A raíz de mi último artículo “Folklore político nacional” del viernes 17 de abril, publicado en este mismo medio, algunas personas me solicitaron que ahondara en los términos liderazgo, caudillismo y carisma. Como todo concepto, debemos analizarlo a la luz del contexto histórico-concreto en el que surge y se desarrolla.
Iniciamos con el caudillismo, que ha sido un fenómeno político y social determinante en la historia de América Latina, desde su surgimiento tras las guerras de independencia en el siglo XIX, hasta sus manifestaciones contemporáneas de todo tipo. En principio, se define al caudillo como un líder carismático y autoritario que basa su poder en el personalismo y el control de fuerzas armadas, institucionalizadas o no. Se diferencia de los dictadores tradicionales por su búsqueda de legitimidad popular. Surge por el vacío de poder dejado por la Colonia y la fragilidad institucional de las nuevas repúblicas.
El caudillismo fue mutando hacia modelos de populismo y liderazgos posmodernos, citando figuras emblemáticas desde Juan Manuel de Rosas (Argentina) hasta Hugo Chávez (Venezuela) moldeando la cultura política y las estructuras estatales de Latinoamérica. En este punto, debe aclararse que, contrario al pensamiento común difundido, el populismo surge como una medida desesperada del capitalismo para contrarrestar el auge socialista en la primera mitad del siglo XX. De esta corriente surgen caudillos anticomunistas, pero con “lenguaje social”, como Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil o Lázaro Cárdenas en México, entre otros. Su objetivo fue y sigue siendo, confundir a las masas para que no opten por la causa socialista y que, en su lugar, compren ese producto ambiguo del progresismo, como se conoce hoy día. Este populismo de derechas, luego tuvo su versión de izquierdas con el socialismo del siglo XXI (Hugo Chávez o Rafael Correa).
Del caudillismo clásico (siglo XIX) pasamos a las dictaduras modernas en el siglo XX y el actual, debiendo distinguirlas a partir de la naturaleza de su legitimidad, la relación con las masas y el grado de institucionalización del poder. Veámoslo en detalle:
Origen de la autoridad y carisma
El caudillismo clásico, se basa fundamentalmente en el carisma personal y el prestigio de un «hombre fuerte» o líder militar. El caudillo surge frecuentemente en contextos de vacío de poder e inestabilidad institucional, logrando la adhesión de seguidores mediante una relación de lealtad personal y emocional.
En las dictaduras modernas (con elecciones o sin ellas) no se requiere necesariamente de un líder carismático, ya que pueden ser regímenes burocratizados o institucionales, como las dictaduras de partido único o las juntas militares (públicas o no) donde el poder es ejercido por un grupo u organismo y no por una sola figura providencial.
Relación con las instituciones
En el caudillismo clásico, el caudillo suele situarse por encima de las instituciones, las cuales suelen ser débiles o inexistentes en su momento de ascenso. Su voluntad personal se impone sobre cualquier orden legal, aunque en ocasiones pueda convivir con formas democráticas embrionarias.
En las dictaduras modernas, especialmente las de tipo burocrático-autoritario, suelen suprimir los roles institucionales y canales de acceso democrático para imponer un orden específico. A diferencia del caudillo, que personifica la autoridad, estas dictaduras pueden operar a través de un aparato estatal altamente estructurado y tecnocrático.
Vínculo con las masas y la legitimidad
El caudillismo tiende a establecer una relación paternalista con sus seguidores. El caudillo a menudo goza de una «legitimidad» basada en la devoción y la confianza del pueblo, presentándose como el salvador que resolverá los problemas nacionales. Incluso el caudillismo moderno (o populista) se caracteriza por estar «volcado hacia la masa».
En las dictaduras modernas, como las militares de los años 70 en el Cono Sur, fueron descritas como regímenes que excluyeron al sector popular. Sus líderes suelen actuar como «administradores duros», carentes de carisma y de la legitimidad popular que sí poseen los caudillos.
Estructura de poder
El caudillismo es personalista y verticalista por definición. El poder se concentra en la figura del caudillo y sus lealtades directas (relación patrón-cliente).
En las dictaduras modernas, pueden ser cívico-militares o socialistas, donde el control es ejercido por una burocracia estatal o una organización militar profesionalizada, sin que el destino del régimen dependa exclusivamente de la vida o el carisma de un solo individuo.
Mientras que el caudillismo es una forma de dominación esencialmente personalista y carismática que busca el apoyo de las masas, las dictaduras modernas tienden a ser sistemas institucionalizados o burocráticos que a menudo recurren a la represión y la exclusión política para mantenerse en el poder.
Para el caso guatemalteco, el verdadero poder reside en estructuras paralelas, como el ala más dura del ejército que, en su momento, fueron El Sindicato, dirigido por el general Otto Pérez Molina y la Cofradía, liderada por el general Francisco Ortega Menaldo; o bien, la figura empresarial no institucional del G-8, que aglutina a los ocho grupos empresariales más fuertes y conservadores del país (la oligarquía).
Continuará…
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