de Franco durante la guerra civil española, bombardearon la pequeña población vasca de Guernica. La destrucción de la villa y la muerte de entre 126 y dos mil civiles, no-combatientes, impactaron profundamente al artista. La cifra exacta de los muertos no se conoce.

     El resultado fue una pintura monumental. El cuadro no es una reconstrucción histórica literal. Los toros, los caballos, las espadas y muchas otras figuras pertenecen al universo simbólico del pintor. Precisamente por ello la obra trasciende aquel acontecimiento concreto. No representa una guerra, sino a todas. Lo que acontece en Ucrania, Gaza, Líbano y el Oriente Medio.

      A propósito, el cuadro tiene, pues, muchos anacronismos. El toro y el caballo son taurinos. ¿Por qué figuran en la pintura de la guerra? Ellos son tema que Picasso disfrutaba pintar y que expresaba su origen español.

      Abajo, el soldado lleva una espada. Pero, en Guernica no hubo ningún militar muerto, porque estos estaban acampados fuera de la villa. Todos fueron no combatientes. Por otro lado, el soldado lleva una espada, pero en esa época los soldados no iban con espadas, menos aún de madera, sino con fusiles. No figuran aviones bombardeando la villa de Guernica. El cuadro, pues, no es un relato histórico, sino, sobre todo, alegórico, simbólico. Y este simbolismo me permite acercar la pintura al guatemalteco de hoy, como espejo incómodo.

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